Cultura y Espectáculos

Crítica de cine: Gloria Bell

El filme del ganador del Óscar Sebastián Lelio estuvo muy poco tiempo en cartelera, mas no dejarán de comentarla por el resto del año y es bueno revisitarla.

Por: Esteban Andaur | 19 de Mayo 2019
Fotografía: Cedida

Por muy insólito que sea que un director haga el remake de su propia película, lo es todavía más que el remake supere a la pieza original. Tal es el caso con Gloria Bell (2018) de Sebastián Lelio, basada en el largometraje chileno Gloria (2013) por el que Paulina García ganó el Oso de Plata a la Mejor Actriz en Berlín. El nuevo filme reitera bastante material de la primera, como piezas de música, ángulos de cámara, porciones de diálogos y estructura narrativa. Pero es superior, uno de los mejores trabajos de Lelio junto con la hermosa Desobediencia (2017).

La diferencia principal aquí es la ambientación y, desde luego, el idioma, trasladando la acción desde Santiago de Chile a Los Ángeles, EE.UU. El personaje del título (su apellido vendría a aludir a su belleza espiritual) es interpretado por Julianne Moore, y su enfoque es menos tormentoso. Esta Gloria ha llegado con mayor resignación y claridad a la mediana edad. Sin embargo, se mantiene igual de compleja y adorable que como lo fue en manos de García, y su propensión a la aventura es lo que mueve la historia.

Nos sumergimos en su rutina diaria, y aunque parezca de lo más mundana, es lo que le brinda vitalidad a esta mujer. Su soledad podría suponer un peligro en su vida doméstica, pero es una ventaja en tanto ella reincorpora ciertos hábitos de su juventud.

El punto de giro llega cuando en la disco conoce a Arnold (John Turturro), un hombre con profundas inseguridades y en busca del amor. Algunos verán un romance tierno y agridulce, mas yo también vi una genial reunión entre Moore y Turturro desde The Big Lebowski (1998); en ésa no compartían escenas, así que esta película para mí cuenta con un gran motivo de celebración, y la química entre los actores es natural.

Si hay algo que de verdad aprecio es la sabiduría generacional del director: sabe muy bien que el filme que definió a las madres baby boomers (o sea, a las madres de nosotros millennials) fue Flashdance (1983); ninguna otra las influenció más en cuanto a moda, música pop, poder femenino (mi madre, que reúne varias características del personaje de Moore, es una clara muestra de ello). Y Gloria Bell exuda tal conocimiento, está en su ADN; tenemos canciones como <> en la versión de Laura Branigan y <<Lady, Lady, Lady>> de Joe Esposito, y la música se vuelve biográfica para la protagonista.

La paleta de colores es más consistente esta vez y el vestuario, más expresivo. Moore está en cada escena y está resplandeciente en el papel. Es su película, y Lelio ha madurado lo suficiente como cineasta para no entrometerse con momentos poéticos ostentosos y cosas por el estilo; aunque insiste en sus bellos títulos iridiscentes, que acarrea de Una mujer fantástica (2017).

Además, un montaje más preciso, a cargo de Soledad Salfate, permite que líneas de diálogo claves repercutan en escenas posteriores, sobre todo en la escena final: bailar es casi un sinónimo de la propia Gloria, y ella toma su pasión y la hace realidad.

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