Editorial

La violencia transversal hacia los niños y niñas en Chile

El resumen de las cifras permite concluir que el fenómeno de la violencia que se ejerce contra los niños y niñas de Chile es transversal, sin diferencias apreciables entre los convencionales tres niveles socioeconómicos de la sociedad.

Por: Editorial Diario Concepción | 09 de Mayo 2019
Fotografía: Copesa

Una publicación de un medio de circulación nacional ha puesto el dedo en la llaga; la de sacar de la zona reservada la violencia contra los niños y niñas de la clase acomodada chilena y contribuir con relatos duros, más que duros, de estremecedora crudeza, a eliminar el concepto de que la violencia, el abuso, el maltrato y el sometimiento de niños es una situación estrechamente asociada a la pobreza, a los estratos inferiores de la condición socioeconómica. Es más bien redefinir esa pobreza causal, ya que se trata más de pobreza moral, pobreza de sentimientos y de orfandad de principios de humanidad.

En Chile, conceptos como el maltrato, el abuso y las vulneraciones de derechos a los niños están inevitablemente asociados a los estratos socioeconómicos más pobres, esta publicación de cobertura comprensiblemente limitada, ante la dificultad para obtener datos de mayor profundidad, es suficiente para revelar una realidad dolorosa, con el agravante de la sospecha fundada que sea tal vez sólo un reflejo pálido de lo que realmente está ocurriendo, ante la plausible opción de impedir se hagan públicos las negligencias, golpes y abusos sicológicos y sexuales que terminan siendo más difíciles de detectar e intervenir, y ante los cuales es común callar.

La Unicef distribuye los datos en las variables de situación socioeconómica baja, media y alta, registrando la frecuencia porcentual de los actos de violencia, así, por ejemplo, en la ocurrencia de violencia grave, los porcentajes respectivos son 27,2; 24,7;  y 24,2%, que para efectos prácticos muestran diferencias estadísticamente no significativas, tres puntos porcentuales, entre clase alta y baja, que no se compadece con la enormidad de la brecha que separa ambos grupos, en cultura, bienestar, oportunidades, estatus, por señalar sólo unos pocos factores de diferencia abismal.

Algo parecido ocurre con la violencia psicológica, que si bien va en aumento, según mejora la situación socioeconómica, la diferencia dista mucho de ser la esperable, cuando hipotéticamente debería haber mucho menos en condiciones de pobreza, como suele especularse, dado la frecuencia de familias disfuncionales, falta de recursos y baja escolaridad, que explicarían más violencia física que psicológica, los porcentajes respectivos de nivel bajo, medio y alto son 17,3; 21,4; y 23,2, sólo seis puntos entre extremos.

El resumen de las cifras permite concluir que el fenómeno de la violencia que se ejerce contra los niños y niñas de Chile es transversal, la Fundación para la Confianza apunta a que por cada denuncia de abuso sexual, 25 quedan silenciados, aun así se aprecia un aumento de las denuncias, que no significa necesariamente un aumento en el número de casos, sino un avance en la conciencia de la sociedad contemporánea, en la cual el abuso es considerado inaceptable y que es más empática hacia los niños y sus derechos. Hasta hace algunos años, la sociedad parecía preferir ocultar el abuso sexual o considerarlo como una realidad tristemente natural contra la que no era posible luchar. Afortunadamente, esta realidad está empezando a cambiar.

La principal lección es que lo único correcto e inmediato es la denuncia, a quien corresponda y del modo que parezca más adecuado y eficiente, lo único que hay que descartar es el silencio, que es sencillamente una inaceptable y punible complicidad.

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