Cultura y Espectáculos

Un romance friki: ¡madre!

Por: Esteban Andaur | 24 de Septiembre 2017
Fotografía: Cedida

El nuevo filme de Darren Aronofsky (El luchador [2008]), El cisne negro [2010]) es su trabajo más ambicioso, y ha demostrado ser también el estreno hollywoodense más polémico en muchos años.

 ¡Una audaz propuesta!

La primera de las muchas transgresiones de la nueva película de Darren Aronofsky es su inusual título. ¡Madre! (2017) es el trabajo más ambicioso del realizador estadounidense, y pese a ser un filme holgadamente admirable en sus intenciones, es difícil establecer si funciona o no.

Cuenta la historia de un matrimonio que vive aislado de la civilización en medio de un bosque. La casa en que residen es antigua y la esposa, conocida como Madre (Jennifer Lawrence, pareja de Aronofsky), la está remodelando, mientras su esposo, conocido como Él (Javier Bardem), es un poeta intentando escribir un nuevo libro encerrado en su escritorio. Un día, llega de visita un matrimonio extraño, compuesto por Hombre y Mujer (Ed Harris y Michelle Pfeiffer), a quienes Él recibe sin ningún reparo, y entonces comienza una escalada de sucesos todavía más insospechados y terroríficos.

¡Madre!  no es tu película de terror promedio, y eso es porque, pese a ser, eminentemente, perturbadora, escapa a todo género y sólo puede clasificarse como obra de su autor: es un filme de Aronofsky. ¡Madre! es abstracta, llena de elementos estéticos cuya presencia sólo se justifica por cómo te hacen sentir, no por lo que dicen de la historia.

¡Qué es Madre?

Madre embadurna las paredes de la casa con un estuco al que le agrega un polvo amarillo para darle color. Ese polvo amarillo es el mismo que ella disuelve en agua para beberlo ¿y calmar alguna enfermedad?

Madre parece ser la única en la casa que ve y escucha cosas extrañas (¿se debe al brebaje?). Oye suspiros, gemidos y jadeos provenientes de las paredes. Tiene visiones horrendas de vísceras con vida propia; por ejemplo, ve un corazón latiendo dentro de una pared al volverse ésta traslúcida. Uno piensa muchas cosas con estos desarrollos insólitos: ¿está loca Madre o es ella parte de la casa? ¿Está viva la casa? Cada vez que el inmueble cruje o algo por el estilo, ella, al mismo tiempo, se encuentra desconcertada o sufriendo.

Si la casa es una extensión del ser de Madre, es ella misma, pues que haya desconocidos irrumpiendo en las habitaciones, cuyas paredes emiten exhalaciones, implica una acción sexual horrenda: ellos están <<dentro>> de Madre, sin su consentimiento. Pero ¿con qué fin percibimos la arquitectura rústica de la casa como una epidermis erógena?

¡Los títeres del director!

¡Madre! es el tipo de filme en que cada aspecto de su producción fue intervenido, no sólo las imágenes y el sonido. El guion, por ejemplo, no sigue ninguna convención de la escritura cinematográfica y el resultado es una película que no opera desde la lógica narrativa ni de fórmulas repetitivas (endémicas de Hollywood), sino desde las sensaciones que van creciendo en el relato, hasta acumularse y explotar al final en una especie de rito orgiástico cuya víctima es la estética.

De consiguiente, las actuaciones en ¡Madre! son más o menos afectadas. JLaw a veces parece constreñida, intimidada por las exigencias emocionales de su personaje. El personaje de Harris es el más enigmático de todos, sin embargo, el guion no le provee material para desarrollar emociones complejas. Bardem interpreta a Él con excesiva solemnidad, por ende, su presencia es ominosa de forma constante, pero no genera empatía.

Michelle Pfeiffer es la única capaz de construir un personaje al que podemos reconocer. Hombre y Mujer vendrían siendo aquí el símil del matrimonio Castevet, vecinos de los Woodhouse en El bebé de Rosemary (1968), debido a su imprudencia y vulgaridad. Pfeiffer atormenta a Jlaw con preguntas inapropiadas sobre su vida conyugal, desde el amor, el sexo y hasta los hábitos domésticos. El propósito de su personaje es consolidar el motivo de la intrusión domiciliaria, y llevarlo desde lo meramente físico a lo verbal y a lo psicológico. Es una mujer impertinente, graciosa, impredecible; de alguna manera, es como la misma película en la que está inserta, y una vez que sale de la historia, ha logrado sembrar en la mente de Madre los cuestionamientos existenciales que sostendrán el resto del filme.

Los personajes no fluyen como seres humanos, sino como ejecutores de las instrucciones de Aronofsky, enfoque que le permite construir el tono de su relato metafórico a través de su elenco, pero que le impide crear personalidades por las cuales nos podamos preocupar, lo cual es necesario si tomamos en cuenta que el centro de la historia concierne a un matrimonio.

¡Un amor inverosímil!

Madre y Él no se dicen lo mucho que se aman, ni se acarician, ni se hacen reír. Él se la pasa ensimismado en su trabajo, ignorando a Madre todo el tiempo. No dan señales de sentir algo el uno por el otro, por lo que nunca podemos constatar en pantalla la validez espiritual de su matrimonio ni rastrear, emocionalmente, el origen de su relación. Es evidente que esta ausencia de cariño fue una decisión deliberada de Aronofsky desde el guion, pero hace al relato impenetrable desde las emociones y lo poético.

Lo mínimo que podemos esperar es que haya una atracción física palmaria, pero ni siquiera hay atisbos de eso. Lawrence y Bardem en absoluto tienen química, porque él no tiene sex appeal, y la diferencia de edad entre ambos (que forma parte de la historia) nos reafirma que juntos no se ven bien.

Aronofsky no nos convence de que pueda haber jamás una relación entre ellos; la película es pesada en simbolismos religiosos y políticos gratuitos; los propósitos de muchas acciones quedan sin explicaciones manifiestas; todo sucede a nivel de ideas, no en emoción. En fin, estos eventos sirven sólo como preámbulo del ya infame tercer acto del filme, donde la locura se desata en la casa y la violencia llega a puntos extremos para una producción hollywoodense.

 

¡El efecto del filme!

Lo que sucede aquí es, en esencia, una revelación del verdadero tema del filme: el romance entre un artista y su musa, y cómo la fama del primero penetra en la intimidad de la relación, a cargo de la segunda. ¡Madre! es una poesía cinematográfica de envergadura, que arroja estímulos sensoriales sin cesar para que vivamos en carne propia el terror de Aronofsky frente al desmoronamiento de un amor. Es un relato autorreferente, más él no quiere compartir un miedo, sino un trauma del corazón que aún no supera, y es su obsesión darle un sentido; por eso es que no hay mucho sentido. El director nos regala su corazón, sangrando y palpitando ante nuestros ojos.

No obstante, ¡Madre! es una pose honesta de Aronofsky, donde fusiona el surrealismo, el performance art y el body horror, entre otras expresiones del cine. Quizá él sea el único cineasta en el mundo que utiliza el CGI de las formas más creativas. Pero al final del metraje, comete un error: Madre y Él emprenden un intercambio de diálogos expositivos de las metáforas del filme, y entendemos que la poesía, elaborada con dificultad, es de hecho bien literal, prosaica.

Si Aronofsky busca cierta redención mediante un alter ego (Él), debe hacer que el personaje fluya en tal propósito, pero no pedir disculpas al público por ser el artista que es con diálogos didácticos. Al final, él quiere que lo entendamos, y quiere que ¡Madre! trascienda nuestro raciocinio y nos eleve al éter; pero lo pide, no nos persuade, y es innecesario, porque nunca nos integra a su discurso.

Viendo ¡madre!, vi la influencia de Cronenberg, Jodorowsky, Lynch, Polanski, Buñuel, Fellini, Haneke y Bergman, en Aronofsky. La diferencia está en que ellos me cuentan historias simbólicas guiadas por emociones e ideas profundas, y no ofrecen explicaciones inanes, menos disculpas. Quizá tenga que ver ¡Madre! una segunda vez, ya que parte de la experiencia de la película es participar de múltiples visionados; ¡Madre! se vuelve un bucle de una semiótica insulsa y críptica, que anhela ser mística. Pero si hace algo importante, es revalidar el filme hollywoodense como una forma de arte personal, y varios querrán seguir la estela de Aronofsky.

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