Hay muchas coincidencias de constantes y números físicos y químicos, que si se cambian muy pero muy poco, no permitirían la vida.
Tenemos la obligación de modernizar el Estado, haciéndolo más ágil para llegar a tiempo con las soluciones que los y las ciudadanas necesitan de forma pronta, sin caer en la burocracia que tanto daño le hace a la gestión pública.
En Chile conocemos una amplia variedad de eventos extremos, y la meteorología concentra varios de ellos: tornados y trombas marinas de otoño-invierno, olas de calor de verano, heladas y precipitación extrema de invierno. La maravillosa y exuberante naturaleza seguirá sin dormir en Chile, pero nosotros debemos aprender a cautelar apropiadamente su vigilia.
Si tuviéramos la cuantificación de las pérdidas y daños materiales, lo lleváramos a una calculadora, más 8 a 10 presupuestos anuales de la región del Biobío, pues, cada que vez que tenemos estos eventos extremos, retrocedimos 10 años de progreso en infraestructura.
¿Estamos entonces ante el retorno de las grandes inundaciones? Es una pregunta que aún no podemos responder. Pero las condiciones climáticas y los cambios ambientales experimentados por los ríos, nos llaman a la prevención y al monitoreo de dichos eventos, cuando el invierno recién comienza.