Carta al director

La realidad y supra-realidad del mundo político

Por: Diario Concepción | 12 de Abril 2018

Muy pocas veces rozo el ámbito privativo para hacer una reflexión, esta vez es una excepción, convencido de su interés público. Viajé a Valparaíso, un viernes y el sábado en la noche, pese a la reticencia familiar, acudí, acompañado de uno de mis hijos, a urgencias del Hospital Van Buren.

Comienzo a experimentar un impacto doble, lo que me acontecía clínicamente y el lugar donde sería atendido. La recepción del recinto nos pide datos y motivo y nos insta a sentarnos. La primera espera es en una hilera de asientos. Las tres últimas, copadas completamente por personas en situación de calle. Al rato soy llamado y paso a un box atendido por una enfermera que inquiere datos y razones de mi presencia allí. Me toma la temperatura y la presión con mucha gentileza y cuidado. Es ya la madrugada del domingo.

Vuelvo al mismo lugar en espera. Escucho mi nombre por los parlantes y accedo a los lugares de atención. Y observo una actividad febril. Un señor mayor da alaridos de sufrimiento, por su intestino perforado. Una chica muy joven, con un corte en su cara y su rostro ensangrentado; al rato llegaría su agresora, otra joven que le había asestado un botellazo en la cabeza y tenía su mano a la miseria. Un joven era reanimado por hipotermia y junto a él tres funcionarios de la policía marítima.

Luego escucho mi nombre y alguien dice: “Hombre ¿qué haces aquí?” Es un médico, Ramiro González, amigo de un hermano, quien está de turno esa noche. Me atiende de manera minuciosa y diligente y ordena exámenes varios. “No veo un buen pronóstico, pero esperemos los exámenes. Ahí te atenderá el cirujano”. Estoy en una camilla en el centro de una sala eterna con muchos recovecos donde hay pacientes con las más diversas dolencias; médicos, enfermeras, internos y paramédicos van de un lugar a otro y claramente no logran cubrir todas las necesidades.

Y sigue “el desfile de las inclemencias”; en una camilla un anciano en posición fetal se retuerce de dolor. No sé cuánto tiempo ha pasado ni cómo debe estar mi hijo en espera. Al fin, llega una doctora joven, me hace las preguntas de rigor y me revisa con mucha atención. Va en busca de los exámenes y mueve la cabeza y dice “me extraña mucho el resultado; voy a hacerle un examen directamente” y comienza a poner el gel en mi pierna y a mirar el monitor… Y luego con mucha entereza dice “efectivamente salió positivo su examen como me parecía; hubo un error, anexaron otro examen a su ficha”. “¿Viene con alguien para que lo llame?” Y dirigiéndose a mi hijo le dice “tu padre tiene que hospitalizarse de inmediato”. Mi hijo pálido, replica que me llevará a una clínica. Le digo que deseo permanecer allí.

La doctora dispone todo. Resultó un ángel providencial; para ella era tan sólo una persona más y sentí en todo momento que se jugaba la vida por atenderme. Y fui trasladado al fondo de la misma sala donde fui entubado y cubierto de mangueras, además de ser explorado con una máquina de tentáculos para revisar el corazón.

Este es el mundo real que millones de chilenos ha vivido y que el mundo político (y muchas cofradías de poder temporal o espiritual) ni siquiera roza. Y es transversal a todo el espectro político y es más notorio aún en el llamado progresismo y la izquierda amplia por su inconsecuencia. Su discurso social tiene tanto de verdadero como el judas quemado en la plaza Waddington. Y no es que no alegre que un ministro pueda acceder en primer lugar a un trasplante o que un actor tenga la posibilidad desde Cachagua, de volar en helicóptero por una dolencia mayor. No, lo que molesta es la mirada que se tiene de las personas y de la realidad.

El mundo político vive en la caverna platónica; sólo tiene destellos de luz de la realidad y esto es una tragedia para el país, porque si se quiere vivir en un lugar desarrollado y equitativo, el concurso de ese mundo no sólo es necesario sino decisivo. Son ellos los llamados a dirigir culturalmente un país. Personas bien preparadas profesional y humanamente pueden hacer la diferencia para que efectivamente el terreno de posibilidades para las personas sea parejo y justo.

Quizá no sea tarde para recuperar la mística por el amor por el otro, que ha animado tantos momentos de la ida nacional y sin importar condición o rango, como lo hizo una madrugada de domingo la doctora Susan Retamal en un hospital de Valparaíso.

Salvador Lanas Hidalgo
Director académico de Escuela de Liderazgo
Universidad San Sebastián

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