Los llamados “Enhanced Games” o “Juegos Mejorados”, realizados recientemente en Las Vegas, irrumpieron en el debate deportivo internacional con una propuesta tan polémica como provocadora: permitir el uso de sustancias dopantes en competencias de alto rendimiento. Bajo la premisa de que el deporte tradicional habría alcanzado un “estancamiento” producto de las restricciones impuestas por organismos como el Comité Olímpico Internacional (COI), la iniciativa buscó demostrar que el uso controlado de testosterona, EPO, esteroides y otras sustancias podría llevar a los atletas a alcanzar “la mejor versión” de sí mismos.
Sin embargo, pese a la expectación mediática, millonarios incentivos económicos y la presencia de reconocidos deportistas, los resultados estuvieron lejos de las promesas iniciales. Apenas se registró un récord mundial no oficial y, en algunos casos, atletas que aseguraban competir sin dopaje lograron imponerse sobre rivales que sí recurrieron a sustancias prohibidas. El escenario dejó una pregunta abierta: ¿realmente el dopaje es tan determinante como muchos creen?
La evidencia científica actual demuestra que el rendimiento deportivo es mucho más complejo que el simple consumo de sustancias. Aunque el dopaje puede conferir ventajas fisiológicas específicas, no constituye por sí solo un factor determinante absoluto del rendimiento deportivo ni garantiza el éxito competitivo.
Factores como la preparación técnica y táctica, la calidad del entrenamiento, la recuperación, la capacidad psicológica y la experiencia competitiva siguen siendo elementos fundamentales. En otras palabras, el rendimiento no depende únicamente de la biología; el que no entrena no es competitivo.
De hecho, uno de los aspectos que más llamó la atención de los “Juegos Mejorados” fue precisamente que muchos atletas no lograran superar marcas históricas, pese al uso abierto de sustancias ergogénicas. Esto ocurre porque la respuesta al dopaje varía considerablemente entre individuos y porque algunas sustancias, ampliamente asociadas al aumento del rendimiento, tendrían efectos más limitados de lo que popularmente se cree.
El rendimiento deportivo representa un fenómeno multifactorial extremadamente complejo. Incluso, revisiones científicas recientes sobre sustancias como la hormona del crecimiento no han demostrado aumentos significativos en fuerza muscular ni en capacidad física global en atletas sanos.
Más allá del debate sobre marcas y espectáculo, el principal problema sigue siendo el impacto en la salud. La evidencia científica ha asociado el uso prolongado de sustancias dopantes con enfermedades cardiovasculares, hipertensión, trombosis, daño hepático y renal, alteraciones hormonales, infertilidad y trastornos psicológicos como ansiedad, agresividad y depresión. En síntesis, el dopaje no solo representa una transgresión ética y reglamentaria en el deporte de alto rendimiento, sino también un importante problema de salud pública.
La discusión abierta por los “Enhanced Games” trasciende así el ámbito deportivo. Más allá del espectáculo o del negocio detrás de la industria del “mejoramiento humano”, el fenómeno obliga a reflexionar sobre los límites éticos del deporte y sobre una idea que sigue vigente incluso en tiempos de biotecnología y dopaje: el rendimiento deportivo no puede reducirse únicamente a una sustancia.
David Ulloa
Académico UCSC