Opinión

No siempre es malo ser anónimo

Por: Procopio | 07 de Noviembre 2018

La caída del imperio romano tardó más de lo que se conoce, perdió una mitad primero, la otra, el Imperio Bizantino, resistió por casi mil años más, a duras penas. Hacia principios de 1453, estaba tocando a su fin. El emperador Constantino XI era soberano tan sólo de una ciudad empobrecida, Constantinopla, la otrora urbe de casi un millón de habitantes, tenía ahora tan solo 50.000. Un aventurero español que llegó a ella en 1437, escribió al respecto: “Sus habitantes son pocos; no van bien vestidos, sino miserablemente, mostrando la dureza de su suerte… El palacio del emperador se encuentra en tal estado que, como el resto de la ciudad, revela los males que el pueblo ha sufrido y aún sufre… el emperador, la emperatriz y sus sirvientes, se apiñan en estrecho espacio”.

En el último ataque de los turcos, el martes 29 de mayo de 1453, en la puerta de San Romano, el emperador casi había quedado solo en la lucha. Fue su momento de gloria, el instante en que la Historia lo recibió como el último de los romanos. Constantino XI, viendo que los turcos ya entraban en masa y sabiendo que el emperador turco había ofrecido una espléndida recompensa por su captura, se arrancó las insignias imperiales y se lanzó a lo más encarnizado de la refriega, buscando una muerte digna de un emperador de Roma.

Recién por la tarde, durante la última hora de luz, Mehmed entró en la Manzana Escarlata, como llamaba a Constantinopla. Cabalgó lentamente por las calles de la ciudad y se dirigió a Santa Sofía. Para su frustración, no pudieron encontrar el cuerpo de su contendiente, quien daba un espléndido ejemplo de cómo salvar la imagen, los remotos senadores de la República habrían estado satisfechos, al ver conservada la dignidad hasta el último minuto. Hay que saber perder.

PROCOPIO

Etiquetas