Opinión

Convivencia: el aula donde también se aprende a construir sociedad

Por: Diario Concepción 10 de Septiembre 2026
Fotografía: Cedida

Ariela Espinoza Estrada
Colegio Concepción Hualqui

¿Puede un conflicto ocurrido en un recreo enseñar algo sobre democracia? ¿Puede una conversación difícil entre estudiantes transformarse en una experiencia de ciudadanía? ¿Puede la manera en que una comunidad educativa escucha y responde a sus integrantes influir en cómo esas personas participarán mañana en la sociedad?

La respuesta es sí. Y comprenderlo modifica profundamente nuestra mirada sobre la convivencia educativa. Gestionar la convivencia constituye hoy uno de los desafíos más complejos de la educación. No basta con establecer normas, aplicar protocolos o intervenir frente a los conflictos. Todo ello es necesario, pero convivir supone algo más profundo: aprender cotidianamente a vivir con otros. En el espacio educativo se aprende a reconocer límites, enfrentar diferencias, asumir responsabilidades, participar y construir acuerdos. En ese sentido, la sociedad del mañana comienza a configurarse en las relaciones que promovemos hoy.

Por ello, la convivencia no puede gestionarse desde recetas universales. Cada comunidad posee una historia, una cultura y desafíos particulares que necesitan ser comprendidos antes de decidir cómo intervenir. Observar, preguntar y, especialmente, escuchar se vuelve entonces una condición fundamental.

Esta perspectiva adquiere especial relevancia en la actual Política Nacional de Convivencia Educativa, que invita a avanzar hacia procesos participativos, contextualizados y democráticos, situando el diagnóstico de cada comunidad como punto de partida para definir prioridades y orientar la gestión de la Convivencia Educativa.

Diagnosticar participativamente no significa simplemente consultar opiniones. Implica reconocer que estudiantes, docentes, asistentes de la educación, equipos directivos y familias poseen conocimientos y experiencias indispensables para comprender lo que ocurre. Cuando sus voces pueden incidir en las decisiones, la participación deja de ser simbólica y se transforma en una auténtica experiencia de corresponsabilidad.

Es justamente allí donde convivencia y formación ciudadana se encuentran. La ciudadanía no comienza al alcanzar la mayoría de edad. Se construye mucho antes: cuando una niña o un joven aprende a escuchar a quien piensa distinto; cuando puede argumentar sin descalificar; cuando comprende que sus decisiones afectan a otros; cuando participa en asuntos colectivos; cuando un adulto reconoce que también puede equivocarse.

Desde allí, el conflicto bien abordado puede transformarse en una experiencia educativa. No todas las situaciones admiten diálogo ni todos los conflictos pueden resolverse mediante acuerdos: existen circunstancias que requieren límites claros, protección e intervención oportuna. Sin embargo, aun entonces resulta pertinente preguntarnos qué estamos enseñando mediante nuestra forma de responder.

Educar para convivir no significa evitar las diferencias, sino desarrollar capacidades para enfrentarlas sin renunciar a la dignidad del otro. Significa formar pensamiento crítico, empatía, responsabilidad, participación y capacidad de construir acuerdos. También supone generar condiciones para que emerjan liderazgos capaces de escuchar, movilizar y contribuir a transformar aquello que necesita cambiar.
Esta visión se encuentra profundamente vinculada con el horizonte formativo de la Corporación Educacional Masónica de Concepción (COEMCO). Su modelo aspira a formar personas críticas, fraternas, tolerantes, solidarias, responsables y comprometidas con la justicia y la paz; personas capaces de construir su proyecto de vida y, al mismo tiempo, aportar a sus comunidades. Desde esta perspectiva, la convivencia educativa no constituye un ámbito separado del aprendizaje, sino una dimensión esencial de la formación integral y del compromiso con una sociedad más democrática, justa y fraterna.

Por ello, un Plan de Gestión de la Convivencia Educativa no debiera entenderse únicamente como una exigencia institucional. Es, ante todo, una oportunidad para preguntarnos cómo estamos conviviendo, qué necesitamos transformar y qué sociedad estamos contribuyendo a construir. Como señaló Paulo Freire: “La educación no cambia el mundo: cambia a las personas que van a cambiar el mundo”.

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