Incorporar “Alto en” den envases de alimentos fue un hito que ha llevado a avances, pero persisten brechas relevantes para promover hábitos sanos.
Las palabras “Alto en” en azúcares, calorías, sodio y grasas saturadas, escritas en blanco dentro de octágonos negros dispuestos en envases de alimentos, hace una década marcaron un hito para las políticas públicas en Chile y Latinoamérica.
A fines de junio de 2016 entró en pleno vigor la Ley 20.606, de etiquetado y publicidad de alimentos, y uno de sus aspectos principales es establecer obligación de informar visual y claramente si un producto excede los límites establecidos por el Ministerio de Salud de nutrientes críticos a través de sellos de advertencia en su cara frontal.
La legislación, que también exige que productos declaren sus ingredientes y aditivos en los envases, y prohíbe la publicidad de alimentos con sellos a menores de 14 y la venta en establecimientos escolares, se diseñó para fomentar hábitos sanos y prevenir o reducir la malnutrición por exceso y nociva, sobre todo infantil, por los altos índices registrados en el país y su constante alza.
Desde su puesta en marcha y transcurrido 10 años, especialistas valoran la ley como un avance pionero e innovador que generó cambios significativos en la industria y población, e inspiró a otras naciones. Pero, también advierten retos y pasos que dar para mejorar el abordaje de fenómenos multifactoriales y complejos como son la alimentación y salud.
El foco en los cuatro es porque su consumo excesivo y sostenido puede producir sobrepeso, obesidad y alteraciones metabólicas que pueden gatillar afecciones como diabetes, dislipidemias e hipertensión, factores de riesgo cardiovascular y varias enfermedades.
Elisa Capurro, académica del Departamento de Nutrición y Dietética de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Concepción (UdeC), explica que “los sellos se calculan en base a 100 gramos o 100 mililitros del nutriente”.
En términos prácticos, resalta como una herramienta muy útil para dar información clara y visible, fácil de entender por niños y adultos, al mirar un envase para tomar rápido una decisión de consumo.
Y estudios muestran que la ley ha tenido efectos positivos a distintos niveles: “se ha observado una disminución en la compra de alimentos y bebidas con alto contenido de azúcar y calorías, y reformulación de productos para evitar los sellos”, releva Rodrigo Buhring, académico de la Facultad de Medicina de la Universidad Católica de la Santísima Concepción (Ucsc).
Un trabajo del Centro para la Investigación de Ambientes Alimentarios y Prevención de Enfermedades Relacionadas con la Nutrición de la Universidad de Chile concluyó que hubo reducción de alimentos con sellos, bajando del 71% en los inicios a 52% en la etapa final de implementación.
Además, un artículo de The Lancet Planetary Health demostró que en el primer año de implementación se redujeron cerca de 24% las compras de bebidas azucaradas. Y el último estudio publicado en The Lancet mostró que la primera fase se asoció con una disminución medible de la prevalencia de sobrepeso en la población escolar.
Aunque todo es mejorable y la ley tiene sesgos y limitaciones.
Capurro aclara que los sellos no aluden a porciones reales de consumo, pudiendo confundir. Hay alimentos nutritivos como los frutos secos que por regla del “100” llevan sello, pero son de alto valor nutricional y se recomiendan en una dieta equilibrada.
“Y para no incorporar los sellos negros la industria reemplazó el azúcar por edulcorantes artificiales”, advierte Capurro. Estos, si bien no aportan calorías, no serían inocuos.
Entonces, un alimento con sello no necesariamente es malo, ni uno sin sellos es nutritivo o se puede consumir sin límites.
Además, menciona la “fatiga del sello”: tras 10 años las personas se han habituado a verlos y se ha perdido el shock inicial.
Y ley no aborda productos vendidos a granel ni comidas preparadas como la “chatarra”.
En este contexto, Buhring expone que la evidencia confirma que persisten hábitos de consumo asociados a gusto, costumbre, y acceso real a alternativas saludables, lo que se vincula con aspectos sociales y económicos que esta ley no considera y son determinante de la alimentación y salud.
Desde sus efectos positivos, y por los sesgos y limitaciones de Ley 20.606, los especialistas reconocen que es una herramienta útil y necesaria, pero no una solución por sí sola a un problema tan complejo como la malnutrición y patologías asociadas, considerando que en la alimentación y salud inciden de lo biológico a lo social, económico y emocional.
Y son varios los desafíos pendientes en esta materia, y urgentes. Es que más del 50% de la población escolar tiene exceso de peso, según datos del Mapa Nutricional de Junaeb, mientras cerca del 75% de adultos padece sobrepeso u obesidad, ubicando al país como el más obeso de la Ocde.
Ante ello, los nutricionistas Elisa Capurro y Rodrigo Buhring enfatizan que el acceso a información y educación son pilares fundamentales de la promoción en salud y alimentación mediante hábitos beneficiosos, y prevención de riesgos y patologías, y así de la aplicación cotidiana de los datos del etiquetado de alimentos para tomar decisiones informadas y responsables.
“La ley de etiquetado funciona muy bien como un semáforo de advertencia, pero sin educación las personas terminan comprando a ciegas o por descarte”, sostiene Capurro. “La educación nutricional ayuda a desarrollar habilidades para interpretar el etiquetado, elegir alimentos más saludables y adoptar hábitos que contribuyan a prevenir enfermedades crónicas”, complementa Buhring.
En este sentido, en términos prácticos, un primer paso para utilizar los datos de los envases es identificar los sellos que posee un producto, comparar entre similares y preferir los que tienen menos sellos o ninguno.
También se debe recordar que la presencia o ausencia de sellos sólo es un aspecto, por lo que es ideal siempre leer los ingredientes e información nutricional detallada en los envases, identificando cuáles son los primeros, si existen muchos edulcorantes artificiales, aditivos o una larga lista de ingredientes.
Y, justamente, cuando se ha educado en alimentación y nutrición, las personas entienden sobre los alimentos, sus nutrientes, calidad y cantidad, beneficios y riesgos, y así el porqué deberían tener una u otra elección. Algo que empodera y tiene el poder de impactar a los entornos. Y esto impacta en los hábitos para la vida.
Por ello, coinciden los académicos, la educación debe partir desde edades tempranas y ser sostenida en el tiempo y espacios para llegar a escolares y población adulta.
Sobre ello, Elisa Capurro releva que se requieren políticas públicas o acciones concretas como incluir a nutricionistas en establecimientos, o realizar campañas educativas masivas lideradas desde el Estado.
“No basta con dar charlas aisladas, la nutrición debe integrarse formalmente en el currículum escolar desde la primera infancia para que los niños aprendan a elegir y a relacionarse sanamente con la comida”, manifiesta.
Tampoco sirve la educación si es que no hay acceso real a alimentos nutritivos y saludables para todas las familias y personas, si es que en la escuela o comercio son de un precio más elevado y menos asequible que aquellos de baja o nula calidad nutricional como aquellos más densos en calorías o con más aporte de azúcar, sodio o grasas saturadas.
Y es por ello que la académica UdeC enfatiza que también es sumamente necesario avanzar en políticas públicas, como por ejemplo en cuanto a incentivos económicos, que se traduzcan en que las opciones más saludables sean también las más accesibles y atractivas para todos los hogares chilenos, no sólo aquellos con una situación socioeconómica más favorecida.
Sobre ello expone que “la inflación y la situación económica de los hogares empujan a las familias a priorizar el bolsillo por sobre la nutrición. Se debe subsidiar el alimento fresco y gravar el ultraprocesado para que comer sano no sea un privilegio de pocos”.
Desde allí, Rodrigo Buhring advierte que, además de gustos y costumbres que predominan las decisiones de consumo, la falta de tiempo para cocinar, el exceso de pantallas, el sedentarismo y persistencia de ciertas estrategias de marketing en plataformas digitales para llegar a niños y jóvenes tampoco juegan a favor de la alimentación y salud.
Por ello asevera que, mediante distintas políticas o acciones, “es importante aumentar las oportunidades de actividad física, y seguir monitoreando las estrategias de comercialización digital de la industria alimentaria”.
Mientras, es clave fiscalizar los alcances según la legislación actual e impulsar que la industria no sólo reformule con aditivos artificiales, sino también que vaya considerando ingredientes menos procesados, más naturales y nobles.
En esta línea, el Ministerio de Salud impulsó una modificación al Reglamento Sanitario de los Alimentos que está en etapas finales de aprobación para incorporar una nueva advertencia frontal obligatoria sobre el contenido de edulcorantes artificiales en productos, para aumentar la precaución en su consumo, sobre todo en niños y niñas.