228. Es un número que debería perturbarnos. Es la cantidad de campamentos que existen en la Región del Biobío, según el último catastro de Techo-Chile. Viven cerca de 9.900 familias, más de 9.000 niños y niñas menores de 14 años creciendo sin saber qué es tener habitación propia, baño que funcione, un techo que no se mueva con el viento.
En la provincia de Concepción hay 92 campamentos. La capital del sur de Chile alberga una emergencia habitacional que no es nueva ni accidental, sino el resultado de décadas de bajos salarios, viviendas a costos inaccesibles y una institucionalidad que parece siempre llegar tarde.
Pero hay algo que las cifras no muestran, la inmensa mayoría de quienes viven en campamentos están ahí están porque durante décadas se les prometió que el esfuerzo bastaría. Estudiar, trabajar, cumplir, esos serían los caminos suficientes hacia una vida digna. Esa promesa se rompió. La vivienda, espacio de protección, estabilidad y desarrollo, se convirtió en una meta cada vez más distante.
Alberto Hurtado lo habría visto de inmediato. Una noche de invierno en 1944, encontró a un grupo de personas durmiendo bajo un puente. No hizo una encuesta, no convocó a una mesa de trabajo, esa noche en su mente nació el Hogar de Cristo, como una respuesta concreta. Fue un acto de amor, “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”, se preguntaba, y la respuesta siempre lo empujaba a actuar ya.
Hurtado no se quedaba solo en el gesto, comprendía que la pobreza no se reducía a algo individual. Tras situaciones de precariedad existían factores sociales, económicos y culturales que condicionaban las oportunidades. Él insistía en que la caridad era indispensable, pero insuficiente si no iba acompañada de transformaciones profundas, decía, “Si queremos una acción benéfica, hay que atacar en primer lugar la reforma misma de la estructura social”. La caridad sin justicia, era un parche que no sanaba la herida.
¿Qué diría hoy el padre Hurtado por los 228 campamentos del Biobío? Que trás cada familia en una mediagua hay una historia de salarios insuficientes, arriendos que se triplicaron y listas de espera que duran años. Diría también que la respuesta no puede ser solo estatal, sino que sociedad civil, empresas, universidades e iglesias tienen responsabilidad. Que quienes tienen más, deben comprender que su comodidad existe en el mismo sistema que excluye a otros.
Finalmente, nos haría una pregunta, ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo? Porque la crisis habitacional no es solo un problema técnico ni presupuestario, es ante todo una cuestión ética que interpela nuestras prioridades como país.
Como Fundación Padre Hurtado, que buscamos mantener vigente el legado de san Alberto, no podemos ser indiferentes a esta realidad. Biobío es uno de los territorios donde su llamado resuena con más fuerza. Que los 228 campamentos no se conviertan en un dato que nadie recuerda al día siguiente, es un deber. Ante la pregunta del padre Hurtado ¿qué haría Cristo en mi lugar? Con 9.900 familias sin casa en la región, la respuesta no puede ser el silencio.
María Paz Vega
Directora ejecutiva
Fundación Padre Hurtado
Isidora Cárdenas
Directora regional de la Región del Biobío
Techo Chile