Opinión

Idealismo y Realismo (2)

Cómo decía Antoine de Saint-Exupéry, en el Principito “Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Y son los representantes políticos los llamados a fundir técnica y sensibilidad para ver lo esencial pero poder procesarlo a través de la buena deliberación pública.

Por: Diario Concepción 24 de Julio 2020
Fotografía: Presidente Fundación República en Marcha

AUGUSTO PARRA AHUMADA
Presidente Fundación República en Marcha

El debate público y la sana deliberación democrática, han de devenir en un territorio de disputa permanente de carga en unos casos emocional y en otros dogmática. En ambos casos distantes de toda racionalidad y desde una cada vez más significativa subjetividad, que pone en entredicho y en conflicto a la democracia representativa.
El proceso que hace posible la racionalización del debate público, para la deliberación democrática lograda a partir de la gestión adecuada de la emocionalidad y la subjetividad es el que hace posible el progreso y puede constituir a la política, en un factor de buen gobierno.

De ahí que Idealismo y Realismo no solo deban convivir y coexistir en la esencia de la deliberación pública si no deban incluso alcanzar una integración que le proporcione fuerza y vigor moral, así como la ética, entendida como el alma y carácter de la política.

La política ha de renunciar a su esencia y ethos cuando renuncia a ese proceso de racionalización propio del proceso deliberativo, por cierto provisto de utopías movilizadoras de sueños, anhelos e ideales como modelo a seguir, pero siempre a la luz de la razón, la ciencia, los datos, la técnica y el conocimiento para transitar de la intuición y el voluntarismo a la precisión y avanzar en la dirección de los ideales cuánto sea posible.

La gobernabilidad democrática depende de la observancia del Estado de Derecho, del cuidado de la institucionalidad y de la puesta en valor de la vilipendiada democracia representativa, como aquella capaz de interpretar el sentir de las mayorías sin dejar de observar el derecho de las minorías para hacerlas parte de la nación amalgamada como proyecto colectivo abriendo paso a la verdadera República.

Pero esa democracia representativa abre paso a la tentación de la democracia directa avasallando a las minorías y renunciando a la racionalización del debate público y la sana deliberación, tentando al populismo, al caudillismo y la demagogia cuando las instituciones fallan y las personas que las representan pierden sensibilidad y dejan de atender a la subjetividad y a los sueños e ideales.

Cómo decía Antoine de Saint-Exupéry, en el Principito “Solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Y son los representantes políticos los llamados a fundir técnica y sensibilidad para ver lo esencial pero poder procesarlo a través de la buena deliberación pública.

Kagil Giban, decía “alejarme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños”.

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