Opinión

De emoción y política

Por: Diario Concepción | 06 de Diciembre 2017
Fotografía: Carolina Echagüe M.

Por: Andrés Cruz Carrasco
Abogado, Magíster Filosofía Moral

Las emociones están presentes siempre, aunque no las declaremos o simplemente tratemos de ocultarlas. Estamos construidos de ellas. La pasión y la razón no se excluyen. Se complementan y permiten generar conocimiento. De allí que hay quienes intenten politizarlas, exacerbando y profundizando sectarismos a través del miedo y la desconfianza que se exaltan para obtener un provecho. De todo se hace un espectáculo o un drama para generar un alto impacto que logre desbordar las decisiones de la mayor cantidad de personas.

El sufrimiento y la corrupción cohesionan y abren posibilidades para provocar movilización al explotar las sensibilidades de solidaridad, dotándolas de una significación política. Hasta cuando se trata de un ciudadano apático pero emocionalmente reactivo, el explotar la indignación puede ser un efectivo aglutinante y catalizador, aunque sea efímero (dicen que mientras más intensa es la emoción más rápido se nos olvida), que podrían provocar vuelcos electorales. Como diría Innerarity: “Y la política se convierte en victimología: el arte de dramatizar de manera convincente y utilizar en beneficio propio la fuerza emocional que generan las víctimas de la injusticia.”

La responsabilidad de la política radica en hacer de estas emociones sociales algo que contribuya a la construcción de un futuro, anticiparse o lograr interpretar adecuadamente estos sentimientos colectivos, evitando entregárselos, por desconocimiento o indiferencia, a los populismos, que pueden hacerse de este desencanto. Así, se escucha sólo a quien promete lo que no es posible cumplir. A quien no le interesa gobernar, sino que estar permanentemente en campaña electoral. A quien no le interesa llegar a un acuerdo o conciliación, sino que estar siempre en confrontación, radicalizando sus posturas, escenificando las diferencias, haciendo del antagonismo algo ritual y previsible, pero sin contenido.

Se hace de la discusión una pugna de la que se destierra el diálogo, porque no interesa el avenimiento, sino que la aprobación de un tercero: el elector o el simpatizante del mismo grupo al que se pertenece. “Ser fiel a los propios principios es una conducta admirable, pero defenderlos sin flexibilidad es condenarse al estancamiento”.

Es indudable que se debe ser consecuente, pero para avanzar en el ámbito de la gobernanza, necesariamente hay que liberarse y superar la intransigencia, porque cuando se trata de política nadie tiene el monopolio de la verdad, ya que es un combate institucionalizado por alcanzar la interpretación que aparezca como la más correcta según el momento.

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