Cultura y Espectáculos

Le livre d’image es un ensayo fílmico de conceptos abstractos y contingentes

El último filme de Jean-Luc Godard es divisivo, como de costumbre. Pero es un trabajo importante y novedoso, y uno de los estrenos del año cuya breve ventana de exhibición no disminuye su impacto.

Por: Esteban Andaur | 07 de Julio 2019
Fotografía: Le livre d’image

Jean-Luc Godard recibió la primera Palma de Oro Especial en la historia del Festival de Cannes, por su esperado largometraje Le livre d’image (2018). Cada vez que el legendario cineasta francés estrena algo, es un acontecimiento, y un imán para los críticos alrededor del mundo.

Y éste es un acontecimiento no sólo por el célebre nombre adjunto, sino por su estética, avasalladora con todo lo que suele exhibirse en la pantalla grande. Desde luego, es una experiencia que debe ser aislada de otros elementos que nos puedan distraer; necesita la intimidad y el énfasis de una sala de cine para que abracemos su complejidad. O, al menos, lo intentemos. JLG se presenta aquí como crítico de cine y no tanto como el mayúsculo director que es, rumiando acerca de cómo las películas influyen en el mundo y viceversa. Ya ha hecho esto en el pasado.

Como es habitual con él, ésta es una obra críptica al punto de enfurecer a los espectadores. Hubo un par que se fue a los veinte minutos de comenzada la función a la que asistí. Pero yo más o menos sabía a lo que iba y sentía curiosidad.

Es un ensayo fílmico. Hay una progresión de estímulos sensoriales que emergen de una estructura de collage. Vemos, por ejemplo, el fragmento de un wéstern, otro de la cinta más escandalosa de Pasolini, y después bombardeos en algún lugar del Medio Oriente: el conflicto israelí-palestino, entre otros tópicos, es abordado desde la imagen y no desde la estrictez de un discurso político. Aunque a veces sentí que, justamente, eso le hacía falta.

Godard puntúa su dialéctica visual con fotogramas negros, bastante frecuentes, quizá porque funcionan como signos ortográficos. Además, divide este << libro de imagen >> en capítulos, en un gesto literal. Y usa reveladores títulos en negrita (no en negro, necesariamente), confirmando que nadie es más eficiente en persuadir con estos títulos que él.

Trata de denunciar la indiferencia del cine respecto a las peores atrocidades en la historia de la humanidad, arguyendo que en Occidente han optado por producir entretenimiento que satisfaga a las masas, e ignorar por completo los eventos trágicos y sangrientos del hemisferio opuesto. Esto lo deducimos. Claro que hay una responsabilidad social, inherente a esta forma de arte, la más popular del mundo, con los seres humanos que la consumen. Es un punto de vista muy razonable como para no empatizar con la gente afligida en los registros seleccionados. Pero no hay que visionar Le livre d’image para caer en la cuenta de lo anterior: la empatía es una reacción natural y también lo es la diatriba culpable.

El enfoque emocional se hace aún más patente gracias a un exquisito diseño de sonido. Escuchamos una explosión en uno de los parlantes, cerca de la pantalla, y otra a un volumen mucho más alto en los parlantes del fondo. No podemos predecir la tecnicidad, y las escenas bélicas se vuelven viscerales, nos suceden a nosotros mismos ahí en la oscuridad, como ataques terroristas. El filme llega a afectarnos tanto con el sonido, que su carácter se aproxima a la música.

Abre un espacio ignoto a las voluptuosidades y, no obstante, carece de una declaración transparente sobre sus temas. A lo abstracto subyace un mensaje específico que Godard prefiere sortear, ocultar, volviendo demasiado ambigua una película que precisa urgencia. Me frustró, lo cual no es sorpresivo viniendo de uno de los directores más exigentes, insufribles.

Le livre d’image es víctima de su ambición: es una revolución formalista, efectiva en transformar la cara cansada del cine contemporáneo, e inspirará a varios a seguir buscando expresiones audiovisuales diferentes. Por otra parte, en lo político no causará que la gente se movilice como lo hizo, por ejemplo, con Tres anuncios por un crimen (2017); su impacto será mucho menor. Y es una contradicción mayor: si el cine no se ha hecho responsable de la humanidad cuando ésta decide autodestruirse, tampoco lo hace Le livre. Pese a que su moral sea la correcta, ésta no deja de ser genérica.

Hay una dimensión verbal, esencial para la política, que Godard decide anular en pos de su poética (las lecturas de versos en off no son suficientes). O su ego. Y, de refilón, huye de la polémica. O tal vez pretenda concienciarnos de las limitaciones de su << libro >>, pero eso es muy rebuscado hasta para él, tanto que el resultado dejó de importarme. ¿Quiere decir algo sustancial o le interesa apocar a sus colegas que no cuentan con los recursos ni la estatura para realizar un proyecto semejante? Creo que se inclina por lo segundo, y comete el error de recordarnos a cada instante que estamos viendo sólo una película. El cine no es tan poderoso para, a su vez, recordarle a Godard su vicio de reducir el séptimo arte a un medio superficial y repetitivo. Quiero saber qué tiene que decir, no ver lo que ha estado haciendo por más de veinte años, aun cuando me mantiene fascinado en mi butaca.

En suma, consideremos el afiche americano de Le livre d’image: la única palabra destacada aparte de << image >>, es el apellido de su autor: para bien y para mal, resume su contenido.

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