Cultura y Espectáculos

Suspiria: el filme más controvertido de Luca Guadagnino

Estrenada la semana pasada plataformas de streaming como en Amazon Prime, la película sobre un matriarcado de brujas corruptas es una opción interesante para visionar en el Día de la Madre.

Por: Esteban Andaur | 12 de Mayo 2019
Fotografía: Diario Concepción

La premisa de Suspiria (1977) de Dario Argento, en que una escuela de danza contemporánea en Berlín está controlada por brujas, es demasiado deliciosa como para ignorarla y no dejarse llevar. Es la primera parte en su trilogía de Las Tres Madres, es excesiva y no tiene sentido, pero las sensaciones y los colores chillones y psicodélicos valen la pena, lo cual es suficiente para embelesar a alguien como Luca Guadagnino, un maravilloso sensualista. Y quizá suficiente para que realizara el remake: en un gesto metanarrativo, éste transcurre justo en el ‘77, reemplazando el mundo de fantasía de Argento por uno muy real: en medio del Otoño alemán de dicho año, Susie Bannion (Dakota Johnson), una chica americana, es admitida en la Academia de Danza Tanz en Berlín, cuyas bailarinas tienden a desaparecer en misteriosas circunstancias… y sospechas de brujería sobrevienen.

La nueva Suspiria (2018) es una rareza en estos días, un filme de terror muy poco convencional. Dura alrededor de dos horas y media, y posee el tipo de exuberancia creativa que podemos encontrar en las películas que en los 70 hicieron famosas a mujeres cineastas como Liliana Cavani y Lina Wertmüller. Aquel cine italiano estaba desencantado con el presente político y moral de su país, y las cintas aborrecían su pasado nazi, causando gran escándalo a nivel global. Además, Guadagnino rinde homenaje a Rainer Werner Fassbinder, l’enfant terrible del Nuevo Cine Alemán; asume un fuerte enfoque feminista, con un elenco compuesto sólo por mujeres (como en Las amargas lágrimas de Petra von Kant [1972]), y la fotografía evoca el trabajo que el gran Michael Ballhaus realizó para Fassbinder, a cargo de Sayombhu Mukdeeprom (Llámame por tu nombre [2017]).

En suma, es un crisol de los estilos de directores polémicos de la Europa occidental de los 70; sin embargo, sus temas son trascendentales y contemporáneos. Es ambigua, intelectual, es muy superior a la de Argento. Y los colores son opacos, casi uniformes en su melancolía gótica, estableciendo un drástico distanciamiento del material de origen.

No obstante, no se separa tanto en cuanto al contenido. Volvamos a Las Tres Madres por un momento. La última entrega, Mother of Tears: The Third Mother (2007), tenía una ligera referencia a la Segunda Guerra Mundial, y tal vez en ella estribe la decisión de Guadagnino de establecer un nexo entre ésta, la Guerra Fría y el presente, y el nexo es diáfano y fluido. El mundo entonces era un gran desastre y, en muchos sentidos, lo es hoy. Encima, Mother of Tears traicionó el espíritu pagano de la trilogía, añadiendo el catolicismo a la mezcla; pero la Suspiria de Guadagnino devuelve el paganismo a la historia, incorporando a la Mater Suspiriorum (la bruja de turno) y su mitología, lo cual también le permite explorar con bastante flexibilidad otros temas.

Y quiere confundirnos.

Utiliza el diseño de sonido con ingenio, fusionando la partitura cautivadora de Thom Yorke con una plétora de suspiros de excitación y agonía sin fuente diegética, tan frecuentes y sólidos que casi podemos atraparlos en el aire. Emplea montaje lírico en secuencias en que Susie sueña en la noche, y recibe señales de lo que podría estar sucediendo al interior de la academia, y hasta vemos sets que no aparecen en ningún otro momento en el metraje.

Una femineidad política y estética

Si El matrimonio de Maria Braun (1978) de Fassbinder empieza con una boda en medio de un bombardeo, Suspiria comienza con una protesta en las calles húmedas de Berlín, y una chica huyendo de no sabemos todavía qué. Ella es Patricia Hingle (Chloë Grace Moretz), al parecer miembro del grupo terrorista Baader-Meinhoff, quien acude con regularidad a sesiones con un psiquiatra anciano, el Dr. Josef Klemperer (Lutz Ebersdorf). Luego de la sesión, Patricia pronto desaparece sin dejar rastro. Y es entonces que Susie llega a la academia de baile, con un estilo instintivo de comunicarse a través del movimiento corporal.

Lejos de EE.UU., ella está a salvo de su pasado familiar. En la secuencia de créditos iniciales, vemos a la madre de Susie en la cama, agonizando; oímos estertores por doquier, e intuimos que el relato estará insuflado de la abstracción de la muerte. Nos abruma la desazón, mientras miramos los paisajes camperos que rodean la antigua casa donde viven. En flashbacks, Susie es golpeada por su madre en un intento de educarla. ¿O era la violencia un medio de proyectar la frustración de un embarazo no deseado? ¿Acaso maldijo a su hija con su desprecio? Desde entonces, nuestra protagonista anhelaba escapar, ¿adónde, para qué?, tal vez sabía ya de la existencia de Tanz.

La coreógrafa Madame Blanc (Tilda Swinton) acepta a la protagonista de inmediato tras su audición, y al advertir la pasión que la joven le imprime a los ensayos, comienza a entrenarla de forma individual. La relación se torna extraña una vez que empiezan a compartir opiniones desenfadadas respecto a la danza, el sexo y los sueños. A Susie le fascina Blanc y está consciente de que ésta podría estar enamorada de ella, mas no la rechaza, sino que la respeta y abraza sus debilidades, casi como una especie de divinidad benévola.

Por supuesto, pronto sabemos que las instructoras de baile son, de hecho, brujas, e incluso sospechamos de algunas de las estudiantes. Helena Markos, a quien no vemos por la mayor parte del metraje, es la líder de todas y, por ende, de la academia, y les debe una visita. Vive lejos del edificio, donde las más ortodoxas han formado un matriarcado conservador y de rituales horrorosos, que aguarda una revolución; el aquelarre se ha vuelto corrupto y el secreto se está filtrando al mundo exterior con las bailarinas desaparecidas.

Así Guadagnino va elaborando su radical postura feminista, que se extiende desde lo narrativo a lo técnico. Lutz Ebersdorf es, en realidad, la propia Swinton bajo gruesas capas de maquillaje protésico. Klemperer es un anciano de 80 años atormentado por la memoria de su esposa, cuyo paradero desconoce luego de huir de un campo de concentración nazi hace décadas. A menudo visita su vieja casa y le habla al aire, asumiendo que su esposa aún sigue con él. Son de las pocas escenas que realmente conmueven en Suspiria. En su consulta, suele descartar las declaraciones de sus pacientes femeninas, como Patricia, como simples delirios. Asegura que las mujeres son supersticiosas; ¿pensaría lo mismo si lo escuchara de hombres?

Vive en un mundo que se cae a pedazos día a día con actos de violencia, mas cuestiona lo sobrenatural. Los hombres se destruyen entre ellos, a través de la ciencia y la guerra; es su propia perdición. En cambio, las mujeres se guarecen de una forma tan absoluta, que las pudre desde dentro.

Así, las féminas pueden ser brujas empoderadas, y estar locas, y ser pésimas madres; y, en lugar de prostitutas, se vuelven revolucionarias de segunda mano, reemplazando el deseo por la adrenalina del terrorismo. Ninguna bailarina, ni las profesoras, tienen pareja. En un entorno hermético, es natural que Blanc se fije en Susie, quien desafía la lógica de lo que conoce. Es natural, asimismo, que Swinton interprete a un hombre, asumiendo la dualidad sexual del ser humano, e impidiéndole a un actor la posibilidad de trabajar; es una interpretación política y estética.

El asunto aquí es bien críptico e intrigante, incluso arrogante en su carácter elusivo, mas está ejecutado con convicción. La profusión de ideas es a veces torpe y algunas precisan claridad; lo que sí fluye es la narración sensorial, tanto así que en un segundo visionado la película funcionaría todavía mejor. Ha dejado a muchos críticos más que insatisfechos, y es que es tan fresca e iconoclasta que tienes que estar dispuesto a ir con la corriente. Yo fui con la corriente y funcionó bastante bien para mí.

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