Editorial

La nueva mirada a los ferrocarriles chilenos

El primer mundo dispone de trenes de alta velocidad que acercan las personas a sus destinos, se alivia la sobrecarga de carreteras y se protege el ambiente. Para nuestro país es este un desarrollo pendiente, la unión de las grandes ciudades y de éstas con pueblos cercanos.

Por: Editorial Diario Concepción | 30 de Junio 2019
Fotografía: Render EFE

Una de las más poderosas iniciativas unificadoras de Chile, un sistema concreto de acercar las partes, fue el ferrocarril, y al mismo tiempo, una de las demostraciones más elocuentes de visión de Estado, como difícilmente se encuentra en nuestros doscientos años de vida independiente, un esfuerzo que parecía desproporcionado para un país pequeño, que no trepidó en iniciar y sostener un proyecto de más de medio siglo de duración, que daría a la nación una columna vertebral de comunicaciones.

La finalización de la red ferroviaria longitudinal -8.883 kilómetros de vía férrea– además de ser una de las más grandes obras de ingeniería construidas a la fecha en Chile, fomentó significativamente el desarrollo de los pueblos y ciudades del sur. En torno a las estaciones ferroviarias se conformaron focos comerciales y sociales, dando espacio a polos de encuentro y de desarrollo urbano. El ferrocarril contribuyó, además, a la comercialización segura y eficiente de los productos agrícolas, ganaderos y forestales y a la integración económica de las regiones más alejadas del país.

Los detractores del ferrocarril darían argumentos de tipo económico: su construcción entre Santiago y Valparaíso, por ejemplo, arruinaría a empresarios de birlochos, de diligencias, de carretas y de tropas de mulas y favorecería sólo a los agricultores del valle del Aconcagua. Los otros argumentos son más sólidos, así, en la Memoria sobre los ferrocarriles de Chile, presentada al supremo gobierno por Agustín Ross, ministro plenipotenciario de la República en Gran Bretaña en 1892, hace un contraste entre la inversión, ”el Gobierno de Chile tiene invertidos no menos de 35.000,000 de pesos oro en ferrocarriles” y los retornos, la nula rentabilidad “nuestros ferrocarriles son, quizás, los más dispendiosos de la tierra”.

Los economistas de la dictadura aconsejaron finalmente suspender el apoyo estatal a ferrocarriles, lo que prácticamente los eliminó, para ser reemplazados por el transporte por carreteras. Las razones eran fáciles de entender a nivel contable, no tanto desde el punto de vista social, los cientos de pueblos que perdieron ese diario vínculo con el quehacer de Chile.

Se dejó que la obsolescencia se hiciera cargo de los trenes. Sólo a partir de la década de 1990, con el retorno de la democracia, así como el aumento de la densidad de la población nacional, ha resurgido la necesidad y compromiso de crear sistemas de transporte público interurbano a nivel nacional, comenzando un proceso de financiamiento para la rehabilitación de vías y compra de nuevos vehículos, como nuestro Biotrén, Metro Valparaíso o Metrotren Nos, además de servicios turísticos e históricos.

Son otras las tecnologías actuales, el primer mundo dispone de trenes de alta velocidad que descongestionan aeropuertos y acercan las personas a sus destinos, se alivia la sobrecarga de carreteras y se protege el ambiente. Para nuestro país es este un desarrollo pendiente, la unión de las grandes ciudades y de éstas con pueblos cercanos, con este nuevo medio de transporte, la puesta en la balanza, como debió haberse hecho mucho antes, del valor de la mejor integración del territorio, una de las maneras objetivas de avanzar en la descentralización de Chile, usar los medios de ahora, con la mentalidad visionaria que tuvo nuestro país en el pasado.

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