Abraham Santibáñez no fue solamente un periodista importante. Tampoco fue solo un Premio Nacional de Periodismo, ni un maestro universitario, ni un editor respetado, ni una firma lúcida de la prensa chilena. Fue, ante todo, una forma de entender el oficio periodístico: con decencia, con coraje, con curiosidad real y con una idea muy simple, pero cada vez más escasa: decir lo que se ve, a base de trabajo y de la manera más ecuánime posible, incomodando siempre a alguien.
Como periodista, Santibañez mostró con el ejemplo que el oficio que decidió ejercer es una labor muy poco comprendida y eternamente infravalorada. Aunque somos expertos en lenguaje y en formas de comunicar, nos ha costado mucho, como colectivo, explicar la relevancia de nuestro propio oficio mientras lo ejercemos. Todos entienden, en abstracto, que el periodismo es necesario. Todos repiten que la democracia requiere una prensa libre, rigurosa e independiente. Pero esa convicción suele durar hasta que el periodismo incomoda intereses propios. Ahí, muchas veces, deja de ser visto como oficio público y pasa a ser acusado de partidismo, sesgo o mala intención.
Esa incomprensión es parte de nuestra tragedia profesional. Porque cuando muere un buen periodista y corren ríos de tinta por él o por ella, ocurre algo revelador: sus contemporáneos reconocen entonces lo que no siempre reconocieron en vida. Reconocen su profesionalismo, su influencia, su rigor, su valentía, pero por sobre todo reconocen que su único interés estaba puesto en la verdad. No una verdad única, cerrada o unívoca, porque los periodistas sabemos que la realidad casi nunca cabe en una sola frase. Pero sí una verdad defendible, verificable, buscada con honestidad a través de este oficio antiguo, imperfecto y profundamente necesario.
Don Abraham Santibañez entendía algo que hoy parece que se entiende poco: un medio de comunicación no vale por la comodidad que entrega al poder, sino por la incomodidad inteligente que es capaz de producirle. El periodismo muere en la oscuridad, dice una frase célebre de la prensa estadounidense. Pero la oscuridad no siempre llega con armas, censura abierta o violencia explícita. A veces llega de manera más elegante. Llega como poder suave. Como dependencia económica. Como propiedad que se vuelve línea editorial. Como miedo a incomodar. Como cálculo. Como esa tentación de pensar que el medio existe para confirmar a sus dueños, a sus autoridades, a sus amigos o a su propia tribu. Como si los medios fueran el diario mural de un grupo de interés y no la vitrina al mundo para nuestra sociedad.
Pero los medios también pierden cuando se dedican únicamente a defender los intereses de sus dueños. Y siempre ganan cuando son capaces de distinguir esos intereses, reconocerlos, transparentarlos si corresponde, y luego salir de su sombra. Esa es la paradoja que muchas veces cuesta entender: el valor de un medio se maximiza cuando se aleja de quien lo posee. No porque deba atacar a su propietario. Nadie le pide a un medio que convierta a su dueño en enemigo. Pero a nadie le gusta ver cómo lo alaba todos los días. La independencia no es un gesto romántico: es un activo que aporta valor real, suma audiencias, genera engagement y, por sobre todo, aporta evidencia para que cualquier persona pueda tomar decisiones. “El Hombre que no está informado no puede tener opinión” decía otro histórico: Petronio Romo, legendaria voz de la Radio Bio Bio.
Por eso la vida de Abraham Santibáñez importa tanto hoy. Porque nos recuerda que el periodismo no es solamente una industria, ni un oficio técnico, ni una plataforma para emitir opiniones. Es una disciplina moral. No moralista, que es otra cosa. Moral en el sentido profundo: una práctica que exige hacerse cargo del otro, mirar más allá del interés propio y aceptar que hay verdades que deben ser dichas aunque no convengan.
El periodismo chileno ha tenido hombres y mujeres que, en momentos muy difíciles, eligieron mirar de frente. Santibáñez fue uno de ellos. Lo hizo en la prensa, en la academia, en la reflexión ética, en la formación de nuevas generaciones y en la defensa persistente de la libertad de expresión, desde tribunas que él mismo fundó en tiempos turbulentos, hasta otras más tradicionales en el ocaso de su vida. Nunca dejó de dar un punto de vista justifica y alineado con toda su carrera. Porque al periodismo no se renuncia.
Al momento de su muerte, más que reconocer lo que hizo, es importante asumir lo que nos deja pendiente. ¿Estamos formando periodistas libres o administradores de contenido? ¿Estamos construyendo medios independientes o vitrinas de intereses? ¿Estamos defendiendo la conversación pública o simplemente ocupando espacios dentro de ella?
Ha muerto Abraham Santibáñez. Ha muerto un maestro, un periodista y un hombre bueno. Y esto no es raro: los buenos periodistas, son también buenas personas. Porque son personas capaces de ver más allá de sus propios intereses; personas que abandonan parte de su bienestar por el bien de los demás; personas que creen, que se apasionan, que no se conforman con la superficie. Y que aman muy profundamente la verdad.