Opinión

Castillos en el aire

Entonces fue cuando sonaron las alarmas: un soñador puede ser peligroso.

Por: Diario Concepción | 10 de Abril 2019

Andrés Cruz Carrasco
Abogado, magíster Filosofía Moral

A garrotazos y a punta de medicamentos querían bajarlo del cielo. Le gritaban: ¡No se puede!, ¡no seas idiota, alzar el vuelo como las gaviotas es absurdo! Pero el quijote no se dejó avasallar, siguió soñando y su imaginación se fue haciendo gigante, y fue corriendo los límites que le impusieron como realidad y… ¡empezó a volar!, mientras los otros lo miraban prisioneros de su cordura, que les habían enseñado era lo único en que se podía creer y hacer. Entonces fue cuando sonaron las alarmas: un soñador puede ser peligroso. No vaya a ser cosa que también a otros comience a darles por volar. No se vaya a producir un desbande del ejército de endeudados, consumidores y sumisos trabajadores. No vaya a ser que se les pase el miedo a perder sus empleos y les dé por andar creyendo que todo puede ser distinto. ¡Había que juzgarlo en el tribunal de los timoratos y sumisos!, ¡y condenarlo para que recupere la sensatez! Que asuma de una vez: volar es imposible. Decidieron bajarlo a la fuerza y cayó al suelo casi haciéndose añicos en el pavimento de lo admisible. Los jefes dictaron rápidamente leyes para que los otros no se contagiaran de tan grave enfermedad. ¡Como se le ocurre a la chusma pensar que se puede volar!, ¡que entiendan!: nada se puede cambiar. A los soñadores se les doméstica en los liceos, para que sean todos iguales, con sus uniformes y sus insignias, sus himnos y sus programas. ¡Se les mete en los manicomios, por ser unos locos que quieren cambiar el mundo!, ¡se les encierra para siempre en las cárceles, para ahogar su libertad y su deseo de ser diferentes! Sólo los expertos saben cómo se puede ser feliz. A todos los chiflados hay que integrarlos a la fuerza, que sigan la inercia, que no piensen y continúen siendo unos estúpidos pegados ante toda clase de pantallas, viviendo la vida de otros, perdiéndose en las redes sociales, creyendo que lo virtual puede ser un sustituto de lo real. Llenándose de cosas inútiles destinadas a hacerles creer que eso los hace felices. ¡Que se olviden de todos de sus sueños! ¡Que convivan todos juntos vestidos de cordura!…

Pero en un pequeño rincón, el idiota, primero bien bajito, empieza a susurrar, y comienza de nuevo, detrás de don Alberto Cortez, “a construir castillos en el aire, a pleno sol, con nubes de algodón, en un lugar adonde nunca nadie pudo llegar usando la razón”, y ya sin importarle que otros lo escucharan, se puso a cantar bien fuerte, mientras construía “ventanas fabulosas, llenas de luz, de magia y de color y convocó al duende de las cosas que tiene que ver con el amor”, sin importarle lo que le dijeran los otros, convencido de que todo puede ser posible.

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