Opinión

Francisco en Chile: A días de su visita

Por: Diario Concepción | 01 de Febrero 2018
Fotografía: Cedida

Por: Pablo Uribe Ulloa
Director Instituto de Teología UCSC

Más de un millón y medio de personas salieron de sus casas entre el 15 al 18 de enero –según las cifras oficiales del gobierno- con el único fin de ver al papa. Algunos caminaron más de 10 kilómetros, estando en vigilia una noche entera ¿Por qué? ¿Para qué realizar este esfuerzo? ¿No bastaba seguir la visita de Francisco desde la cobertura televisiva?

Quienes lo hicieron relatan que “valió la pena” y que sintieron una “gran alegría”. Esta actitud nos demuestra el verdadero sentido de la visita del papa Francisco a Chile, el sentido del encuentro. Un encuentro del Sumo Pontífice con su gente, del pastor con su rebaño, del sucesor de Pedro con su Iglesia. Por eso, el acontecimiento se presenta como histórico y relevante. La máxima autoridad de la Iglesia quiso venir a nuestro país para encontrarse con su pueblo, compartir con el católico practicante y con el que también está más alejado, en un ejercicio comunicacional y misionero.

En nuestro Chile actual, altamente secularizado, con una cultura contemporánea eminentemente pragmática y peligrosamente de una dictadura de la tolerancia intolerante; la visita del papa generó polémica y críticas. Al comienzo, por el tema del financiamiento, una situación que la Conferencia Episcopal de Chile supo muy bien aclarar, transparentando los gastos y las vías de ingreso, y que el mismo gobierno explicó, significó “gastos menores”.

Pese a esto, en la visita misma las críticas se centraron en la presencia del Obispo Barros y, al final, sobre el supuesto “fracaso”, por el bajo número de participantes. Con todos estos puntos polémicos, lo cierto es que el éxito o fracaso de una visita papal nunca puede evaluarse en términos cuantitativos, hay algo mucho más importante y trascendente que está dado por la palabra del papa, palabra que también se transformó en hechos.

Habló al mundo civil, reconociendo sentir “dolor y vergüenza” por lo abusos cometidos contra menores por ministros de la Iglesia. Habló al mundo académico, insistiendo en la necesidad de crear una “comunidad educativa”. Habló al mundo eclesiástico, invitándolo a actualizarse en esta sociedad cambiante, para que sus palabras no se transformen en “monólogos”. Habló a los obispos, criticando duramente el clericalismo: “los laicos no son nuestros peones, ni nuestros empleados. No tienen que repetir como ‘loros’ lo que les decimos”. Habló a las encarceladas, reivindicando el deber que el Estado tiene con ellas para su reinserción social. Habló a sus hermanos jesuitas. Habló al mundo de los jóvenes, invitándolos al discernimiento con la famosa frase del Padre Hurtado “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. Habló a los  fieles, en las tres masivas eucaristías, donde enfatizó en un no a la resignación: “Esa resignación que nos lleva a aislarnos de todos, a dividirnos, separarnos”. Invitó a construir una sociedad con la sabiduría de las etnias: “necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores” y a valorar a los inmigrantes: “aprovechemos también a aprender y a dejarnos impregnar por los valores, la sabiduría y la fe que los inmigrantes traen consigo”.

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