Opinión

Para no demonizar la subsidiaridad

Ni la libertad está por sobre el bien común, ni alguna forma de colectivismo, asfixia a la libertad, resguardando la libertad del ser humano y reconociendo en ella reside el comienzo de la dignidad.

Por: Diario Concepción 18 de Septiembre 2020
Fotografía: Fundación República en Marcha

Augusto Parra Ahumada
Presidente Fundación República en Marcha

Para Yuk Hui: el nuevo fenómeno del pensamiento global, “Los nuevos paisajes políticos en distintas partes del globo demandan asimilaciones inéditas entre Oriente y Occidente para articular un imago mundi que pueda dar cuenta de la zozobra en que vivimos”.
El párrafo tercero artículo primero de la Constitución Política de República de Chile señala, “El Estado reconoce y ampara a los grupos intermedios a través de los cuales se organiza y estructura la sociedad y les garantiza la adecuada autonomía para cumplir sus propios fines específicos”. Relevando el valor de no privar la provisión de bienes públicos solo al Estado, reconociendo sociedades modernas y complejas que han ampliado, diversificado y siguen empujando las fronteras de la esfera de lo público.

El aseguramiento del bien común y los fines superiores del Estado pueden ser cubiertos en la provisión de algunos bienes públicos, con éxito y eficiencia por los grupos intermedios de la sociedad, sometidos a las regulaciones necesarias para asegurar el bien común, lo que en ningún caso es incompatible, con un Estado social, acotado, moderno, eficiente y eficaz, para la provisión de bienes públicos en algunas materias inherentes a su responsabilidad fundamental.

De ahí que he querido venir a reivindicar la idea de tanta libertad como sea posible y tanto Estado como sea necesario, reencontrando libertad e igualdad y compatibilizando y conciliando los conceptos de subsidiaridad y solidaridad. Convencido que los unos y los otros han equivocado el tono del debate en la radicalidad con la que le han abordado.

Si bien la obtención de los fines planteados requiere de marcos jurídicos y regulatorios adecuados para asegurar y resguardar libertades y derechos, hacen preciso superar los prejuicios y sesgos cognitivos, a los que induce la rigidez de los marcos ideológicos. Así como de una revolución ética, en las formas de hacer política, que releve el valor de la esfera pública y la democracia en cuanto sistema de organización colectiva, reconciliando libertad e igualdad para propender a alcanzar la mayor realización espiritual y material para los hijos e hijas de nuestra tierra. Desde el amparo a la libre iniciativa y al desarrollo del individuo, sin dejar de valorar y cuidar la esfera pública y colectiva, entendiendo no son antagónicas cuando conviven en racional, sutil y delicado equilibrio. Y ni la libertad está por sobre el bien común, ni alguna forma de colectivismo, asfixia a la libertad, resguardando la libertad del ser humano y reconociendo en ella reside el comienzo de la dignidad.

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