Cultura y Espectáculos

Historias de la Revista Mocha: La Fractura

Mayo del 2007 y la revista vuelve a la carga con su tercer número. De esa edición hoy recordamos a Eleonora Moreno, cuyos relatos breves nos llevan a intensos viajes que hoy, después de tanto tiempo, nos muestran que la literatura (tal como la Isla Mocha) es otro bello espacio que resucita mientras la publiquemos y la volvamos a leer.

Por: Diario Concepción | 07 de Julio 2019
Fotografía: Andrés Oreña P.

Por: Eleonora Moreno

Su construcción fue esperada por mucho tiempo.

Por lo mismo, el día de su inauguración, no sólo estaba en el estrado el ilustre alcalde y el cura, sino que también las autoridades de otros pueblos aledaños que asistían a este evento con curiosidad y envidia.

Todo el pueblo se había precipitado a las calles polvorientas a descubrir la existencia de ese animal metálico que, movido por fuerzas mágicas, algún día los trasladaría a ciudades donde los relojes sí funcionan, donde las calles se erigen orgullosas de detentar nombres ilustres, donde resplandecen los avisos luminosos no como escuálidas luciérnagas campesinas, sino como verdaderos astros, augurando vidas nuevas.

El día anterior, el alcalde había hecho uso de todo su poder al declarar el día de la inauguración como feriado “cuasinacional”. Todos sabían que él no contaba con tales atribuciones, pero el acuerdo general sembró el silencio necesario para que al día siguiente nadie trabajara, sino en el descubrimiento.

A pesar que el pueblo se hallaba enclavado en una zona tradicionalmente triguera, en donde el trabajo en los trigales constituía un rito traspasado de generación en generación, el pueblo, abandonando su memoria, se había organizado con tiempo, creando numerosas cuadrillas, cuyo objetivo común consistía en trasladar desde la costa todo el carbón que ese animal metálico necesitaría como alimento para funcionar y, sobre todo, para dar cuerpo a tantos sueños. Fue así como con tanto viaje en busca del carbón, la población comenzó a adquirir un tinte oscuro en la piel; cada vez los hombres regresaban más morenos a sus hogares. Las mujeres que esperaban, a veces no reconocían al hombre que golpeaba la puerta y saludaba con un beso cansado; afortunadamente estaban los niños, que a pesar del rastro que el carbón dejaba en los cuerpos y en las miradas de esos hombres, eran aún capaces de reconocer la antigua sonrisa o las arrugas de sus padres.

Al principio, el carbón fue depositado a la orilla del río, pero lentamente comenzaron a levantarse verdaderas montañas de negra piedra, cuerpos monumentales y oscuros que podían ser divisados a kilómetros de distancia. El pueblo, entonces, comenzó a sentirse atemorizado de que desde los otros poblados pudieran iniciarse inmigraciones, haciendo aún más difícil la consecución de tantos sueños. Especialmente los más viejos temían la llegada de afuerinos; ellos sabían que disponían de menos tiempo para salir, para llegar a las ciudades donde el aire no es transparente ni pueril como en sus calles, sino espeso y lleno de promesas.

Principalmente, fueron ellos quienes convencieron a los más jóvenes de habilitar el viejo depósito de trigo como contenedor del carbón que llegaba día a día. La idea fue aprobada en forma general. ¿A quién le importaba el trigo? ¿Acaso alguien aún lo recordaba? Desde las llanuras divisaban un pasto extraño y porfiado que se obstinaba en crecer, pero que carente de cuidados y agua, poco a poco se debilitaba, tiñendo la tierra de un color ocre. Ya nadie se acordaba ni siquiera de su utilidad. Únicamente el carbón encendía la razón de toda esa gente, sólo el carbón teñía el futuro de un tinte apasionado.

Fue así como todos comenzaron a trabajar día y noche hasta repletar el antiguo contenedor con el carbón luminoso. Fue así como el color amarillo no sólo desapareció de la tierra, sino también desapareció como palabra. Los colores habían disminuido y eso se sentía casi como un alivio. El trigo constituía el sitio creado por el olvido.

Paralelamente a este trabajo, muchos otros se dedicaron a la construcción de los rieles que faltaban para unirse con la línea mayor. La idea general consistía en que el día de la inauguración se abrieran las compuertas del viejo silo y desde arriba cayera el carbón, generando la fuerza necesaria para desplazar el pesado cuerpo de metal.

Los años se fueron sucediendo lentamente, sin embargo, nada lograba aplacar la perspectiva trazada.

Y ahora llegaba el gran día.

Esa mañana todos se levantaron más temprano que de costumbre. Las mujeres despertaron a los niños y los vistieron con las tenidas que especialmente les habían confeccionado para ese momento durante tantas tardes de invierno. Muchas se dieron cuenta del paso del tiempo al momento de vestirlos. Los niños habían crecido y ellas no lo habían advertido, los pantalones escasamente les alcanzaban a cubrir las rodillas y los vestidos de las niñas ahora parecían blusas de formas irregulares y antojadizas.

A pesar de la evidencia del paso del tiempo, ellas no iban a permitir que éste arruinara tanto trabajo, tanto esfuerzo, tantas horas cosiendo las imágenes de una vida nueva con una aguja de esperanzas. Por eso algunas castigaron a los niños por no haber avisado a tiempo de crecimientos inesperados, mientras que otras se dedicaron de inmediato a la difícil tarea de estirar con lágrimas aquellos géneros borrosos que parecían despedir otros tiempos en las miradas femeninas.

De algún modo, el dolor callado de las madres fue percibido por los niños. Ellos, si bien no alcanzaban a comprender con exactitud la emoción que les remecía, sentían dentro de sí un orificio profundo e insondable, el cual sólo fueron capaces de cubrir con una decisión: empequeñecerían hasta que finalizara la inauguración. Así, todos los niños ese día fueron más pequeños, todos ellos habían logrado disminuir la estatura de sus cuerpos, pudiendo orgullosos lucir los trajes confeccionados por sus madres.

Los hombres, ajenos a estos problemas, intentaban desde temprano aclarar sus rostros que por primera vez descubrían en los espejos o en los trozos de algún viejo vidrio. Cada uno, en la intimidad de su hogar, se lavó cien veces la cara con jabón, sin embargo las huellas del carbón parecían estar enraizadas no sólo en la piel más externa de sus rostros y cuerpos, sino incluso más allá, detrás de los huesos, en ese breve espacio inmaterial inflamado de sueños. Ya cansados, abandonaron escobillas y otros implementos similares y dieron paso a reunir las vestimentas necesarias para salir lo más decentemente posible hasta el futuro que aguardaba bajo las altas y antiguas compuertas del olvidado trigo.

La mañana era clara, como todos alguna noche la habían soñado. El pueblo comenzó a abandonar sus hogares más o menos a la misma hora, confluyendo alrededor del engranaje, contenedor del alimento necesario para que esa maravilla iniciara el viaje que daría por fin sentido a sus vidas.

El alcalde, como es de suponer, dio inicio a la inauguración, saludando a todo el pueblo y enseguida, dando lectura a un discurso adornado con muchas palabras que nadie había oído nunca. Éstas se sucedían como cascadas, prometiendo no concluir jamás. De pronto el alcalde que, emocionado, recitaba de memoria su estudiado discurso, abrió los ojos y pudo constatar que el pueblo entero dormía. Sintiéndose un poco avergonzado y también incomprendido, no tuvo más remedio que proceder a despertar a los integrantes de la banda, quienes con sus trompetas y desafinados instrumentos despertaron a su vez a toda la gente, devolviéndola a su espera.

La ansiedad comenzó a crecer por sobre las cabezas de hombres y mujeres, emanando de ellas un vapor insinuante y poderoso que prontamente creó en el cielo numerosas nubes. Entonces, y sin el menor aviso, estalló la lluvia.

El alcalde, asustado por tan inoportuno efecto climático, decidió para alegría de todos, proceder a inaugurar el tren, dando la orden de descubrir la locomotora.

El carbón, enseguida, se precipitaría por la boca de la máquina, dando inicio a una digestión colectiva que movería a todos hasta el otro lado del río, hasta el borde donde lejos es únicamente una palabra literaria; donde no es preciso caminar kilómetros para encontrar lo que se busca; donde las distancias desaparecen en forma misteriosa; donde es innecesario hablar una mañana entera con el vecino para conocer las noticias del pueblo, noticias que invariablemente son las mismas de ayer y las mismas de mañana.

Sin embargo, algo extraño sucedió en el momento en que el alcalde dio la orden de descubrir la locomotora. El animal metálico, imaginado por todos, parecía existir en forma diferente al dibujo trazado por la imaginación de sus soñadores. Algo en él no cuadraba con el retrato previo. Parecía un bosquejo, como si hubieran olvidado, al construirlo, infundirle volumen, real existencia. La locomotora, en verdad, carecía de una dimensión.

El alcalde mismo percibía esa enorme distancia entre lo real y lo soñado. Interiormente intentaba encontrar una respuesta mágica que le explicara al pueblo lo que todos veían y no lograban comprender. Por eso, sintió repentinamente que la única forma de salvar el momento sería dando la señal de abrir el contenedor, dejar que desde las más elevadas compuertas se precipitara el carbón hacia el estómago de la criatura, infundiendo toda la fuerza que los motores necesitaban para inflamar de realidad el resto de la estructura opaca.

Entonces, llenando de aire sus pulmones dio la orden:

¡Abran las compuertas!

El pueblo cerró los ojos al imaginar el descenso intangible del carbón. De alguna manera, todos sus habitantes quisieron contener esa experiencia personal de contemplar el inicio de la nueva vida, transformándola en una experiencia colectiva, capaz de unirlos en un abrazo gigante e invisible. Fue así como mujeres, hombres y niños instintivamente se tomaron de las manos y respirando con una respiración única, decidieron abrir los ojos a un mismo tiempo.

Al hacerlo, pudieron ver cómo desde el interior de aquel contenedor de tantos sueños y profecías, en realidad no caía carbón, sino el trigo olvidado, el trigo que intentaron en sus sueños teñir con mineral.

Y mientras descendía luminoso ese trigo que recordaba la palabra amarillo, el bosquejo de la locomotora se apagaba, se desdibujaba, se diluía como tinta en medio de la lluvia, llevándose consigo el trizado futuro de todo un pueblo sin memoria.

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