Por Carolina Pérez Echeverría
Directora de empresas y CEO Foresight Consulting
“Se necesita especialista en prompts”. Este es uno de los avisos laborales que más movimiento y demanda ha tenido en los últimos meses. Según un reporte de Electro IQ, más de 58 millones de trabajadores en todo el mundo realizaron al menos un curso o certificación relacionada con IA, y es que con la llegada de ChatGPT, Claude, Gemini y Perplexity, entre otras, el arte de (saber) preguntar para obtener resultados óptimos se ha vuelto cada vez más necesario.
Un prompt es una instrucción (con un rol específico, contexto y objetivo claro) que guía la respuesta de un modelo de IA. Sin importar la forma que elijamos, lo que queremos de vuelta es información precisa, lo más útil y verificable posible. Por eso decimos que la Inteligencia Artificial trajo consigo una revalorización de las preguntas: mientras más completas sean, las respuestas que obtengamos serán de mayor valor.
En el mundo corporativo este replanteamiento generó un dilema. Durante décadas asociamos el liderazgo a la capacidad de saber qué hacer, decidir rápido, mostrar certeza. Hoy eso ya no basta. Como las respuestas son abundantes, instantáneas y cada vez más rápidas (una máquina puede entregarlas en segundos), la verdadera ventaja competitiva está en la calidad de las preguntas que somos capaces de formular.
Muchas organizaciones fracasan porque hacen las preguntas equivocadas, poco específicas, demasiado tarde o desde marcos de decisión desactualizados. Preguntan cómo optimizar un proceso que ya no debería existir, cómo vender más de un producto que perdió relevancia o cómo gestionar a los colaboradores, en vez de preguntarse cómo rediseñar trabajo, incentivos y capacidades. Y el punto de fondo es que la inteligencia artificial no viene a resolver ese problema, más bien lo que hace es dejarlo en evidencia.
Saber preguntar es actualmente un acto de liderazgo. Implica reconocer que no lo sabemos todo, que el contexto cambió y que las soluciones del pasado no necesariamente sirven para los desafíos actuales. También exige coraje, porque una buena pregunta suele incomodar, abrir dilemas y tensionar certezas. Es justamente ahí donde se produce el pensamiento estratégico, cuando dejamos de buscar confirmación y empezamos a explorar posibilidades.
En la toma de decisiones ocurre algo similar. La IA puede ayudarnos a analizar escenarios, proyectar resultados y evaluar riesgos, pero no define qué vale la pena decidir. El juicio crítico y la verificación de información siendo una responsabilidad humana. ¿Qué problema estamos resolviendo realmente? ¿Para quién estamos creando valor? ¿Qué impacto tendrá esta decisión en el largo plazo, más allá del próximo trimestre? Sin esas preguntas, cualquier respuesta es irrelevante.