Francisco Darmendrail
Periodista, Magíster en Historia Económica y Empresarial UAI.
La región del Biobío es, ante todo, una economía abierta al mundo: sus puertos, su industria forestal, su actividad pesquera y su sector manufacturero dependen en gran medida del comercio internacional y del transporte marítimo. Por eso, a pesar de la distancia que separa al estrecho de Ormuz de nuestras costas, lo que ocurre tiene incidencia en nuestra región. Comprender los motivos para que la presente vía estratégica se vuelva inestable exige revisar una historia de más de siete décadas entre Estados Unidos e Irán, cuyo capítulo más reciente está redibujando el mapa del comercio mundial.
Los antecedentes se remontan a 1953, cuando la CIA participó en el derrocamiento del entonces primer ministro iraní Mohammad Mossadegh y en la restauración del sha, en un contexto marcado por la nacionalización de la industria petrolera del país. La ruptura diplomática llegó en 1979, con la Revolución Islámica y la posterior toma de la embajada estadounidense en Teherán, donde 52 diplomáticos permanecieron 444 días como rehenes. Le siguió la guerra entre Irán e Irak (1980-1988), en la que Washington respaldó a Bagdad, marcada por el derribo, en 1988, del vuelo 655 de Iran Air por un buque de guerra estadounidense, con 290 víctimas.
En las décadas siguientes se sucedieron sanciones económicas, el acuerdo nuclear de 2015 y su posterior término, además de sucesivos episodios de escalada militar. Ese historial ayuda a dimensionar lo ocurrido desde febrero de 2026, cuando el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán derivó en bloqueos navales y en el cierre parcial del estrecho de Ormuz, ruta por la que habitualmente transita cerca de un cuarto del petróleo y una quinta parte del gas natural licuado que se transporta por mar en el mundo, según cifras de organismos internacionales.
Para la región del Biobío, este escenario tiene efectos concretos. El alza en los costos de flete y energía ya se percibe en sectores como la industria forestal, la pesca y la manufactura exportadora. Al mismo tiempo, la inestabilidad de esa ruta empuja al comercio mundial a buscar alternativas más predecibles, y ahí el Pacífico Sur gana relevancia. Los puertos de San Vicente y Talcahuano, junto a la infraestructura industrial y naval que nuestra región ha desarrollado por décadas, posicionan al Biobío como un punto estable dentro de un sistema logístico global que hoy valora, más que nunca, la continuidad institucional.
Para una región tan integrada al comercio internacional como la nuestra, entender ese contexto es clave para dimensionar tanto los desafíos como las oportunidades que hoy se abren desde el Pacífico.