Opinión

Viejo es el que deja de atreverse

Eliana Busch, con 83 años, es actualmente una de las deportistas más destacadas del país. No aparece mucho en los medios, pero poco le importa. Ella sabe que su triunfo es mucho más grande que una simple página.

Por: Paulo Inostroza | 06 de Agosto 2018
Fotografía: Gentileza Eliana Bush | Facebook

Mi viejo cumple 75 años este año. Mi mamá, que recién apago 76 velas, me dijo el otro día: “tu papi bajó 2 kilos”. No creo que sea por vanidad. El hombre todavía anda máquina. Un poco debe ser por el corazón, instrucción del médico. Pero la causa principal es su primera nieta, que tiene dos años y él sabe que no la verá casándose ni titulándose de la universidad. Pero quiere verla y disfrutarla lo más posible. Y, de pronto, tiene una motivación que no tenía. De pronto, se cuida más, quiere durar más. Ya no quiere contar lo que le pasó hace veinte o treinta años, quiere contar lo que le pasó ayer.

Eliana Busch es una nadadora de 83 años. El año pasado logró dos bronces a nivel mundial y salió en un par de medios. Hace poco fue oro panamericano y acaba de batir un nuevo récord a nivel internacional. Su nombre ya se hace un poquito más conocido, pero su historia es mucho más que distancias y cronómetros imposibles. Es la historia de una mujer que se casó joven y a los 19 años abandonó las piscinas, siendo campeona chilena de todas las categorías.

La vida familiar como prioridad, la cultura de la época y el escaso apoyo del gobierno de entonces hicieron que dejara de bracear. “Me desperdiciaron”, comenta con nostalgia. Se dedicó un tiempo a la equitación, siguiendo a su marido, y también logró títulos. El nado estaba estancado en un baúl, junto a un montón de fotos donde se veía estupenda y gran cantidad de medallas. Eso siempre fue lo suyo, pero llegó hasta donde pudo llegar y punto. Y en la sobremesa, se dedicó a contar historias de ese pasado glorioso. Puras cosas que pasaron hace veinte, treinta y hasta sesenta años.

Y un día su hija le metió el bichito de nuevo. Su gente alrededor le aseguró que con 80 años no era vieja, aunque su piel fuera otra. Viejo es el que deja de atreverse. Y se tiró a la piscina, a esa edad donde las pensiones son miserables y nadie te da espacio para soñar. Ya no importaba salir en los medios, ni que esta vez sí la apoyara el Gobierno. Solo quería soñar de nuevo. Se calzó el traje de baño y nuevamente se ve hermosa. Todos los días nada largas distancias y cuando sale del agua siente que se la puede, que ese mundo dentro el rectángulo es su reino. Y da lo mismo el color de la medalla. Ella ganó desde la partida.

En eso, mi hija se resfría y llamo a mis viejos. Son gente de andar en micro, como yo, y que no le tiene miedo a la lluvia. Gente que camina mucho porque caminar siempre es buen tiempo para hablar, oler y mirar el paisaje. Y están en la puerta, en tiempo récord a nivel mundial. Seguramente, mi papi acaba de perder otro kilo y se acostará temprano. Un poco cansado. Pero la historia que contará mañana está fresquita. En ella hay una sonrisa de niña y también la suya. Compitiendo por cuál es la más grande.

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