Francisco Darmendrail
Periodista UdeC y Magíster en Historia Económica y Empresarial UAI
Bernardo O”Higgins Riquelme en su agonía en su exilio en Perú, el 24 de octubre de 1842, pronunció entre sus últimas palabras “¡Magallanes! ¡Magallanes!”, evocando un territorio cuya trascendencia estratégica había intuido tempranamente para el porvenir de la nación. El presente hecho resulta significativo que, apenas un año después de su muerte, la expedición de la goleta Ancud materializara justamente ese anhelo: consolidar el dominio chileno sobre el paso interoceánico.
Esa secuencia condensa el verdadero significado de la ocupación de 1843. No constituyó un gesto simbólico ni una formalidad diplomática, sino el desenlace de un proceso que había atravesado tres siglos de intentos frustrados: la travesía de Fernando de Magallanes en 1520, que abrió la ruta entre los océanos Atlántico y Pacífico sin que la Corona española lograra ocuparla; y el posterior esfuerzo de Pedro Sarmiento de Gamboa, quien en 1584 fundó la efímera Ciudad del Rey Don Felipe, sucumbida al aislamiento y al clima austral hasta quedar reducida al nombre que hoy conserva el lugar: Puerto del Hambre.
Fue recién el 21 de septiembre de 1843 cuando John Williams Wilson, al mando de esa misma nave, tomó posesión del Estrecho en nombre de Chile, seguido poco después por la construcción del Fuerte Bulnes, primer enclave permanente de soberanía nacional en la región. Ese acto transformó una frontera abstracta en un espacio administrado, defendido y habitado, incorporando la Patagonia y el extremo austral al proyecto territorial del país en una época donde los límites del continente distaban aún de estar zanjados.
Volver sobre este episodio en medio de los debates actuales no constituye un ejercicio de añoranza, sino un recordatorio de que el control sobre esa franja geográfica no fue producto del azar, sino resultado de una voluntad política sostenida, ejercida con medios escasos, aunque con notable lucidez estratégica para su tiempo. La toma de posesión de 1843 permanece, así, como uno de los hitos fundacionales más relevantes de la identidad territorial chilena.