Editorial

El complejo y debatido derecho a bien morir

Es esta una instancia en la cual nuestra democracia debe enfrentar una realidad dolorosa. La sociedad demanda rigor, compromiso, conocimiento y objetividad. Un debate exento de demagogia, ante un asunto de tan profundas vinculaciones éticas y existenciales.

Por: Editorial Diario Concepción | 17 de Abril 2019
Fotografía: Contexto | Copesa

Tal vez sea un indicador del estado de madurez política que ha alcanzado nuestro país, o el desarrollo de una mayor conciencia social de los derechos de las personas, pero el hecho objetivo es que está en la agenda de la discusión parlamentaria la eutanasia, cuya sola mención puede ser bastante para desatar discusiones enconadas donde se ponga en juego tanto argumentos como ideologías, donde se establezca una de las luchas más duras, aquellas entre la razón y los sentimientos.

La eutanasia es un concepto asociado a la muerte sin sufrimiento físico,  la acción u omisión que acelera la muerte de un paciente desahuciado con la intención de evitar sufrimientos. En esta discusión sobre el derecho a emplearla como recurso último es necesario entender que la hay de dos tipos,  la llamada eutanasia directa en la cual se adelanta la muerte de una persona que tiene una enfermedad incurable, ya sea  mediante fármacos que resultan letales; o por suspensión tanto del tratamiento médico que tenía,  como de su alimentación por cualquier vía.

En la modalidad indirecta, lo que se hace es intentar paliar el dolor y sufrimiento de la persona suministrándole  una serie de medicamentos que como consecuencia no intencionada pueden producir la muerte de la citada persona. Se entiende que son los médicos los responsables de ejecutar la eutanasia, por lo general con el apoyo de los familiares del enfermo

La eutanasia, necesariamente, despierta todo tipo de debates éticos. Sus defensores aseguran que evita el sufrimiento de la persona y que rechaza la prolongación artificial de la vida que lleva a situaciones que son indignas. Los detractores, en cambio, consideran que nadie tiene derecho a decidir cuándo termina la vida del prójimo, advirtiendo antecedentes históricos de eutanasia  sido utilizada como excusa para concretar la eliminación de grupos sociales, o personas con impedimentos, con el argumento de ser un acto compasivo.

En tres votaciones distintas, hubo el acuerdo por mayoría de validar que una persona podrá solicitar la eutanasia cuando haya sido diagnosticada de una enfermedad terminal; si padece una dolencia incurable que le ocasiona sufrimientos físicos “persistentes e intolerables” y, además, se especifica que esos dolores podrán ser “de naturaleza síquica”,  en el proyecto unido de eutanasia y de cuidados paliativos.

Queda por discutir los requisitos para la solicitud de eutanasia, como puede ser la exigencia de diagnóstico por dos médicos; que la persona se encuentre en “pleno uso de las facultades mentales”, y manifestar “su voluntad de manera expresa” y “libre de presión externa”, además de consideraciones con respecto a la mayoría de edad.

No es el momento, como ha ocurrido, de ufanarse por logros políticos, es esta una instancia en la cual una democracia establecida, se debe enfrentar a una realidad dolorosa. La sociedad demanda rigor, seriedad, compromiso, conocimiento y objetividad. Como se ha observado en otras latitudes, no será fácil, el debate no va a estar exento de demagogia, de argumentos falaces, o viscerales, ante un asunto de tan profundas vinculaciones éticas y existenciales, sin embargo, es indispensable  un ejercicio colectivo de responsabilidad, madurez y profundo respeto, que  pondrá a prueba  la grandeza del Estado y el nivel de sus representantes, que por arduo que sea no puede ser pospuesto.

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