María Elba Chahúan
Vicepresidenta y Fundadora de Unión Emprendedora
Hablar del futuro hoy se ha vuelto casi una obligación. Todos opinan, todos proyectan, todos analizan escenarios; pero hay algo que pocas veces se dice con claridad, y es que no todos enfrentamos el futuro desde el mismo lugar.
En general, tendemos a abordar el “mundo empresarial” como si fuera uno sólo y eso no es tan real, porque una cosa es ser empresario consolidado, con estructura, respaldo financiero y capacidad de maniobra; y otra muy distinta es ser emprendedor de una pyme, donde cada decisión se toma con el corazón en la mano y la calculadora en la otra.
El empresario, en general, puede mirar los nuevos escenarios con cierto optimismo. Tiene margen para invertir, esperar, redefinir estrategias y, por lo mismo, puede leer los cambios como oportunidades. Sin embargo, el emprendedor vive otra realidad donde el futuro no se piensa en cinco años más, sino en el próximo mes. En si alcanzará para pagar sueldos, si podrá cumplir con proveedores o si las ventas darán para hacer caja y cumplir con los compromisos. Y es esa incertidumbre permanente la que agota, desgasta y, muchas veces hace tambalear, incluso a los más resilientes.
Y aquí es donde creo que tenemos una conversación pendiente como país, porque si de verdad queremos desarrollo, crecimiento y estabilidad, no basta con celebrar el éxito de las grandes empresas, sino que también necesitamos que ese éxito se traduzca en apoyo concreto a las pymes. No desde la caridad, sino desde la convicción de que sin ellas no hay economía que se sostenga.
Las pymes generan empleo, mueven las economías locales, innovan, arriesgan y sostienen a miles de familias, pero muchas veces enfrentan el mercado en condiciones desiguales: plazos de pago eternos, exigencias imposibles, poco acceso a financiamiento y escaso acompañamiento.
Por eso, hoy más que nunca, el rol del empresariado es clave para ser más que un motor económico, sino también asumir un rol como actor social que pueda invertir en apoyar a las pymes, integrarlas en las cadenas de valor, pagar a tiempo, generar alianzas reales y compartir conocimiento.
No podemos seguir hablando de crecimiento si ese crecimiento deja a miles atrás. De hecho, el desarrollo verdadero ocurre cuando el que está más arriba entiende que su avance también depende de que el de al lado no se caiga.
El optimismo sólo cobra sentido cuando se convierte en acción, en colaboración y en compromiso real con quienes empujan todos los días, muchas veces en silencio, para que Chile siga funcionando.