Opinión

Marta Ugarte

La prensa de la época, ya sea por candidez o confabulada con los criminales, se refirió a los hechos como un crimen pasional.

Por: Diario Concepción | 05 de Diciembre 2018
Fotografía: Carolina Echagüe M.

Andrés Cruz Carrasco
Abogado, magíster Filosofía Moral

El 12 de Septiembre de 1976, en la Playa Las Ballenas de Los Molles, fue encontrado el cuerpo de una mujer brutalmente torturada antes de ser asesinada. Era la profesora Marta Lidia Ugarte Román, secuestrada el 9 de Agosto del mismo año. Del examen forense se constató que su piel estaba quemada y presentaba una “luxo fractura de columna, traumatismo toracoabdominal con fracturas costales múltiples, ruptura y estallido del hígado y del bazo, luxación de ambos hombros y cadera, y una fractura doble en el antebrazo derecho”, ocasionadas cuando aún vivía. Había sido martirizada usando perros, usando sopletes, sacándoles las uñas, golpeándola y colgándola para que delatara a otros militantes de su partido, el comunista. Sin embargo, se resistió, y esta tenaz oposición le valió ser víctima de los más atroces tormentos.

La prensa de la época, ya sea por candidez o confabulada con los criminales, se refirió a los hechos como un crimen pasional de carácter común derivado de los bajos instintos de algún pervertido o despechado. No fue mucho más lo que hicieron los tribunales, para quienes al parecer resultaba ser cómoda esta versión de los acontecimientos, permitiendo sobreseer temporalmente el caso sin determinar la identidad de sus autores. Sus familiares la encontraron con el pelo rapado y quemado, con heridas en su pierna por la mordedura de perros. Su cuerpo estaba irreconocible, ojos y oídos reventados, con la carne del cuello desgarrado, siendo identificada sólo por su dentadura. Se sabía que los responsables habían sido agentes de la Dina, los que la cubrieron con un saco, subiéndola a un helicóptero Puma del Ejército, que se desplazó hacia el océano, lanzando el cuerpo en altamar para deshacerse de él. Fueron 7 u 8 detenidos quienes sufrieron el mismo destino esa oportunidad y que previamente fueron inyectados con una sustancia que les debía causar la muerte. Pero Marta no murió, por lo que la sacaron del saco y la estrangularon con el alambre que había sido utilizado para amarrarle un riel. Después la introdujeron de nuevo en el saco y la lanzaron al mar, para hacerla desaparecer para siempre.

Pero este mar no quiso participar encubriendo tan grotesco crimen y como clamando para que se supiera donde iban a parar algunos de los detenidos desaparecidos, la devolvió a la playa, sirviendo de acicate para forzar a que de una vez por todas se reconociera que en Chile si se torturaba, si se secuestraba, si se mataba a quienes eran considerados enemigos políticos, siendo la institucionalidad una garante más de la lamentable injusticia e impunidad que amparaba a estos verdugos.

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