Cultura y Espectáculos

Crítica de cine: “La favorita” es mi favorita de Yorgos Lanthimos

Junto con Roma, el sexto filme del cineasta griego es la cinta más nominada para la próxima entrega de los Premios de la Academia, con 10 postulaciones, incluyendo Mejor Película.

Por: Esteban Andaur | 03 de Febrero 2019
Fotografía: La Favorita

Ganarse el favor de una persona que ostenta poder es un tema recurrente en cada relación que una persona pueda establecer, aun cuando no estemos conscientes de ello. Ciertamente, sucede entre hijos y padres, entre empleados y jefes, incluso entre amantes y cónyuges. En la Inglaterra del siglo XVIII, la persona favorita de un monarca contaba con su total confianza: podían decidir el destino de la nación entre ambos, el favorito gozaba de privilegios exclusivos, quizá a cambio de peticiones específicas del rey. La comedia biográfica La favorita (2018), del director griego Yorgos Lanthimos, aborda este vínculo muy especial, tomando de protagonista a la reina Anne, su favorita Sarah Churchill, y la eventual rival que esta última encuentra en su prima Abigail Hill, tras su llegada a palacio. Las mujeres protagonistas son una rareza incluso hoy, y ésa es la primera de varias irreverencias de Lanthimos en su sexto largometraje; es refrescante en su filmografía, a la vez que oportuno.

En cada fotograma de La favorita, Lanthimos destila la influencia de Stanley Kubrick (como tiendo a percibirlo en él); ésta vendría siendo su Barry Lyndon (1975). Ambos cineastas comparten un desapego fundamental hacia la humanidad. Sin embargo, si en Kubrick el desapego facilitaba el ejercicio de su estilo visual, Lanthimos lo utiliza para desvelar la superficialidad de la existencia, y criticar aquello en lo que solemos depositar un valor irracional.

Como Barry Lyndon, La favorita está dividida en capítulos y el trasfondo es una guerra (Inglaterra versus Francia). Mas el enfoque es anacrónico: el lenguaje soez está extraído de la jerga millennial, por ejemplo. El guion cáustico de Deborah Davis y Tony McNamara no supone el típico drama de época, y es el primero en años que Lanthimos ni su coguionista Efthymis Filippou no escriben. Aun así, podemos apreciar ciertas marcas del estilo del director durante el visionado: las bofetadas como la máxima manifestación de violencia, y el sexo como algo placentero y/o mecánico en sus personajes.

El anacronismo se extiende al diseño de vestuario de Sandy Powell. En las primeras escenas, Abigail usa un vestido de mezclilla. Sarah acostumbra usar pantalones, y sus amistades son casi todos hombres. Por supuesto que sus enemigos también lo son, y todos ellos se maquillan, visten de colores y pelucas ridículas y usan tacos, porque son hombres; mientras que vemos a las mujeres a menudo en ropas blancas y negras, con muy poco color.

Me acordé de María Antonieta (2006) de Sofia Coppola, en la cual la diseñadora Milena Canonero incluyó unas zapatillas Converse en el ropero de la reina adolescente (Canonero ganó un Óscar por María Antonieta y Barry Lyndon). Luego está esa llamativa escena de baile, una de las escenas más desternillantes. Los pasos son una fusión excéntrica de estilos de danza moderna, que crean una forma burlesca de baile para la aristocracia y la monarquía en el período de Anne. Los personajes incluso hacen voguing (Madonna interpretó <> en los VMA de 1990 ataviada como María Antonieta).

Mi conjetura es que Lanthimos estudió las representaciones del siglo XVIII en la cultura pop reciente, para informar su proceso creativo. De consiguiente, el resultado es una película pop; el contenido político es lo bastante ligero como para ser accesible al público de masas, y bien sólido y claro para conducir una narración importante.

El montajista Yorgos Mavropsaridis tiene una manera inventiva de confundir las perspectivas de las tres mujeres. En una particular escena en que Anne sufre una crisis de gota, ésta le cuenta a Sarah, a su lado, una historia de su infancia; mientras tanto, Abigail toma un caballo y sale al bosque por una hierba específica que le sirva de analgésico a la reina, quien continúa en off con su relato. Apenas Abigail se voltea a cerciorarse de si oyó un ruido extraño o si alguien la sigue, la reina exclama de dolor.

El director de fotografía Robbie Ryan es el responsable del exquisito look de la cinta. Él filma con luz natural, o la luz de las velas, y hace un uso ingenioso del lente ojo de pez, en el que los límites del cuadro se distorsionan: podemos ver el espacio completo donde transcurre la acción en ciertas escenas. Al mismo tiempo, como esta es una sátira, la distorsión de la imagen nos comunica que el mundo dentro del cuadro está distorsionado, y desde luego que los eventos de la historia son retorcidos. Ryan también hace paneos casi agresivos en las habitaciones, que parecen algo desprolijos, pero le añaden una agilidad y un desenfado al filme que no habría cobrado de otro modo. Así, Ryan nos integra a la imagen a través de la circularidad de la cámara, y nos informa del impresionante, minucioso, diseño de producción de Fiona Crombie y Alice Felton, tan placentero a los ojos que raya en lo pornográfico.

Ryan nos entrega abundantes contrapicados a las autoridades. Pero en un relato retorcido, no podemos confiar en la moral de quienes conducen la nación; los contrapicados son irónicos y perturbadores.

En este sentido, ¿podemos empatizar con Anne, la reina? Yo diría que sí. Es una reina que ha sido oscurecida por la historia; su régimen no fue muy extenso, y era mujer. Su salud frágil y conducta errática son transmitidas en toda su tormentosa magnificencia por Olivia Colman, en una de las mejores actuaciones del año. Su Anne es ignorante, apática, ensimismada en un dolor muy profundo, tanto físico como espiritual. Puede ser que no tenga una identidad definida, ya que es reina debido a su linaje, no por opción. Según la versión de Colman, no me la puedo imaginar eligiendo el poder. Por lo tanto, su cotidianeidad se limita a pasatiempos extraños y la gula, relevando su deber ejecutivo a Sarah.

Ésta ama el poder, porque ama Inglaterra. Y ama a Anne (como amiga y amante), aunque sea severa en sus juicios y firme en su administración, escondida tras la corona. Rachel Weisz interpreta a Sarah con gestos mínimos; es el único personaje que se mueve a través del palacio con la fluidez propia de quien manda ahí. Ella sabe quién es y lo que siente por Anne, tal vez porque nadie espera beneficios de ella (no está sentada en el trono); no duda de los sentimientos de nadie. Mas sabe reconocer amenazas.

Emma Stone emplea su talento para la comedia en Abigail, una mujer cínica que ansía volver a la aristocracia; todos a su alrededor la vejan de alguna forma, y nos da lástima. Pero la película avanza, los personajes crecen, y las cosas se complican: tienen que sobrevivir a ellos mismos. Las tres actrices operan a la máxima potencia, iluminando nuevas capas de la historia en visionados posteriores.

Abigail quiere lo que Sarah tiene, ya que lo merece: en su corazón, nunca ha dejado de ser una lady. ¿O fue una lady alguna vez? La decencia trasciende cualquier título de nobleza. Si las autoridades son decentes, podemos confiar en ellas, y pueden confiar entre ellas mismas. Aquí las mujeres guerrean no porque sean mujeres, sino a causa de la inequidad. Es como una condena, y el filme nos permite reírnos del horror. Creo que La favorita es mi favorita de Yorgos Lanthimos.

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