Economía y Negocios

¿Cómo sobreviven los empaquetadores penquistas tras la prohibición de bolsas?

La ley, que fue aplaudida por los positivos efectos que tendrá en el medio ambiente, conllevó a que este rubro, conformado mayormente por estudiantes universitarios, quede en entre dicho. Los clientes también recurren a estrategias, como sacar los envoltorios de la panadería o de la sección de frutas y verduras para contrarrestar la normativa.

Por: Felipe Placencia | 16 de Marzo 2019
Fotografía: Referencial

La ley que dictaminó la prohibición de las bolsas de plástico sacó aplausos. Millones de unidades salieron de circulación. El argumento fue que eran muy contaminantes, ya que un número importante paraba en el ecosistema.

Sin embargo, también trajo efectos negativos, que para algunos son el daño colateral de un bien mayor.

Uno de ellos es que los empaquetadores de cajas de supermercados hoy enfrentan la incertidumbre de su continuidad. Al menos, como era antaño.

Y para entender la relevancia de estos trabajadores, en la Región del Bío Bío hay alrededor de 150 establecimientos.

Si se multiplican por un mínimo de cinco cajas (hay grandes que tienen más de 15 cajas) se desprende que casi mil personas hoy tienen problemas para recibir propinas.

Esto, porque los clientes llevan sus bolsas o la compran dentro del establecimiento y son ellos mismos los que han comenzado a llenarlas, por que de pasar a gratis a pagar (en el caso que se olvido llevar) y encima dar esas monedas extras a los estudiantes, para algunos se transformó en un problema.

Tanto que algunos recurren a sacar las bolsitas extras de la panadería o el sector frutas y verduras. “Así me evito traer de la casa y comprar una acá”, confesó un consumidor.

Luchando

Es en medio de este contexto que los empaquetadores dan la pelea a nivel regional.

En el gran Concepción, un porcentaje importante corresponde a quienes cursan educación superior, ya sea técnico o universitaria.

Día lunes, 19:40, en una sucursal de una gran cadena. De 10 filas de cajas, en sólo tres empaquetaban.

Algunos  estaban sentados en unas sillas dispuestas para descansar al fondo del pasillo.

Miraban como la gente envolvía sus compras. “Cuesta tener propina”, dijo uno, mientras tararea una canción de Bad Bunny.

“Hay días que se parecen a los días buenos de antes. Este fin de mes debería mejorar. Muchos hacen el pedido del mes. Hay harta caja de cartón que cerrar”, acotó otro compañero que repasa la rutina de Felipe Avello en el Festival de Viña en el celular.

No quieren decir sus nombres, porque no quieren tener problemas. “Nunca tan sapo”, comentó uno.

Es que algunos han recurrido a tácticas más osadas para poder justificar la estancia durante tantas horas.

¿Cuál? Llevan bolsas para venderlas a escondidas. “Mira. Como que se puede hacer y no. Depende mucho del local”, comentó una trabajadora.

A saber: las empresas con formatos grandes trabajan con sistemas de turno. Los jóvenes se dedican a envolver en los tiempos correspondientes y hay cierta independencia. Mientras que los de formatos más chicos hacen otras labores como ordenar y se van rotando a medida que se cumplen las propinas.

“Antes en un día bueno llegabas a los $25 mil por día. En el más malo $8 mil. Cuando me retiré, ya estaba restringiéndose la entrega y fue terrible. La gente te trataba mal. Te retaban. Bueno, ahora no sé cuánto estarán ganando por estar con esta restricción”, opinó una ex trabajadora.

El chico que escuchaba trap, mientras esperaba en una banca, dio algunas luces de cuánto hacen. “Mira, hoy hice $10 mil”.

De ahí los movimientos a “escondidas” (ojo que no es en todos lados) como ofrecer bolsitos de colores rojos o verdes. Y hacerlo, como ya se detalló, depende mucho del contexto.

Cambio cultural

Del otro lado, los clientes entienden que se trata de un cambio cultural. Lamentan la situación que están pasando, ya que está en juego un ingreso para poder estudiar o  para poder apoyar en el hogar.

“Independiente que traiga mi bolso, necesito de alguien me ayude. Me doy cuenta que algunos compradores que están en la fila llegan a la caja, se atienden ellos y no necesitan del empaquetador. Yo, por mi parte, sigo apoyando y doy propina”, contó Susana en una sucursal.

A otros simplemente no les importa. “Tendrán que cambiarse a otra cosa”, dijo una señora.

“Que lata que nos miren así”, lamentó una estudiante universitaria.

Esta disyuntiva es a nivel nacional. Y no comenzó el tres de febrero cuando el Gran Comercio debió hacer el retiro obligatorio.

Partió con la marcha blanca en agosto del año pasado cuando se promulgó la Ley, apareciendo en el Diario Oficial.

“Creo que esto debería regularse, que no sea tan empleo informal”, pidió una futura abogada.

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