Cultura y Espectáculos

Crítica de cine: El regreso de Mary Poppins

Al filme de Rob Marshall le falta algo más que un poquito de azúcar.

Por: Esteban Andaur | 13 de Enero 2019
Fotografía: Película

<<¡Ya sé! Hagamos Mary Poppins (1964) en imagen real>>, debió decir algún ejecutivo en Disney, para seguir con la tendencia actual del estudio respecto a sus animaciones. <<Oh, espera, Mary Poppins ya está en imagen real. ¡Ya sé! Hagamos la secuela de Mary Poppins>>. Sí…, qué gran idea. Y, así, tenemos El regreso de Mary Poppins (2018), a 54 años del estreno de la magistral cinta de Robert Stevenson, protagonizada por una excelsa Julie Andrews (quien ganó un Óscar) y Dick van Dyke. Alguien dirá que los años no pasan en vano, y los ejecutivos lo saben bien: ni Andrews ni Van Dyke podían repetirse el plato (Mary no envejece); por lo que contrataron a Emily Blunt como la niñera mágica y a Lin-Manuel Miranda (compositor de Moana [2016]) como el farolero Jack, un aprendiz del Bert de Van Dyke y conocido de Poppins.

Ahora bien, Mary Poppins es una de las más grandes películas en la historia del cine (porque lo es, lector, no se te vaya a olvidar), así que sabemos que la vara está demasiado alta para el director Rob Marshall (En el bosque [2014]).

Esta vez la historia transcurre en los años 30. Los niños Banks han crecido: Michael (Ben Whishaw) es un pintor frustrado que acaba de enviudar y tiene tres hijos, y su hermana Jane (Emily Mortimer) es una mujer soltera y siempre va a verlo a la casa del 17 Cherry Tree Lane. ¿Para qué necesitan que vuelva Mary? Pues sucede que la casa será embargada, a menos que Michael, como empleado del banco donde su padre solía trabajar, encuentre un certificado de acciones con el que puedan saldar su deuda. ¡Qué genial aventura!

A Blunt le conceden una de las mejores entradas para un personaje en el cine reciente, cuando desciende del cielo sujetada a una cometa, causando una gran impresión en los niños de turno: Annabel, John y Georgie. Su misión es cuidar de los niños Banks… y de los hijos de Michael también. No obstante, el verdadero objetivo de esta visita tardía nunca me quedó claro.

En el primer filme, a George Banks lo consumía tanto su trabajo en el banco, que postergaba a sus hijos y esposa y había olvidado las prioridades de la vida. Entonces llega Mary agitar el hogar, y recordarle a George que debe actuar como un padre y que en ello estriba la mayor felicidad. El personaje debía hacer un cambio interno, y ése era el punto.

Aquí, en cambio, Michael (el padre de esta película) sufre por la pérdida de su esposa, pero ¿puedes cambiar el dolor? Aún ama a sus hijos, y atesora la memoria de su mujer. ¿Cuál vendría a ser la evolución? También lo consume su trabajo, y, a decir verdad, éste es el propósito (al parecer) de Mary ahora: que Michael se reconecte con sus hijos. Mas el tema moral es ofuscado por el espíritu materialista del guion, el cual no se condice con el desprendimiento de <<Dos céntimos de pan>>. El asunto de la casa viene a refrescar las cosas, no a enriquecer la narración; el duelo es un concepto demasiado pesado para una historia de este tipo, y me pregunté si, en este contexto, una niñera de las nubes sería necesaria.

Una esposa viva nos distraería de los adultos Jane y Michael. Por otra parte, una esposa es imperativa para los tres niños de la secuela; y sin éstos, no hay razón para que el personaje del título visite a los Banks. El duelo, sumado al eventual embargo, es un MacGuffin para la magia y la música, y, por supuesto, sugiere que algo anduvo mal en la concepción del proyecto. El concepto de la muerte es tan inadecuado, que era esperable que fuera relegado a escenas fáciles, breves, de melodrama trillado, pero no desarrollado. Aunque Whishaw sea creíble, la muerte profundiza, de manera gratuita, la circunstancia sombría de los personajes.

Las canciones de Marc Shaiman y Scott Wittman son reminiscentes del dúo Ashman-Menken, que de los hermanos Sherman; incluso con versos de léxico amplio y melodías rápidas y alegres, éstas jamás cobran vida. La música es distante, artificial; está muy concentrada en hacer metáforas de objetos, en vez de fluir en emoción. <<El Royal Doulton Music Hall>> y <<Un libro no es lo que ves>> son excelentes, y pertenecen a la secuencia animada (lo mejor del filme). Empero, todas las canciones suenan casi idénticas, con el mismo ánimo festivo y coreografías indistintas, capturadas en abundantes planos generales estilo Broadway.

Las letras deberían evocar, como en la original, sensaciones cotidianas (<<Un poquito de azúcar>>), euforia (<<Supercalifragilisticoespialidoso>> y <<Al compás>>) y valores (<<La vida que llevo yo>>). Por más que quisiera juzgar esta entrega según sus propios méritos, la misma me lo impide; El regreso de Mary Poppins sigue a su antecesora al dedillo en cuanto a los desarrollos de la trama, con los números musicales correspondientes. La música es competente, y eso sería. En general, repite una rutina exangüe que se reduce, constantemente, a un nivel anecdótico. No tiene ideas que comunicar y no hay ímpetu detrás.

Lo que le falta en sustancia, lo compensa en lo técnico. El inventivo diseño de producción es asombroso, no tanto por cuán bien se ve, sino porque es prueba de que este tipo de entretenimiento todavía se puede hacer bien; y también lo es el diseño de vestuario de Sandy Powell (La Cenicienta [2015]): en algunas piezas a rayas de colores, podemos vislumbrar la inspiración en el vestuario de Mary Poppins.

Cuando Dick van Dyke y Angela Lansbury se apersonan en cameos, la pantalla resplandece (no literalmente, pero tú me entiendes), y esta última lidera el coro en la dulce tonada <<Tan sólo hay que volar>>. Sin embargo, tengo que hablar sobre quien de verdad hace que esto valga la pena: Emily Blunt. Está extraordinaria como Mary, basándose más en los libros de P.L. Travers que en la interpretación icónica de Andrews. Es vanidosa, directa, compasiva y maravillosa. A pesar de que no alcance las mismas notas altas, se entrega por entero al papel, tanto que cuando no sale en pantalla, la película pareciera no ir a ningún lado. Sus escenas son las más graciosas, las más melancólicas, y poseen la visualidad más ambiciosa.

El guion referencia bastante la obra de Travers y hay escasos momentos de ingenio que funcionan. Todo se desmoronaría cuando incurre en la banalidad de que hay que recordarles a los adultos a ser niños otra vez (¿en serio?). Mas tenemos a Blunt. Gracias a Dios por ella.

El regreso de Mary Poppins me dejó indiferente. Descartarla sería excesivo y muy cínico de mi parte, incluso autodestructivo (es Mary Poppins, después de todo). La actuación de Blunt es brillante y me conmovió, y admiré los fotogramas. En fin, puedo decir que funciona según cada momento individual, pero el todo no es más que la suma de sus partes. Aún carece de ideas significativas y emociones profundas, porque elige proveer una nostalgia mecánica. Aún precisa, pues, un poquito de azúcar.

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