Editorial

Cambios necesarios en la maquinaria burocrática regional

Por: Diario Concepción | 11 de Marzo 2018
Fotografía: Archivo.

Hay otras diferencias, además de las obvias, entre la capital del país y las otras ciudades de su larga geografía, se trata de la velocidad y de la eficiencia en  la toma de decisiones, acostumbrados en el centro a no perder el tiempo, no sólo porque es oro, sino porque a hay otras cosas que hacer y  por lo tanto, no hay opción a la necesidad de  ser ejecutivos.

A la renuncia a dirigir desde las regiones, con directivos que migran para estar en  vecindad a los resortes de los procesos, se agrega una larga y  letárgica burocracia, que ha aprendido a hacer valer sus acciones añadiéndoles toda suerte de dificultades y una actitud de perpetua dependencia de otros antes de dar los asuntos por concluidos.

Es importante recordar que la satisfacción de los intereses colectivos se realiza fundamentalmente a través de los servicios públicos que brinda la administración del Estado, del muy aludido funcionamiento de las instituciones, a las cuales, se supone, hay que dejar trabajar. El dinamismo y eficiencia de este trabajo radica en gran parte, en la manera en que resuelve de manera oportuna las demandas sociales. O aquellas propias del desarrollo, desde el mejoramiento de una vivienda al inicio de una actividad productiva, todas sujetas a trámites burocráticos.

La palabra burócrata no es un insulto o una denominación peyorativa, es un término que, según la Real Academia de la Lengua, significa funcionario. Su tarea merece el mayor de los respetos, ya que se trata de quienes cumplen a cabalidad funciones asignadas por un aparato gubernamental que requiere dedicación, honradez, y desempeño positivo y que sin ellos es imposible concebir la administración del aparato estatal y el ordenado control de sus procesos.

Lamentablemente, la indispensable tarea que cumple la burocracia puede ser instrumentalizada con fines distintos, que puede exhibir en determinados enclaves y oportunidades algunos contravalores, que enferman la salud de las instituciones públicas, una larga lista que contiene alguna o la mayoría de las siguientes situaciones;  el desorden, la ineptitud, la irresponsabilidad, la incompetencia,  la negligencia, el soborno, el tráfico de influencias, en una lista absolutamente incompleta, que se enmarca en un funcionamiento corrupto.

Es necesario dejar en claro que no es este el perfil común del funcionario nacional, pero el número de ellos que se ajusta a esta descripción, en alguna de sus formas, es suficiente como para ser objeto de más rigurosos escrutinios y la consecuente reestructuración de los servicios que han tolerado tales prácticas.

Las regiones observan como sus iniciativas se eternizan, como sus trámites se transforman en una ordalía, que termina por hacer reptar el progreso, en tiempos que se requiere precisamente rápida capacidad de respuesta ante un mercado demandante e impaciente, factor que  indudablemente incide en el retraso de las iniciativas locales, en la duración excesiva de su ejecución, en la migración de gente a la capital para solucionar problemas que bien pudieron haberse resuelto en las instituciones locales, con la pérdida del dinamismo y el  desaliento de los emprendedores, que le podrían cambiar el perfil a la Región, aquel de lentitud  y dependencia. Siempre en rogativas y súplicas a la autoridad central, a la cual termina por achacársele defectos que en rigor tienen su origen aquí mismo.

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