Cultura y Espectáculos

La palabra es tan mágica como la película: ¡Shazam!

La nueva entrega del Dceu es superior que Aquaman y que Capitana Marvel. La película nos ofrece una sátira del género de superhéroes, al mismo tiempo que se sitúa con personalidad entre los filmes sólidos de su tipo.

Por: Esteban Andaur | 13 de Abril 2019
Fotografía: Película

David F. Sandberg ha vuelto a la gran pantalla, luego de un sólido debut en la dirección con Cuando las luces se apagan (2016) y la extraña, pero eficiente, Annabelle 2: La creación (2017). Ha sido más enfático en drama que en sustos y el director demostró que era hábil para manejar conflictos de familias disfuncionales. Su fuerte es, por cierto, la creación y desarrollo de personajes, y explora territorio bastante similar en el blockbuster de superhéroes ¡Shazam! (2019), la nueva entrega del Dceu.

El personaje del título no es el más popular de DC Comics; no recuerdo haber visto alguna figura de acción suya en alguna juguetería en mi niñez. Sin embargo, ¡Shazam! es una historia sobre ser un niño. Hay una escena particular que evoca ese sentimiento, cuando un pequeño juega con figuras de Batman y Superman de plástico, y los enfrenta en una lucha imaginaria. Y al igual que yo y muchos otros hicimos a esa edad. Sandberg, en un guiño metanarrativo, se encarga de que sepamos que su película, y las de su tipo, son tiernas realizaciones de esas fantasías.

¡Shazam! incorpora a su estilo y fondo todo el caos que bulle en la mente de un adolescente, ya que su protagonista es un muchacho de trece años, Billy Batson (Asher Angel). Se la ha pasado huyendo de un hogar adoptivo tras otro, intentando buscar a su madre biológica, de quien se extravió a los tres años. Finalmente, es enviado al hogar de niños adoptados de los Vásquez, en sí mismo un matrimonio de adoptados, donde comparte techo con cinco chicos de distintas etnias y personalidades. Sus nuevos hermanos son más estables y tratan de incluirlo a la dinámica familiar, sobre todo Freddy Freeman (Jack Dylan Grazer), un ñoño y fanático de los superhéroes de DC Comics, por supuesto.

Billy cuenta con un importante trasfondo, y también el villano de turno, el protervo Dr. Thaddeus Sivana (Mark Strong). Cuando éste era niño, Sivana ingresó de pronto a una extraña dimensión, la Roca de la Eternidad, una caverna ancestral donde un viejo mago llamado Shazam (un Djimon Hounsou casi irreconocible tras una peluca y barba frondosas) lo pone a prueba para determinar su valor y bondad, y si es merecedor de sus poderes. Sivana falla: es tentado por los siete pecados capitales, corporeizados en grotescas estatuas demoníacas, y es enviado de vuelta al mundo real, donde crece obsesionado con descubrir qué fue lo que le ocurrió aquel día y ennegreció su destino.

El vetusto Shazam sigue por años seleccionando y desafiando a personas solitarias (o abandonadas, que es más o menos el perfil); está feneciendo y necesita, prontamente, depositar su magia en un portador benigno. Y, entonces, encuentra a Billy. El nombre de Shazam es un acrónimo de seis dioses de la Antigüedad (algunos, curiosamente, personajes de DC): Salomón, Hércules, Atlas, Zeus, Aquiles y Mercurio. Billy necesita invocar los poderes de éstos diciendo <<¡Shazam!>> y tras partirlo un rayo (en sentido figurado), se convierte en un hombre adulto, superpoderoso, de una corporalidad masiva, aunque con la misma torpeza e ingenuidad que un chico de trece.

Sólo Freddy es capaz de comprender lo que le pasa a Billy y de ayudarlo en asumir la responsabilidad que implica ser un superhéroe. Es la misma dinámica de Big (1988), el clásico de Penny Marshall protagonizado por Tom Hanks. Incluso, hay un piano gigante aquí, como si el filme nos estuviera diciendo <<si pensaste que éramos Big, es porque somos Big>>.

Zachary Levi personifica a Billy en su forma adulta. Le aporta a su personaje el histrionismo de una caricatura y le imprime lo que bien podría ser su propio buen espíritu; y es apto para la comedia física, la cual se extiende a las secuencias de acción. Grazer se encarga de los momentos más dramáticos, algo sorprendente para un actor tan joven. Su interpretación es sobresaliente, su química con Levi es palpable y ambos actores trabajan a su máxima potencia. Nos preocupamos por esta amistad y la humanidad latente en esta, y en los vínculos con cada integrante de la familia Vásquez es dulce y verosímil.

Shazam es bien parecido a Superman, hasta en el atuendo. Y ¡Shazam!, al igual que Mujer Maravilla (2017), aunque bastante más, toma prestados varios elementos del Superman (1978) de Richard Donner. Entre las similitudes podemos contar la estructura del Viaje; el inicio que nos introduce al villano; las primeras veces en que el superhéroe salva el día, pasmando a los civiles a su alrededor; la narración operística y, desde luego, el sentido de diversión. Y algún fragmento de la partitura de John Williams.

Todo estaría perfecto si no fuera por las escenas de acción del tercer acto; retrasan demasiado el clímax de la historia y un par de planos permanecen en pantalla por más tiempo del necesario. Sandberg despliega su lado lúdico aun cuando no tiene que hacerlo; en fin, dicen la palabra mágica muchas veces y la película dura más de la cuenta (132 minutos). No obstante, lo que más le sobra es corazón. Hay una largueza de optimismo encomiable en cada escena, sin mencionar aquéllas más violentas y retorcidas con Sivana una vez que llega donde nuestro inmaduro protagonista.

¡Shazam! mezcla las dosis justas de payasadas, pathos, asombro, cultura pop y un concepto progre de familia. Los ingredientes pueden sonar abigarrados, mas son unificados por los claros valores de la historia, los cuales son perseguidos por el héroe hasta el final, haciéndonos sonreír en cada paso del camino.

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