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Ciencia y Sociedad

Hábitos, vínculos y salud para aprender: el rol familiar de promover el bienestar de estudiantes

“No se puede aprender bien si no estamos bien”, afirma el investigador UdeC Rafael Zapata, y la familia es el pilar del bienestar y aprendizaje en toda etapa.

Por: Natalia Quiero 08 de Marzo 2026
Fotografía: Cedida

Inicia un nuevo año académico, con nuevos desafíos y oportunidades de aprendizaje y desarrollo para estudiantes de todas las etapas, también para que escuelas y familias propicien el bienestar integral y los procesos educativos.

Múltiples estudios muestran que el aprendizaje no depende sólo de lo que ocurre en el aula, que salud y aprendizaje siguen el mismo camino, y que cuando escuela y familia van en la misma senda el impacto de toda acción se multiplica.

Así lo ha investigado y sostiene el doctor Rafael Zapata, miembro del equipo ejecutivo e investigador del Centro de Vida Saludable y académico de la Escuela de Educación de la Universidad de Concepción (UdeC), y también de la Escuela de Kinesiología de la Universidad Santo Tomas de Los Ángeles, valorando el nuevo periodo como un mundo de posibilidades para que los entornos fomenten hábitos y acciones que beneficien a estudiantes, en base a la vida activa, alimentación de calidad, buen dormir y bienestar psicológico.

Bienestar y aprendizajes

 “No se puede aprender bien si no estamos bien”, declara el especialista en educación, actividad física y deporte.

Al respecto, cuenta que los estudios muestran que niños y adolescentes que tienen hábitos saludables y un buen estado de salud integral, que se mueven regularmente, duermen lo suficiente, comen bien y tienen estabilidad emocional, logran mejores niveles de atención, memoria y rendimiento escolar.

“Un niño que se acostó pasada la medianoche viendo el celular, que durmió poco y llega al colegio con sueño, difícilmente va a estar atento en clases. Cuando hay un buen descanso el cerebro consolida lo aprendido el día anterior”, ejemplifica.

Investigaciones también confirman que la actividad física estimula mecanismos fisiológicos y neuronales que fortalecen funciones como la memoria de trabajo y la capacidad de concentración, además reduce el cortisol, hormona del estrés, y activa la secreción de sustancias relacionadas al bienestar.

Por ende “un estudiante activo tiene más herramientas cognitivas para seguir instrucciones, organizar ideas y resolver problemas matemáticos sin frustrarse al primer intento”, precisa el doctor Zapata. Mientras, pasar muchas horas sentado se asocia con mayor fatiga mental y menor rendimiento cognitivo.

La alimentación también es crucial. “El cerebro necesita energía estable y nutrientes de calidad. Un desayuno equilibrado marca la diferencia entre estar atento o a medio andar en la mañana. Dietas basadas en alimentos frescos frutas, verduras, legumbres y pescado se asocian con mejor rendimiento escolar”, detalla, por las propiedades asociadas a los componentes nutricionales y bioactivos. Mientras, aclara el exceso de productos ultraprocesados y azúcares puede generar subidas y bajadas bruscas de energía que afectan la concentración.

Además, sostiene que la calidad de la alimentación impacta la salud mental y regulación emocional. 

Y en esa línea añade que “cuando existe un entorno emocional seguro el cerebro no está ocupado lidiando con el estrés, sino que disponible para aprender”.

Lo ha confirmado en intervenciones y estudios con escolares de la región, como el proyecto “Clases Activas + Convivencia y Salud Mental Escolar” que integró planes de movimiento estructurado en la jornada escolar, y destaca que, además de mejorar indicadores físicos, también mejoró la salud mental, la autoestima académica, la comprensión lectora y resultados escolares.

También evidenció que escolares con mayor sedentarismo presentan peores indicadores de bienestar y desempeño académico.

“En palabras simples, cuando cuidamos la salud integral estamos abonando el terreno para que el aprendizaje florezca”, manifiesta Zapata.

En ese sentido enfatiza que lo que ocurre en el hogar, el apoyo parental, rutinas y conductas, es determinante en los hábitos, la salud integral y el desempeño estudiantil de niños, adolescentes y jóvenes. Por lo mismo, asegura que las intervenciones escolares, también las políticas públicas, alcanzan su máximo potencial cuando el entorno familiar refuerza los mismos principios.

Familia: el primer pilar del desarrollo y el aprendizaje

 

La familia es el primer y más significativo entorno en el que se crece, se establecen vínculos, se explora el mundo, se cementan los hábitos, se aprende.

“La escuela entrega contenidos; la familia forma hábitos, disciplina y seguridad emocional. Y sin eso, el aprendizaje se hace cuesta arriba”, afirma el investigador Rafael Zapata.

No alude a muchos recursos ni acciones complejas, en lo sencillo y cotidiano está la clave: acuerdos y rutinas estables, patrones alimentarios regulares y sanos, espacios de movimiento habitual y conversación profunda sin distracciones.

“Caminar juntos después de tomar once o cenar, apagar pantallas a una hora fija, cocinar en familia, conversar sobre emociones y bienestar, son acciones de bajo costo y alto impacto”, sostiene.

En esa línea afirma que debe existir consciencia y valoración a las nuevas leyes aplicadas al ámbito escolar, que están en sinergia con la mejor evidencia: la de 60 minutos diarios de actividad física en la jornada escolar, para alcanzar lo recomendado para niños y adolescentes por la Organización Mundial de la Salud, además de las horas lectivas de educación física; y la que prohíbe el uso de celulares en establecimientos si no es con fines pedagógicos o situaciones justificadas particulares, porque usar estos dispositivos es un distractor y la alta exposición a pantallas tiene riesgos para el desarrollo.

Sobre ello, el doctor Zapata manifiesta que “ninguna política funciona si en la casa el mensaje es distinto: la familia debe reforzar el movimiento fuera del horario escolar, establecer reglas claras sobre pantallas y, sobre todo, explicar el sentido de estas medidas”.

Consideraciones por etapa

Toda la trayectoria estudiantil los hábitos y la familia son relevantes, pero hay distinciones a distintas edades a considerar para ejercer mejor el rol.

El académico sostiene que la edad preescolar, 3 a 5 años, especialmente crítica para los cimientos de los aprendizajes y el desarrollo, la ciencia es particularmente clara en demostrar que “las intervenciones más efectivas son las que involucran activamente a madres, padres y cuidadores, es decir, el ejemplo importa más que el discurso”.

En este sentido destaca la importancia de fomentar el juego libre y activo o actividades que involucren movimiento para acumular los niveles recomendados, como jugar a diario, caminar o explorar espacios públicos o naturales cercanos.

“Las revisiones de literatura también muestran que tener horarios estables para dormir, mantener rutinas predecibles y limitar pantallas antes de acostarse mejora la regulación emocional y el desarrollo cognitivo”, precisa.

En la alimentación, la evidencia respalda acciones como ofrecer frutas visibles y agua como bebida habitual, involucrar a niños en experiencias de cocina y evitar usar alimentos como recompensa.

Entre los 6 y 12 años, el ejemplo y acompañamiento parental sigue el mismo sentido.

“En enseñanza media, entre los 13 y 18 años, la autonomía crece, pero la evidencia indica que el apoyo familiar sigue siendo un factor protector clave”, sostiene.

Por ello, plantea que en la familia es relevante facilitar, sin imponer, la práctica de actividades físicas que adolescentes disfruten como deporte escolar, entrenamiento funcional, danza, ciclismo o trekking.

En esta etapa, aclara, es importante establecer acuerdos claros sobre las rutinas, como tiempos para el estudio y ocio, y definir horarios para el uso del celular o pantallas, y para dormir y descansar. “En el sueño, la ciencia es contundente: los adolescentes necesitan entre 8 y 10 horas diarias, pero el uso nocturno del celular es uno de los principales obstáculos”, advierte.

En la alimentación llama a promover una autonomía informada para decisiones que sean saludables y sostenibles.

Todo repercutirá al llegar a la etapa universitaria, que muchas veces implica migración y mayor independencia: “los hábitos construidos en la infancia y adolescencia actúan como un cimiento protector en esta etapa, pero la universidad también es una oportunidad para consolidarlos o reconstruirlos”, asegura.

Las sugerencias con respaldo científico son incorporar la actividad física regular como herramienta de regulación emocional, mantener horarios de sueño estables también en periodos de exámenes, y planificar una alimentación equilibrada.  En este contexto considera fundamental que estudiantes aprovechen las oportunidades que ofrecen las instituciones de educación superior y su entorno, como programas y talleres deportivos y recreativos, servicios de apoyo psicológico, y actividades culturales.

Sobre ello añade que “la investigación indica que la participación en la vida universitaria fortalece el sentido de pertenencia, que también se asocia con mejor bienestar y permanencia académica”.

Zapata tiene la convicción de que la ciencia no propone cambios ni inalcanzables ni tan radicales, y que fortalecer el rol de la familia como promotora de la salud y aprendizajes es una estrategia de alta calidad e impacto y bajo costo para promover el bienestar integral en las futuras generaciones.

 

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