Opinión

La recta provincia

Por: Daniela Salgado | 13 de Febrero 2019
Fotografía: Carolina Echagüe M.

Andrés Cruz Carrasco
Abogado, magíster Filosofía Moral

En la Feria de Dalcahue está el escritor Héctor Véliz, quien ha asumido la titánica tarea de recopilar y gestar su obra a partir de la investigación de los mitos y sucesos históricos acaecidos en la Isla de Chiloé.

En uno de sus trabajos expone el proceso incoado en el distrito de Quicaví, en el año 1880, contra más de 30 personas, que fueron acusadas de brujería. Pero detrás de lo que hoy parecen ser absurdos cargos, existía una pretensión aún más espuria, que era deshacerse de la amenaza de una organización de resistencia contra la incipiente república llamada “la Recta Provincia”.

Fueron considerados unos traidores y para eliminarlos se explotó la desbordada superstición que proliferaba en el lugar. A tanto llegó la parodia, que a uno de ellos se le tuvo tres meses encerrado y se sostuvo ante un tribunal que era un “imbunche”. Es decir, un engendro que había sido criado por brujos, alimentado con leche de gata negra y de carne de muerto, siendo su aspecto miserable resultado de su abominable origen.

La Recta Provincia perseguía la autonomía política de Chiloé, contra las pretensiones que se veían en esos momentos como expansionistas del poder central, cuya sofocación significó, además, que criollos y ciertas organizaciones religiosas contribuyeran al exterminio de los pueblos indígenas que habitaban dicho territorio.

Según Véliz: “Ellos siguieron las instrucciones de la Iglesia Católica para expulsar a los brujos y someterlos a juicio. Tras la sentencia, los aborígenes fueron despojados de sus tierras y sus símbolos de estructura interna de manera violenta”. Al “Imbunche” lo ahorcaron y su cuerpo fue arrojado al mar para que fuera devorado por las bestias. Para la Recta Provincia, “la Isla pertenece a todos, pero los sacerdotes dicen que es propiedad de Dios y, por eso, ellos se adueñan de todo, en nombre de su Dios”.

Esto en el contexto en que la Iglesia y el Estado eran lo mismo. “Nos hicieron cerrar los ojos para orar y cuando los abrimos, sus soldados nos habían quitado la tierra”.

Para Aldous Huxley: “Al hacer cosas para el bien de un grupo que es por definición bueno y hasta sagrado, pueden al final enorgullecerse de sí mismos y denostar a sus vecinos, pueden buscar el poder y el dinero, pueden disfrutar del placer de la agresión y la crueldad, no sólo sin sentirse culpables, sino con un aura positiva de consciente virtud. La lealtad a su grupo transforma estos vicios tan placenteros en actos de heroísmo”. Así sólo asumimos la parte de la historia que nos conviene y denominamos nuestras calles con el nombre de sujetos que al detenernos un momento juzgaríamos como sangrientos criminales.

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