Cultura y Espectáculos

Crítica de cine: Llámame por tu nombre

Por: Esteban Andaur | 04 de Marzo 2018
Fotografía: Cedida

Este romance estival en Italia en 1983, es la mejor cinta de 2017 nominada al Óscar. El filme cuenta con una magnífica actuación de Timothée Chalamet, apoyado por un gran elenco, y excelentes guion y dirección.

Elio Perlman (Timothée Chalamet) es un muchacho de 17 años que pasa todos los veranos junto a sus padres (Michael Stuhlbarg y Amira Casar) en una villa al norte de Italia. Su padre, profesor de arqueología, suele invitar a uno de sus estudiantes para que le ayude en su trabajo de documentación. Y en 1983, cuando transcurre el filme, un hombre de 24 años, Oliver (Armie Hammer), llega a la villa.

En este filme de un primer amor, con todas las inseguridades que ello implica, Elio, interpretado con una destreza superior a su edad por Chalamet, es un muchacho diferente a sus amigos y a quién podríamos esperar. Ama  leer y transcribir música, lo sabe <<todo>>, excepto cómo manejarse en lo afectivo. Al enfrentarse a su atracción sexual fulminante hacia Oliver, utiliza su intelectualismo como un mecanismo de defensa ante sus sentimientos, peleando con Oliver sobre arreglos de piano a una pieza de Bach, o sobre lo que significan textos de filósofos griegos. Tienen mucho en común, son hombres inteligentes y les interesan las mismas ideas; pueden comunicarse con fluidez y seguridad, por lo que es natural que el vínculo madure a un romance estival. Las vidas de ambos serán transformadas.

Llámame por tu nombre fue dirigida por Luca Guadagnino (Io sono l’amore [2009]). Su filmografía se caracteriza por personajes aristocráticos, un alto nivel de intelectualidad, una fotografía seductora (siempre en celuloide), y uso de piezas de música clásica compuestas, en su mayoría, por John Adams. Las historias suelen ser melodramas sofisticados, donde el amor despierta en lugares poco comunes, y cambia las vidas de los amantes (y sus familias) para siempre.

El erotismo, constante en sus filmes, es central en Llámame por tu nombre. Guadagnino expresa el romance de una forma íntegra y única, ésta, la película es muy sexi, mas lo es en un sentido visceral. La música impelente dicta el ritmo del montaje, y Guadagnino crea metáforas entre el romance, el sexo y la naturaleza. La comida también está al servicio del placer venéreo.

Cine de autor

La cinta fue escrita por James Ivory, conocido por dirigir grandes producciones británicas: Un amor en Florencia (1985), Howards End (1992) y Lo que queda del día (1993), todas adaptaciones literarias a cargo de la escritora Ruth Prawer Jhabvala, y producidas por Ismail Merchant, pareja de Ivory.

Aunque Llámame por tu nombre le debe más a Maurice (1987) que a las tres cintas anteriores. De igual forma, es el espíritu de autor de Ivory lo que trasciende la pantalla, prevaleciendo la influencia de sus colaboradores. Sus dramas de época presentaban conflictos amorosos inteligentes. Las circunstancias obligaban a los personajes a ajustar sus ideas sobre el amor, para así poder amar. Varios lo lograban, otros no, y ello no significaba que las relaciones prosperaran. Esa intelectualidad, asimismo presente en Llámame por tu nombre, nos involucra aún más con las historias, puesto que nuestras facultades están consideradas con equidad, y las emociones no son gratuitas cuando no hay villanos.

También aquí hay silencios activos, donde los personajes principales, ya sea entre ellos o en soledad, prefieren no decir nada, y el silencio implica sentimientos escondidos, verdades desafiantes, y demás conflictos internos. Los personajes siempre están haciendo cosas, siempre están desarrollándose, y la ausencia de diálogos a veces es parte íntegra de ese desarrollo.

En cuanto al sexo, las escenas son románticas, dulces, desatadas, y una (con un durazno) es, especialmente, chocante. Sin embargo, las percepciones del sexo no funcionan sólo como juicios del espectador; interpretamos el sexo como una extensión de las reacciones de los personajes a sus propios comportamientos.

Es necesario entender esto, ya que las relaciones entre los personajes son muy complejas. Oliver deseó a Elio desde que lo vio, y lo que presenciamos es la preparación de este último para consumar ese deseo mutuo. Hammer interpreta a Oliver como un hombre más o menos desapegado, pues ha vivido más y sabe lo que Elio no. Sin embargo, dota de peso a su actuación con pequeños matices de compasión y un gran sentido de la diversión, y es capaz de impedir que la experiencia de Oliver lo convierta en un imbécil.

Por otra parte, los padres de Elio están pendientes de ser buenos anfitriones y dejar a su hijo libre dentro de lo posible. No obstante, es la madre de Elio quien se percata de lo que de verdad está pasando, y se encarga de mediar entre él, su padre y Oliver, para que su hijo no salga dañado de esto. Es una gran actuación de Amira Casar basada en la sutileza.

Música y fotografía

La música acompaña y realza el impacto de las escenas, sin abrumarlas. Las canciones son excelentes, con temas de The Psychedelic Furs y Giorgio Moroder, cuyo <<Lady, Lady, Lady>>, producido para Flashdance (1983) y cantado por Joe Bean Esposito, de inmediato reconocible, te transporta a la época del relato sin ningún esfuerzo. Llámame por tu nombre se siente a ratos como si Guadagnino hubiera viajado en el tiempo a 1983 y hubiera hecho un filme híbrido entre John Hughes y Merchant Ivory. El toque contemporáneo lo otorgan canciones introspectivas de Sufjan Stevens.

Cuando vemos a Elio con sus gafas Ray-Ban, Timothée Chalamet proyecta el garbo de una versión ochentera de un Marcello Mastroianni adolescente. Sayombhu Mukdeeprom, director de fotografía (El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas [2010]), crea imágenes poderosas. La cámara se relaja, deliberadamente, en medio de la naturaleza, sacando a los personajes del cuadro para acariciar con el lente paisajes montañosos, playas o la antigua arquitectura de la villa. Respiramos en cada fotograma, y con esta particular atención al detalle, podemos acercarnos a lo que Elio y Oliver sienten en los lugares donde pueden expresarse, manifestando la libertad que aflora en los amantes.

Mukdeeprom nos envuelve en el calor de aquel verano, el exquisito sol italiano ilumina los cuerpos tal como la pantalla ilumina nuestros rostros, sin que lo notemos, con los voluptuosos fotogramas. Uno se baña en esta película.

El look de la cinta, opulento en emociones, involucra todos nuestros sentidos. No sólo por la luz y los cuadros, sino por lo que hay dentro de éstos: Guadagnino crea asociaciones entre comida y éxtasis, palabras y pertenencia, el tacto de la piel y el anhelo de éste. Es un visionado tridimensional sin las gafas opacas.

Camino a la madurez

Al igual que la gran Brooklyn (2015) se trataba de una joven mujer adaptando su identidad según el lugar donde había establecido su amor por un hombre, Llámame por tu nombre no se trata de un adolescente reprimiendo y después aceptando su homosexualidad, sino de un adolescente que se convierte en hombre al conocer el amor con otro hombre, un amor que lo transforma en su verdadero yo.

El discurso final del padre de Elio es el mejor monólogo de 2017. Demuestra el gran talento colectivo de Ivory, Guadagnino y Stuhlbarg, el actor que lo entrega. Este padre ama a su hijo, y sugiere, con melancolía, lo que una vez escondió y lo que pudo haber sido, y alienta al hijo a no congelarse ante el amor. La escena es en absoluto sentimental, mas la belleza de las palabras es desoladora, y nos afecta hondamente.

El último plano de Elio es cautivador. Es simple, y comporta uno de los finales más dolorosos del cine reciente. Entonces empiezan los créditos finales, pero no te vayas. Espera a que la pantalla se funda a negro, pues aquí hay un desarrollo. Está solo. Debe vivir ese dolor en soledad, porque le pertenece y nadie puede interferir. Pero estoy seguro de que Elio recuerda las palabras de su padre. Que mientras más sientas, la felicidad será más clara y concreta frente a tus ojos.

4 nominaciones, incluyendo Mejor Película y Mejor Actor Principal (Chalamet).

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