La reciente emergencia en el Hospital Traumatológico de Concepción, donde una inundación dejó pérdidas estimadas en más de 400 millones de pesos en insumos y medicamentos, no es solo una desgracia climática.
La inacción de las autoridades deja de ser una falta administrativa para transformarse en un abandono de deberes éticos. Los testimonios de residentes no son simples quejas de vecinos hipercríticos; son desgarradores relatos de supervivencia doméstica en nuestros barrios.
Imperiosa es la necesidad de destrabar obras viales, corredores urbanos y la red hospitalaria dolorosamente pendiente (Coronel, Lota, Nacimiento y Santa Bárbara). La dilación no hace otra cosa que hacer patente la deuda social acumulada durante años. Lo preocupante es que el retraso sea tan normalizado por la población que ya nadie se incomode en pensar que retardar las obras es algo completamente normal.