Diario Concepción conoció la historia de Margot cuya casa quedó totalmente dañada por el incendio forestal. Por estos días se encuentra con su hijo mayor, quien fue arrebatado de los brazos de su madre a pocos meses de haber nacido. Durante décadas estuvo en Chile, México, Arabia Saudita y Alemania.
Al momento de actualizar este artículo, sus protagonistas forman parte de la larga lista de damnificados por el incendio forestal de Punta de Parra.
El hogar de calle Las Almenas 375, donde se realizó esta entrevista, terminó destruido por el fuego .
Antes, durante la mañana del 13 de enero, Margot recibió a Diario Concepción en su casa para conocer la historia de su vida y la de su hijo Héctor. De hecho, las fotografías que ilustran esta nota son los últimos recuerdos de esa casa y de la estadía de Héctor en ella, quien después de 5 décadas pudo comenzar a conocer totalmente sus orígenes.
La nota periodística original es la de a continuación. Es una de las tantas crónicas que existen en el país sobre el robo y tráfico de bebés durante la década de los 70´.
Una pequeña cocina a leña, de esas que por años han dado toda una identidad a los hogares del sur de Chile. Un artefacto de uso común, en este lado del mundo, por instantes acoge y vitaliza un recorrido que duró 5 décadas.
Junto a esta cocina, al interior de su hogar en Punta de Parra (Tomé) Margot logra servirle una taza de café a su hijo mayor, Héctor.
Lo hace con calma y con mirada cautelosa considerando que lo peor ya pasó y ahora es momento de disfrutar, juntos, en familia como siempre tuvo haber sido… Como siempre tuvo que haber sido ese café de la mañana.
Más de 11 mil kilómetros separan a Punta de Parra con Bonn, otrora capital de Alemania Occidental, punto del mapa clave en esta historia.
Es que el caso de Margot Ulloa y Héctor Muñoz es uno de los tantos de robo y tráfico de bebés durante la década de los 70’ en plena dictadura chilena.
Ella tenía 16 años cuando, desde sus brazos, dos mujeres le arrebataron a su hijo que no tenía más de 10 meses de recién nacido.
Fue en su infancia, cuando un día en clases una profesora de Ulloa preguntó: “¿Quién no tiene papá o mamá?”.
De inmediato un compañero, que al mismo tiempo era primo de la niña, indicó que Margot estaba en esa situación. La docente habló con los familiares más cercanos y así fue derivada a Pemuco, al hogar de la propia madre de la profesional.
Con el paso del tiempo “Coco”, como le dicen sus más cercanos, quiso retomar el contacto con su familia en Penco dejando atrás el campo. Carabineros la encontró en la vía pública y fue derivada a una residencia religiosa del centro de Concepción, junto a su hijo, en la primera parte del año 1973.
No fue hasta inicios del 74 cuando desde el recinto quisieron que firmara un documento. La mujer, a esa altura adolescente, intuyó que algo podía pasar y se negó a poner su rúbrica sobre el papel al no saber leer ni escribir.
Sin embargo, esto no se detuvo ahí. Un día mientras estaba en una especie de espacio común del recinto, dos personas entraron y le arrebataron su guagua. “Llegó un momento en que yo no podía apretar más a mi bebé para no causarle daño. Se lo llevaron”, relata Ulloa, hoy 68 años de edad.
Desde entonces nunca hubo pistas ni menos certeza de dónde estaba Héctor. Los indicios vinieron décadas después.
Héctor (52) lo cuenta así: “Estuve primero en Concepción. Estaba al lado de mi madre”.
Es que el entonces infante, de menos de un año de edad, fue adoptado por un matrimonio alemán. Quien terminó siendo su padre trabajaba en el consulado de ese país en la ciudad penquista. Por temas laborales luego vino Arabia Saudita y México, hasta llegar a Alemania a eso de los 12 años.
“Siempre supe que era adoptado. Siempre se me transparentó en la casa y ya fue evidente al llegar a Alemania. Cuando pequeño en la casa solo se hablaba en Alemán pero al estar en la primera infancia en Chile y luego en México fui entendiendo el idioma”, cuenta en español.
Ese manejo del idioma, que parece una conexión intacta con este lado del planeta, terminó siendo la punta del iceberg para concretar el reencuentro.
En todos estos años, “Coco” se casó y tuvo cinco hijos. Pero su primer retoño siguió siempre alimentando una angustia pero también una esperanza de que en algún momento la vida los volvería a juntar.
Un amigo de la familia se encargó de recuperar documentación antigua de Margot de su paso por el hogar cristiano. Sin saber, en paralelo, Héctor siempre tuvo la inquietud de saber dónde estaba su mamá.
En 2025 un reportaje en la televisión alemana abrió el camino. “La pieza trataba sobre el robo de guaguas en los 70’ y 80’ en Chile y mostraban el trabajo de la Fundación ‘ Hijos y Madres del Silencio (HMS)´”, relató el hombre a Diario Concepción.
De esta manera, a mediados del año pasado, Héctor hizo llegar sus antecedentes a la Fundación. En un par de horas vía redes sociales, Patricio, el amigo de la familia, lo reconoció tras las pesquisas hechas con anterioridad dando aviso del hallazgo. De ahí, en 4 días, y tras cinco décadas, madre e hijo tenían seguridad del paradero de cada uno.
Sol Rodríguez es la presidenta de HMS. El propósito de la institución es “reunir a personas con sus familias de origen que hayan sido separados ilegalmente por agentes del Estado y organismos públicos”.
Han logrado cerca de 400 encuentros de los cerca de 5 mil casos que tienen registrados en todo el país. Hay desde personas que nacieron a fines de los 60’ hasta otros que datan de la primera etapa de los 90´.
Rodríguez entrega un dato relevante: “Sobre el 60% de los casos corresponden a la macrozona Biobío- La Araucanía. Este tráfico de niños trataba de médicos y asistentes sociales que adulteraban fichas, ganaban plata con esto. Se encargaban de cambiar datos para hacer imposible el encontrar a los bebés y justificar que estos debían ser adoptados redactando conflictos familiares de la madre”.
La hipótesis detrás de esta aglutinación territorial es clara, explica Rodríguez. “Se trata de una zona de alta concentración de población rural con territorios muy amplios de difícil acceso a hospitales. Un punto del país donde en esa época muchas mujeres no sabían escribir ni leer, etc.”.
Sol estuvo detrás de las gestiones para que esta familia local se volviera a ver.
Una videollamada fue el primer contacto. Luego vino el viaje a Chile donde se sumó el hijo (26) e hija (10) de Héctor. Margot no sólo abrazó a su primer hijo sino que también a estos nietos del viejo continente.
Los días en el invierno chileno fueron de júbilo total con la idea y compromiso de volver en Navidad.
Desde entonces, Héctor se encuentra en el Biobío hasta febrero. Esta vez el periplo por la zona no solo trata de estar con su madre sino que también el poder seguir conociendo al resto de la familia y con ello el campo en Pemuco donde comenzó toda esta historia, donde él nació. Lo hace en un español básico, besos sinceros y abrazos para su Margot.
Ella muestra con orgullo las fotos que penden en el living de su casa, frente a la bahía tomecina. Es que ahora los retratos están completos. Ninguno de sus hijos falta en ese rincón del hogar, la pared está más entera que nunca. Todos ellos posan juntos, abrazados, incluyendo a aquel que por años, en el silencio, estuvo a miles de kilómetros de distancia… allá en la antigua Europa.
Volviendo a la actualidad, hoy Margot se encuentra en su terreno viviendo con toldos y carpas. Lo hace junto a Héctor quien todavía no retorna a Alemania, y junto a dos hijas quienes también perdieron sus casas dentro del mismo sitio. A eso se suma la situación de otra hermana quien perdió todo en Lirquén.
Al momento de ocurrido el siniestro, “Coco” y su hijo estaban en Santiago preparando un viaje al norte del país. Hoy concentran sus energías y cariño para volver a ponerse de pie.