Cultura y Espectáculos

Crítica de cine – Ganadoras del Óscar: el vicepresidente es la sátira que divide a todos

Nominada a 8 estatuillas, y ganadora a Mejor Maquillaje y Peluquería, la cinta de Adam McKay sacará ronchas y risas.

Por: Esteban Andaur | 03 de Marzo 2019
Fotografía: Diario Concepción

Bien puede ser que Adam McKay haya creado una de las sátiras políticas más cáusticas desde Dr. Insólito o: Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la bomba (1964) de Stanley Kubrick. Esta vez, la diferencia está en que se trata de una historia real, mas poco conocida, debido a la naturaleza reservada del protagonista. El vicepresidente (2018) es la biografía no ortodoxa de Dick Cheney, el vice de la administración de George W. Bush, quien orquestó las guerras contra Afganistán e Irak después del 11 de septiembre de 2001.

Cheney es interpretado por Christian Bale, en uno de sus mejores papeles y en su segunda colaboración con McKay, luego de La gran apuesta (2015). Subió varios kilos de peso para personificar al corpulento líder republicano, ayudado por capas y capas de maquillaje protésico, desapareciendo en su papel. Bale habla con voz monótona durante todo el metraje, exagerando lo que, fácilmente, sería una imitación de Cheney en una biografía convencional, transformándolo en la caricatura que el tono del material exige. El actor corre el riesgo de ser percibido como desafecto; la cosa es que el Cheney verdadero era de una personalidad insondable.

Amy Adams interpreta a Lynne Cheney, su esposa, la Lady Macbeth de esta historia (con diálogo shakespeariano incluido). Completando el elenco principal, Sam Rockwell y Steve Carrell interpretan, respectivamente y bajo el mismo enfoque de Bale, a Bush Jr. y al Secretario de Defensa de éste, Donald Rumsfeld.

McKay, ducho en la comedia, adopta el mismo estilo que le granjeó la reputación de cineasta serio en La gran apuesta: un montaje frenético, didáctico y cínico; una metanarración afín a un capítulo de Los Simpson; pero con secuelas reales y devastadoras para EE.UU. y, por supuesto, el mundo entero.

Son las motivaciones de Cheney, y cómo barruntó el futuro (en cuanto se podía aprovechar de las circunstancias para mejorar su estilo de vida una vez acabara su vicepresidencia), lo que permanece más o menos en el misterio. Hay información que existe pero que está clasificada; otra que, simplemente, ha sido ignorada por los medios de comunicación; y hay información que se desvaneció.

El montaje, que juega con los tiempos narrativos y diversos tipos de archivos audiovisuales, es de cortes precisos, copiosos. Mas la celeridad fue un problema para mí a veces: no pude internalizar bien varios datos fundamentales para comprender el ascenso de Cheney en la política estadounidense, lo cual afectó también a algunos de los chistes, pues no tuve el espacio suficiente para reaccionar a éstos. Sumado al sentido del humor, es probable que varios espectadores se sientan frustrados, ya sea por no conseguir interesarse mucho por lo que vean en la pantalla, o porque discrepen del tono. ¿Podemos dimensionar la profundidad del daño de Cheney, si nos saca sonrisas y carcajadas todo el tiempo?

¿Necesita este filme ser una sátira? Ciertamente, es un ataque feroz de un director tan sensible como bufonesco hacia un hombre execrable. A través de las risas (que deberían ser lágrimas dolorosas), McKay establece su drástico punto de vista político y estético, y nos ofrece una catarsis para quienquiera que esté dispuesto a participar. Su visión es personal.

Por otra parte, la comedia sí proporciona una mirada ligera sobre la vida y obra del villano del título, volviendo el contenido accesible al público, y alejándose de lo que pudo ser un sermón pedante.

El vicepresidente funciona por el enérgico entretenimiento que provee. Y es admirable por los extenuantes juegos malabares entre la tragedia y el humor de sketches, y un guion infundido de inusitada riqueza literaria. El director monta una grotesca exhibición de un monstruo y sus vicios, de un ser irremisible y peligroso, y nos alienta a arrojarle tomates podridos. Y, después, nos deja solos en la oscuridad del cine, mirando nuestras propias manos, cavilando en la responsabilidad que estriba en nuestras decisiones civiles. Ésa es la metanarración de la película.

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