Editorial

Recordando las viejas lecciones de (in)tolerancia

Por: Editorial Diario Concepción | 13 de Febrero 2018
Fotografía: Pablo Vera L. | Agencia UNO

En el año 313 DC, el emperador Constantino despachó desde Milán una serie de cartas con instrucciones para sus gobernadores provinciales. En ellas enfatizaba que le parecía “saludable y muy adecuado” que el Estado mostrase “absoluta tolerancia” a todos lo que habían consagrado su mente al culto del cristianismo” o a otro culto cualquiera que considerase “mejor para sí mismo”. En virtud de este documento, que pasaría a la historia como el “Edicto de Milán” (o edicto de tolerancia), el Emperador revertía la política romana de hostigamiento al cristianismo, otorgándole, de paso, reconocimiento legal.

Independiente de las razones -espirituales, supersticiosas o pragmáticas- que llevaron a Constantino a dictar el edicto, es evidente que fue una medida que cambió la historia del imperio y de la humanidad. A partir de ese momento, los ciudadanos pudieron elegir libremente en qué creer, siendo éste un derecho reconocido y resguardado por elConferencia Centro.

Sin embargo, el régimen de perfecta tolerancia duró muy poco. En el año 380, el emperador Teodosio promulgó el edicto de Tesalónica, que establecía al cristianismo como la religión oficial del Imperio Romano. De esta forma, como señala el periodista e historiador británico, Paul Johnson, los cristianos pasaron en menos de 70 años de mártires a inquisidores. “Primero, el imperio comprobó que no era imposible abstenerse de perseguir al cristianismo. Pero ahora que lo había aceptado, comprendía que era cada vez más difícil abstenerse de perseguir a sus enemigos, internos y externos”. Se trata de un caso paradigmático del cambio de mentalidad de todo un imperio, promovido por el Estado y que en definitiva fue aprovechado por los gobernantes para fines políticos, y utilitarios: el imperio supo reemplazar su antiguo culto romano oficial por una religión de vocación universal.

Los tiempos que corren, los saltos culturales probablemente, de una mentalidad a otra, de una tradición valórica a otra, no son tan brutales como las que marcaron la transición del la antigüedad clásica con la edad media. Sin embargo, la época en que vivimos igual está experimentando cambios muy fuertes, marcados por el desarrollo de la ciencia y la tecnología, fenómeno que ha incidido en cambios profundos en la manera de comunicarnos, desplazarnos y ver el mundo. Por lo mismo, nos enfrentamos, también, a un proceso, a veces lento, a veces violento, de cambio de mentalidades y percepciones valóricas.

En efecto, en países como el nuestro, hemos podido ser testigos de este proceso cultural, en que se enfrentan dos posturas basadas cada una en principios morales, universales, religiosos, culturales o valóricos. La discusión sobre la idea de familia, el Acuerdo de Vida en Pareja (AVP), el matrimonio gay, la adopción de parejas homosexuales, son temas que hace 20 años eran tabú y que hoy ya no lo son, por el cambio cultural que está experimentando la sociedad chilena, promovido por los todos los gobiernos, durante, a menos, los últimos 15 años), conducente a una aceptación progresiva de la homosexualidad y que incluye, incluso, un cuerpo legal para combatir la discriminación en cualquiera de sus formas (“ley Zamudio”).

En medio de este válido debate, es importante mantener los equilibrios que deben existir en toda discusión democrática y tratar de evitar que se repita la dinámica de “mártir a inquisidor” que experimentó el cristianismo entre los edictos de Milán y Tesalónica. Habiendo superado como sociedad en importante medida los prejuicios y discriminaciones del pasado, es de esperarse que todas las voces tengan derecho a expresar su opinión, sin que se condene a quienes promuevan ideas que se sostienen en convicciones profundas. La tolerancia recíproca debe ser el camino.

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