Cultura y Espectáculos

Robar a Rodin es arte no es arte es arte no es arte es arte

Por: Esteban Andaur | 03 de Diciembre 2017
Fotografía: Cedida

El documental final de MiraDoc este año, aborda el robo de una escultura del francés Auguste Rodin en 2005, cuando su obra fue expuesta por primera vez en Chile.

En 2005, mientras el Museo Nacional de Bellas Artes en Santiago exhibía por primera vez la obra del célebre escultor francés Auguste Rodin, la institución sufrió el mayor escándalo de su historia: una de las piezas, el Torso de Adèle, fue hurtado y encontrado a los pocos días. Quien recuperó la escultura, declaró haberla encontrado en el Parque Forestal, frente al museo; pero luego sería el principal sospechoso, hasta autodeclararse como el autor del delito y ser procesado como tal.

El microcosmos del arte nacional entró en una crisis sobre la museología y, asimismo, sobre la percepción y el consumo del arte en un lejano país sudaca como el nuestro; y el mundo entero fue testigo del remezón.

Robar a Rodin (2017) es el documental que aborda este hecho escandaloso y, para varios, oprobioso. La película empieza como un clásico relato de misterio, presentándonos a los carismáticos involucrados en entrevistas, cada uno con su propia perspectiva del robo, sin señalar a ninguno como el autor del robo y, por ende, todos emergen como posibles sospechosos; desde teóricos del arte, curadores, artistas, investigadores, amigos del ladrón y este último.

Pero Robar a Rodin aspira a ser más que <<el misterio de la semana>>. Tal vez su ambición sea demasiada, ya que utiliza notas de prensa, recreaciones, etc., en una estética que intenta funcionar como una suerte de rapsodia documentalista.

Pero el exceso de registros audiovisuales suele distraernos, en lugar de enriquecer la información fáctica; excepto cuando nos ayuda a entender la psicología de Luis Emilio Onfray Fabres, o Emilio Fabres, como prefiere llamarse el autor del robo. Entonces el enfoque de la película varía, paulatinamente, del reportaje del robo a la biografía de Fabres.

El artista francés

Que el Torso de Adèle haya cautivado la mirada de un muchacho común y corriente, de entonces veinte años y estudiante universitario de Arte, no es sorpresa. Las esculturas de Rodin son abrumadoras en su expresividad y sus significados misteriosos, y sus figuras femeninas son muestras claras del talento del artista, obras de un erotismo estremecedor hasta hoy.

El acto del ladrón responde a un sentimiento (que para mí siempre ha sido) represor de la experiencia del museo, y es que ahí no se pueden tocar las obras. El tacto es un elemento siempre frustrado en el museo.

Esto no pasa en el cine, donde los sentidos estimulados son la vista y la audición. De una manera similar, sucede con la música, ya sea en la escucha de un álbum y, sobre todo, en un concierto, y la corporalidad de uno puede manifestarse en el baile o el tacto de la portada del disco. En la literatura, la vista, el olfato y el tacto trabajan, armónicamente, para darle vida a la historia del libro en la imaginación.

Sin embargo, en el museo la pintura y la escultura, por ejemplo, sólo pueden experimentarse a través de una voluptuosidad parcial. Obras de arte que tienen una dimensión física tangible e inmediata, sólo pueden ser vistas, más no tocadas.

Creo que esa es la frustración, individual y común, que el ladrón satisfizo con el robo del Torso de Adèle. Es ésta la transgresión fundamental que logra acercar a Fabres a lo que pudo haber sentido Rodin esculpiendo, tocando, dicho torso. ¿Sería ésta la forma en que Rodin hubiese querido que su trabajo fuera recibido por el público, con sus propias manos, si fueron manos las que lo produjeron? El robo nos lleva a la cabeza de Rodin, a sus motivos estéticos y a su eventual reacción al delito de Fabres, además de adentrarnos en la mente de este último.

 

El artista chileno

El filme nos muestra a un Emilio autodestructivo en videos caseros de su juventud, donde les pide a sus amigos que lo golpeen en el vientre con un martillo, al parecer, de plástico. Él se ríe y se retuerce de dolor a la vez. Pide que quienquiera le pegue otra vez. Y otra vez.

El neurobiólogo de la familia nos dice que Emilio padece de una condición mental que lo hace actuar de tal forma, mas nunca se menciona cuál es tal condición (¿montaje arbitrario?). También el médico reconoce el uso de sustancias alucinógenas por parte de Emilio y que éstas estimulan su creatividad. ¿Anularán su moral?

El médico, al final, provee el melodrama de la película, demostrando genuino afecto por Emilio y su familia, y un aprecio casi irracional a su trabajo artístico.

Nos enteramos de la tumultuosa vida familiar de Emilio, y los conflictos que le han causado figuras parentales ausentes, su ascendencia francesa, entre otras cosas. Cosas que lo vinculan a… ¿Rodin? Bueno, sí, pero forzando bastante las circunstancias. Rodin y Fabres son artistas franceses (según lo plantea Fabres), uno más viejo que el otro, uno muerto y el otro vivo. El robo del torso implica una reclamación de Fabres de una parentalidad tanto sanguínea como simbólica, además de una crítica a las restricciones de los museos.

Es fácil identificarse con la visceralidad de su acto, sin justificarlo. Más uno enfrenta un problema aún mayor, cuando Fabres admite en el tribunal que robó en el contexto de una acción de arte que él tenía planificada con bastante antelación, y que inspiraba una reflexión entre lo ausente, lo presente y la memoria. Sabía que su víctima sería un Rodin.

Por mucho que una acción de arte comporte dolores personales, ¿tenemos que aceptar el riesgo de que el legado artístico de la humanidad se estropee por las intenciones de una sola persona? Yo pienso que no. Fabres no se molestó en involucrarnos en su dolor, nos lo impuso, como un tirano.

¿Artista o ladrón?

Robar a Rodin dignifica a Fabres, restituyendo el significado de su delito, perdido en medio del escándalo judicial. El acto de Fabres, que por fin entendemos con compasión, emerge con una reflexividad inesperada. Es un acto violento, egoísta, feo. Es ingenuo, pero lúcido. Innecesario. Introspectivo. Efectivo. Ahora bien, en Francia quizá habría enfrentado consecuencias diferentes ante la justicia y la opinión pública.

Si dicen que los artistas crean con drogas, no estoy de acuerdo; depende del talento y de la persona, y creer aquéllo es harto vulgar. No considero a Fabres un genio; su trabajo es muy veleidoso y lleno de lugares comunes, al igual que su infame robo. Pero éste fue importante y funcionó: si no robaba un Rodin, el efecto social habría sido nulo. ¿Es Fabres un artista o un ladrón? Él mismo se excusa diciendo que él no es un ladrón, sino un artista. ¿Le creemos?

En una historia así, es perentorio emitir un veredicto propio. Si las personas que se pronuncian al respecto son varias, y el documental no me permite conocerlas más allá del contexto de un robo de arte, ¿debería importarme? Me importa lo que piensan los realizadores, pero ellos enfatizaron un juego de estilos en vez de una retórica cohesiva y crítica.

¿Cuál es la voz de la película? ¿Es arte robar un Rodin? ¿Es arte malvado? ¿Puede ser considerado arte excelso? ¿El documental trata de redimir a un artista, o intenta analizar la identidad de un individuo y cómo ésta se conecta con la sociedad? Fabres sabe exactamente lo que hizo. Si sólo la película sobre él se atreviera a saberlo también. No obstante, el arte, más que frágil, es tan elusivo.

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