Cultura y Espectáculos

Shhh... shhh... Un lugar en silencio

Por: Esteban Andaur | 06 de Mayo 2018
Fotografía: Films.

El filme de John Krasinski, protagonizado por él y su esposa Emily Blunt, tiene una premisa innovadora donde el terror emerge del silencio y de las cosas que la cámara nos esconde.

Es, de hecho, una genial premisa para una película de terror, según lo que ha declarado el director John Krasinski en entrevistas: monstruos acechan a unas personas y nadie puede hacer el más mínimo ruido para no llamar la atención. Es un gran concepto, y, por supuesto, en su largometraje Un lugar en silencio (2018) una familia debe sobrevivir guardando silencio absoluto, si no, los monstruos que deambulan alrededor de su morada, de una audición hipersensible (no tienen ojos), los liquidarán.

El filme empieza con una escena postapocalíptica: el viento ulula con suavidad por las calles abandonadas de una ciudad, recientemente, en ruinas. Es de día, hay basura en la calzada, los escaparates de los comercios están destruidos, y una familia de cinco se escabulle descalza y despacio del peligro, invisible hasta ahora, y entran en una farmacia; no hay nadie ahí, excepto ellos. No se escucha nada. Uno de los tres hijos está enfermo y Evelyn Abbott, la madre (Emily Blunt), elige de los polvorientos anaqueles qué remedio es el más adecuado, ya que es médica. Mientras tanto, Lee (el propio Krasinski), padre de la familia, anda buscando provisiones. Se contornean como mimos.

Los Abbott viven en una granja, un entorno rural que, en la postergación de la catástrofe, ya se ha tornado más o menos boscoso. Vemos pedazos de diarios viejos apilados en los muebles del sótano, cuyos titulares anuncian que <<¡Ellos pueden oírte!>>, y en tal ingenuidad saboreamos un estilo de antaño del cine de terror. Un lugar en silencio es, en sus evocaciones, una película de criaturas de los 50, las cuales aquí son llamadas <<los Ángeles de la Muerte>>, aunque yo hubiera preferido llamarlos <<ellos>>.

Las referencias cinematográficas pueden no ser tan obvias, pero están ahí y son variadas, y las lecciones que Krasinski aprendió de éstas se ven en la presentación del terror, en el diseño de los monstruos y en el diseño de producción, nostálgico y gótico. Pensé en Alien (1979), Tiburón (1975), Jurassic Park (1993), Cloverfield (2008), pasando por Stranger Things (2016,17) y Señales (2002); e incluso una escena en particular me recordó a Testigo en peligro (1985), que lo encontré insólito.

El pastiche ya es ineludible en las producciones hollywoodenses con estrellas en el reparto. Esto motiva a algunos geeks de internet a elaborar teorías forzadas sobre si esta película que creo que está referenciada sutilmente en Un lugar en silencio transcurre en el mismo universo de…, y cosas por el estilo, lo cual no tiene ningún sentido excepto generar más publicidad (indirecta) para el filme, y Hollywood sabe aprovecharse de las especulaciones virales sin intervenir en éstas.

Respecto del pastiche, uno podría decir también que el guion escrito por Bryan Woods, Scott Beck y Krasinski, es por completo americano, tanto en la sustancia como en el empaque; porque pertenece a una tradición fílmica específica de EE.UU., lo cual es evidente, y porque, además, en una escena en que la familia se reúne a cenar, todos oran antes de comer, por ejemplo. Lee y Evelyn son una pareja tradicional americana, de valores religiosos y quizá conservadores, cuyo hogar ha sido obligado por las circunstancias a ser más o menos asceta, profundizando su rigor espiritual.

Asimismo, el guion puede ser manipulador, ya que cada personaje presenta una característica que permite que la historia funcione. Evelyn es médica y Regan, la hija mayor, es sorda (interpretada por la luminosa joven actriz Millicent Simmonds, sorda en la vida real), por lo que pueden comunicarse con lenguaje de señas, evitando emitir sonidos con las palabras, y poseen un arsenal de medicinas que les aseguran la supervivencia en medio de extrema adversidad. Tal vez tienen demasiada suerte de contar con todo lo necesario para sobrevivir y para dotar de lógica a la narración. No obstante, tal ingenio, aunque forzado, hace que el relato se vuelva inclusivo, universal y único a la vez. Y hay más.

En Un lugar en silencio el desarrollo de los personajes es lo más importante. Las escenas exploran lo difícil que es mantener unida a una familia en cualquier contexto, y el melodrama funciona como un atajo emocional a estas ideas. Los Abbott están atravesando por una crisis existencial, donde cada miembro debe aprender a valerse por sí mismo, al tiempo que necesitan de la ayuda del otro, y cuestionan su inteligencia, la validez de sus sentimientos y la pertinencia de los roles familiares, en diálogos simples pero agudos.

El elenco es reducido, el diálogo es mínimo, el ambiente, claustrofóbico. Por lo tanto, las actuaciones son, apropiadamente, físicas, y estéticas, pues los Abbott son lo bastante inteligentes como para que nos identifiquemos con ellos en ese nivel, y dicha preocupación es la fuente de nuestro miedo durante el filme, pues tememos que algo malo les ocurra, como en los clásicos del terror.

En una historia así, el suspenso depende, desde luego, del diseño de sonido. Claro, hay sustos aquí que te hacen saltar de tu butaca, mas no son nunca gratuitos, pues los desarrollos están dispuestos de tal forma que los personajes no dejan de crecer, y el miedo es todavía mayor, ya que si los monstruos oyen y no ven, nosotros, el público, no los vemos, sino que los oímos. El sonido aquí es el elemento más dramático y abruma nuestra imaginación de una forma visceral, todo gracias a las geniales decisiones que toma Krasinski para tocarnos como a un piano.

Un lugar en silencio no rompe grandes esquemas en el cine de terror, pero vaya que consigue penetrar en la grandeza del género, siendo otra fresca señal de que éste, paulatinamente, deja de ser reciclado, baladí, inefectivo y hasta repulsivo de ver. Quizá el filme de Krasinski logre que en los productos del terror hollywoodense se acostumbre a invertir la misma dosis de creatividad, en lugar de millones de dólares que no mejoran los guiones. Con todo, debo decir que no me gustó el final. Es abierto, pero lo es respecto a los eventos de la película, no en cuanto a los asuntos morales que plantea, que es la forma de construir un final abierto. Al dejar eventos en el aire, pareciera que Un lugar en silencio se resistiera a tener una escena o incluso un acto concluyente para, así, reafirmar su originalidad, algo más que innecesario, y no quedé del todo satisfecho. Al menos, la ejecución de todo lo que antecede a esto es tan efectiva, que olvidé la interrupción gratuita. Bueno, casi.

Ahora bien, aparte de sentir miedo por Un lugar en silencio, también sentí un poco por la pareja principal: Blunt y Krasinski están casados en la vida real, y todos sabemos en qué terminan los matrimonios que aparecen juntos en la pantalla grande. Nicole Kidman y Tom Cruise, ¡divorcio! Liz & Dick, ¡divorcio! Brangelina, ¡divorcio! Bennifer y Bennifer 2, ¡divorcio! Ojalá el destino no les depare lo mismo a Blunt y Krasinski. Su química es sincera e irresistible, ellos hacen que esta película funcione, y se nota que la hicieron por amor.

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