Opinión

De corrupción y desconfianza

Por: Diario Concepción | 24 de Abril 2019
Fotografía: Carolina Echagüe M.

Andrés Cruz Carrasco
Abogado, magíster Filosofía Moral

Cuando nos referimos al ámbito público, la corrupción va mucho más allá de los seres humanos que aparecen como unos desviados que se desenvuelven en el marco de una aparente recta institucionalidad. Estos sujetos pertenecen a un espacio social mucho más amplio y sus conductas son un reflejo de prácticas generalizadas y que pueden ser vistas como un modelo a seguir por otros, que las aceptan para alcanzar sus objetivos. Puede haber sujetos corruptos que se despliegan en aparatos públicos aparentemente honestos. Pero cuando son estas instituciones las que comienzan a corromperse desde la cúspide, por concentrarse el poder en pequeños grupos de injerencia vinculados entre ellos que posicionan sus componentes para mantener su influencia y logran hacer prevalecer el quedarse enquistados y favorecer sus perspectivas particulares, hacen que aquellos sujetos que trabajan en ellas, por muy honestos que puedan ser, también se corrompan. Todo esto, por la inercia de los acontecimientos. Se acepta y naturaliza la corrupción, porque siempre ha sido así. Se guarda silencio por miedo a perder un trabajo. Por una lealtad absolutamente mal concebida. Se guarda silencio y se observa como la integridad ética y el compromiso público del medio en el que han laborado sucumben, quebrándose para servir a estos intereses particulares, que no son sólo económicos. También se usan para mantener espacios de poder, egos e influencias. Situación que comienza a replicarse de repartición en repartición, como una avalancha que va arrasando con todo, que va contaminando las distintas jerarquías y capas de una institución. Que destruye el sentido moral del servicio público.

A cada descubrimiento de un delito relacionado con la corrupción pública, se constata que se trata de un síntoma de una falencia mucho más generalizada, íntimamente vinculada con la indiferencia o la aceptación de la deshonestidad. No son hechos insólitos. Parece ser la consagración de la apariencia y la mentira como forma de vida, provocando que se resquebraje la confianza hacia la autoridad, con todas las consecuencias que esto arrastra. Se pierde la esperanza respecto de todo lo que venga del aparato público. Vamos asumiendo con naturalidad el uso de la triquiñuela y la picaresca para sacar algún provecho, incluso felicitando al que actúa engañando, ya que ha evitado ser engañado primero. Levantando como referente al que se ha enriquecido de cualquier manera, generando una cultura que venera el resultado, sin importar el medio utilizado para alcanzarlo, actuando con indiferencia ante el hundimiento de la democracia.

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