Cultura y Espectáculos

Creerás que un elefante (digital) puede volar: Dumbo

Tim Burton le añade lo suyo a la historia del clásico elefante de Disney, deleitándonos con fotogramas hermosos y espectaculares.

Por: Esteban Andaur | 07 de Abril 2019
Fotografía: Película

Cuando eres crítico de cine, y tu película favorita de toda la vida es Dumbo (1941), tienes altísimas expectativas para la adaptación en imagen real, en especial si está dirigida, además, por uno de tus cineastas favoritos, Tim Burton. Tal es mi caso. Pertenezco a una casta de millennials que idolatrábamos las fantasías veleidosas y amigables de este hombre, y edificamos nuestra imaginación con Beetlejuice (1988), El joven manos de tijeras (1990) y Charlie y la fábrica de chocolate (2005). Estoy acostumbrado a perdonarle hasta sus pelis más malas, como Sombras tenebrosas (2012), puesto que siempre me siento cómodo y me deleito con su obra. Siento a Burton más como un viejo amigo que como un director más. Pero él es, ante todo, un artista, y, por lo tanto, yo como crítico, debo pedirle más.

Pero es Dumbo, así que si esperabas que la despedazara, viniendo de él, no soy la persona indicada.

Debo decir que me preocupé sobremanera cuando oí que Disney iba a hacer la versión en imagen real de mi filme favorito, pero me alivié bastante al enterarme de que Burton iba a hacerse cargo del proyecto. El alivio duró hasta que empezaron los primeros minutos de la proyección, y mi escepticismo volvió y se manifestó en un ceño ligeramente fruncido. Su Dumbo no es genial, y no es lo mejor de él en esta década (ésa es Big Eyes [2014]); mas es colorida, satisfactoria en un nivel elemental, y tan vistosa que mis ojos casi se desorbitaron por momentos.

La historia comienza con el tren Casey Junior, en marcha a través de los estados sureños de EE.UU., transportando al Circo Medici. El tren no está vivo como en la animación, aunque posee el mismo diseño, y Danny Elfman nos ofrece breves referencias a la memorable partitura de la original. El tren se detiene en Joplin, Missouri, y el circo se asienta cerca de un ferrocarril. Al lugar llega un tren de veteranos de la Primera Guerra Mundial, entre ellos Holt Farrier (Colin Farrell), encargado del número de caballos del circo, y quien desciende manco de un brazo, lo cual complica aún más su relación con sus dos hijos, ya que es viudo. El dueño del circo, Max Medici (Danny DeVito), pues, le asigna el cuidado de los elefantes, y es cuando los hijos de Holt entran en escena: la mayor, Milly (Nico Parker) y Joe (Finley Hobbins).

Ahora bien, tengo la certeza de que aquéllos que vimos la primera Dumbo en nuestra infancia, no precisamos de personajes humanos para identificarnos con la historia; el elefantito bebé era suficiente y su drama era más que humano. Pero los ejecutivos en Disney necesitaban insertar más elementos para entregar un largometraje de dos horas (y hacerlo pasar por importante dada su duración), y le agregaron niños para que aquéllos presentes en las butacas se proyecten en estos personajes en lugar del elefante. Es la decisión narrativa más absurda, y el principal error de esta Dumbo. Parker no tiene expresión en el semblante, y dice todas sus líneas en el mismo tono plano, sin énfasis ni ritmo, como que declama, y no, no es una actuación minimalista; mientras que Hobbins casi siempre pareciera no contener la sonrisa en situaciones incómodas. Por supuesto, son ellos quienes descubren a Dumbo en el vagón de tren donde duerme con su madre y le enseñan a volar con una pluma, y se convierten en sus mejores amigos. Al cabo de casi dos horas, estos pequeños actores nos convencen, quizá, porque ya estamos acostumbrados a que estén ahí, pero sus papeles son del todo prescindibles.

DeVito y Farrell desbordan química como un dúo cómico insospechado, pero Burton la desperdicia, puesto que el guion disperso de Ehren Kruger gasta demasiado tiempo añadiendo drama irrelevante para que la historia sea rentable. El ratón Timothy es evocado en una estremecedora escena, donde Milly, aficionada a la ciencia, lo tiene encerrado junto a otros roedores en una jaula, como parte de una especie de experimento científico. Esto me irritó y, recordándolo, me asusta. Y la Sra. Jumbo no recibe a su hijo de una cigüeña, aunque atisba a una bandada de éstas volar por el cielo nocturno.

Entiendo que Burton desee, como siempre, manifestar su sensibilidad de inadaptado negando aquello que amamos en historias clásicas, y presentarlas de tal manera que él se pueda rebelar ante el sistema para el cual trabaja. Pero un artista de su talento y poder no necesita hacerlo, pues hace tiempo que está en una etapa en que debiera expresar lo que de verdad está en su mente y ya.

Dumbo, por supuesto, es humillado y la Sra. Jumbo, furiosa, irrumpe en la carpa para defenderlo, causando una gran destrucción que termina matando por accidente a un hombre que solía maltratarla. Este asesinato es la primera señal de que, bueno, Tim Burton estuvo aquí. El relato depende del arco de nuestro protagonista volador, en tanto él se reúne con su madre una vez que descubre su poder. Pero es imposible no esperar que la Sra. Jumbo alcance alguna redención por tal fatalidad, y es, digámoslo, una oscuridad residual y gratuita.

En más o menos la primera media hora, lo esencial de la cinta original ya ha sido más o menos adaptado (y hasta eviscerado); la Sra. Jumbo es vendida y separada de su bebé, y entonces entra V. A. Vandevere (Michael Keaton) a comprar el circo e incorporarlo a Sueñolandia, un apoteósico parque de diversiones con las más diversas y extravagantes atracciones para todos los públicos. Y es entonces que comienza una historia por completo nueva, casi como una secuela, y las imágenes nos saturan de cosas maravillosas.

La embriaguez del elefante es reemplazada por artistas circenses especialistas en burbujas gigantes (al igual que los cuervos están ausentes para eludir acusaciones racistas). La escena está ejecutada con deslumbrantes efectos en CGI, y el intenso color rosa crea uno de los momentos visuales más poderosos en la carrera de Burton. Lo mejor, sin embargo, es la cabeza del pequeño paquidermo que se balancea al ritmo del número de las burbujas, como lo haría un niño o un bebé embelesado por lo que ve. El Dumbo en CG entrega la mejor actuación de toda la película, y es el responsable de conmovernos y asombrarnos, como los espectadores en el circo de la pantalla.

El hecho de que Dumbo no hable es respetuoso de que no hablase en el clásico animado (es una guagua, no puede), pero un enfoque a lo El libro de la selva (2016) habría sido beneficioso respecto a los demás animales. Se supone que éstos, ya adultos, deberían ayudarlo a reunirse con su mamá, y dialogar. Pero esto lo hacen los humanos, y no pueden ser menos interesantes. Keaton y DeVito revierten los roles de héroe y villano que tuvieron, respectivamente, en la icónica Batman regresa (1992); mas sus intercambios son funcionales y no exudan ingenio. Burton se conforma con que su presencia sea suficiente. Eva Green (su nueva musa de ojos grandes) se luce como la trapecista Colette en una interpretación que es más física y facial que otra cosa, y su arrobador look cumple con el objetivo, ayudado por el ostentoso vestuario de Colleen Atwood.

Estos personajes revelan quiénes son a través de diálogos melodramáticos, básicos, y es una razón para que los actores hagan algo con sus bocas; son creaciones tan insulsas que esta Dumbo debió haber sido una película muda. Y tal vez así habría sido espléndida.

Me figuro que encantará a espectadores muy chiquititos y a adultos que quieran ver algo <<diferente>>, no lacrimógeno. ¿Querías diálogos jugosos? No hay. ¿Querías profundidad y sentimiento? Busca en otra parte. ¿Querías fotogramas hermosos? Bienvenido seas. Tim, fiel a sus orígenes como dibujante en Disney, prefiere narrar con su inigualable destreza visual y confecciona un entretenimiento análogo a un espectáculo de circo: no hay contenido ni profundidad, sino maravillas y hazañas increíbles.

El director de fotografía Ben Davis (Tres anuncios por un crimen [2017]) excede lo que ha hecho antes creando cuadros de una belleza tan caricaturesca como melancólica. El diseño de producción funciona, al igual que en Batman (1989), como un portal psicológico a los estilos artísticos que Burton ama y que habitan en él, aunando estéticas diversas del siglo XX, desde el art déco al cine de terror B de los 50; y se sale con la suya, fijando su identidad en nuestra imaginación. Y es un filme más interesante de ver que El regreso de Mary Poppins (2018), así que está bien.

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