Opinión

El conatus de Spinoza

Por: Diario Concepción | 13 de Junio 2018
Fotografía: Carolina Echagüe M.

Andrés Cruz Carrasco
Abogado, magíster Filosofía Moral

“No lo turba la fama, ese reflejo/de sueños en el sueño de otro espejo,/ ni el temeroso amor de las doncellas” escribía Jorge Luis Borges sobre uno de los más grandes exponentes de la filosofía occidental: Baruj Spinoza.

Este solitario pulidor de lentes, que nació en 1632, murió a los 45 años. Se dice que por su oficio fue excomulgado y expulsado de la sinagoga de la que formaba parte y condenado al ostracismo por su comunidad judía. Sufrió de atentados contra su vida, por su pensamiento. Vivió de manera austera y casi toda su obra fue publicada con seudónimos o después de su muerte.

Nunca se desempeñó en ninguna institución académica. Incluso, se alzó como uno de los fetiches del misticismo nazi, cuyos jerarcas no podían comprender como un judío llegó a ser tan brillante. Tuvo que asumir el ser consecuente, propugnando hasta la muerte la idea que cada ser humano debía buscar por sí mismo la verdad y vivir de acuerdo con ella, no importando lo que ocurriese.

Para Spinoza, la ética es conocimiento y éste a su vez es descubrir que no podemos ser otros que lo que somos, teniendo el deber de comprender nuestra posición en la naturaleza y el por qué de nuestras imperfecciones.

Esto es la felicidad. El ser humano no puede ser entendido sólo como razón. Es también deseo, fuerza que le imprime la energía, fuego a sus actos. Es el conatus, la potencia que nos empuja. Sólo con la pasión, junto a la necesidad de conocer, constituyen nuestra esencia. Es perseverar en el ser, para que este deseo devenga en acciones y no se quede en proyectos. Para Spinoza, “la alegría es una pasión por la que el alma pasa a una mayor perfección. La tristeza es una pasión por la cual el alma pasa a una menor perfección”.

La perfección es el deseo de ser, la potencia de actuar, la autoconservación. Siendo panteísta, concibe al ser humano como lo más importante para el ser humano: cuando uno se busca a sí mismo, necesariamente buscará al prójimo, que es el lugar donde mora la alegría. Para este filósofo, no es el miedo lo que empuja a los seres humanos a vivir en sociedad, sino la esperanza. Siguiendo a Tácito dirá: “el temor no crea sociedad sino que soledad”. Nos unimos para darnos cobijo. Así, la ética spinoziana se funda en una pasión: la alegría; y no en un principio racional. Quien vive para conocer y actuar puede decirse y sentirse libre. Ya no tiene que temerle a nadie y ni a nada, ni a la muerte. “El hombre libre no piensa en la muerte, y su saber es meditación no de la muerte, sino de la vida”.

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