Opinión

De mujeres, del poder y del largo trecho a la igualdad

¿Por qué las que ostentan liderazgo deben demostrar efectividad a toda prueba? ¿Por qué deben evidenciar constantemente que se lo merecen?

Por: Diario Concepción | 26 de Mayo 2019
Fotografía: Diario Concepción

Alicia Rey Arriagada
Periodista y profesora de Español
Magíster en Comunicación Social

Antes de comenzar la escritura de esta columna no pude evitar sucumbir a la seductora tentación de la búsqueda en Google. El resultado obtenido para la frase “liderazgo femenino” me arrojó cerca de 9 millones, 510 mil resultados.

Como ya me había sumergido en la red, hurgué en las tres primeras páginas, las cuales estuvieron referidas al liderazgo de las mujeres en las empresas y a las fortalezas que las ejecutivas poseen en relación a la adaptación al cambio y al manejo de crisis.

Debo aclarar, eso sí, que la información encontrada estaba acompañada de fotografías de esbeltas, bellas, jóvenes, bien vestidas e impecables mujeres que parecen ni despeinarse en su lugar de trabajo (algo así como el personaje protagonizado por Anne Hathaway en El Diablo se Viste a la Moda). ¿Es que las mujeres feas no tienen derecho a ejercer liderazgo en las empresas? Nuevamente –a mis ojos- de alguna manera la información seguía valiéndose de estereotipos perversos. Además, en ninguna de las tres opciones de búsqueda se hablaba de lo fundamental: tras el ejercicio del liderazgo hay un juego de poder. Y el poder no es nunca gratuito, siempre habrá algo que transar.

Es a partir de ese hecho donde existe la mayor diferencia entre hombres y mujeres al ejercer el liderazgo/poder. Me pregunto ¿qué transó Gabriela Mistral, al ser Premio Nobel de Literatura; Elena Caffarena, al luchar por el derecho a voto para convertir a las chilenas en sujetos ciudadanos; Julieta Kirkwood, al ser una de las precursoras de los estudios de género en Chile o Gladys Marín, al convertirse en la primera secretaria general del PC a nivel mundial?

Seguramente, y a riesgo de equivocarme, transaron sus vidas personales, el tiempo dedicado a la familia, a los hijos y al lugar de lo “naturalizadamente” femenino. Pero –eso sí- creo que sin mucha culpa. Había un deseo vital del cual no podían escapar, sumado a particularidades intelectuales y sicológicas en cada una de ellas, que las convirtió en quienes fueron.

Tradicionalmente, las mujeres han estado adscritas al mundo privado y con ello a las labores domésticas y de crianza. Pero lo curioso es que cuando la mujer comienza a salir al mundo público nunca se desprende de sus labores en términos de lo privado. Es decir, el estereotipo de la madre-esposa sigue permanentemente rondando a muchas mujeres en cargos directivos, lo cual acarrea más esfuerzo en el cumplimiento de metas, pues se realizan dos trabajos a la vez (con lo anterior no deseo ser injusta con los hombres que cada día cumplen paternidades más activas, encargándose de labores de crianza). Sin embargo, también creo que hay una exigencia autoimpuesta en las propias mujeres. ¿Por qué las que ostentan liderazgo deben demostrar efectividad a toda prueba? ¿Por qué deben constantemente evidenciar que se lo merecen? ¿Por qué deben eternamente ganarse un espacio?

Hace un tiempo leí que la paridad real en términos laborales se producirá cuando exista la misma cantidad de ineptos que de ineptas en cargos de poder. Por lo pronto, prefiero no ser tan drástica y dejar esa afirmación en el terreno de la ironía. Creo que en el entramado de relaciones sociales que implica el juego liderazgo/poder, aquellas que desean ejercerlo tienen como gran tarea desprenderse de la culpa y, a la vez, entender que el enemigo no siempre es “la otra” como históricamente se nos han hecho creer.

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