Ciencia y Sociedad

Río Biobío con drogas: ciencia alerta que sustancias consumidas por la población llegan a su caudal

Por: Natalia Quiero 08 de Noviembre 2026
Fotografía: Carolina Echagüe

El uso masivo de productos como cocaína es más que un problema sociosanitario; también es ambiental. Recientes evidencias demuestran que, desde las aguas residuales, están llegando a este vital cuerpo para territorios y comunidades de la Región, con efectos en especies e impactos ecosistémicos presentes y futuros que aún no se conocen.

En el río Biobío hay drogas. Y es que las sustancias que consumen las personas en la ciudad llegan a las aguas residuales y terminan en las de este enorme cuerpo de elementales roles a nivel ecológico, histórico, cultural, económico y social en la región a la que le da su nombre y características particulares.

Es la alerta de un trabajo que partió en 2024 desde una colaboración de iniciativas e investigadores de distintas instituciones, desde estudios en plantas de tratamiento hasta el monitoreo al río Biobío de más de tres décadas que lleva el Centro de Ciencias Ambientales Eula-Chile de la Universidad de Concepción (UdeC).

Un hallazgo pronto a publicarse y un fenómeno que se espera seguir investigando en nuevos proyectos para profundizar las implicancias sobre las especies y ecosistemas de estos contaminantes emergentes, que no son los únicos en este vasto caudal, de los que no se conocen bien los efectos, pero se prevé que tengan impactos.

Monitoreo elemental

El doctor Ricardo Figueroa, director del Departamento de Sistemas Acuáticos de la Facultad de Ciencias Ambientales de la UdeC e investigador del Centro Eula-Chile y el Consorcio Tecnológico del Agua, explica que el Centro Eula-Chile, fundado como tal en 1990, hace más de 35 años monitorea la cuenca del río Biobío con sus principales afluentes en ítems de calidad del agua, biodiversidad, condiciones y contaminantes. El trabajo fue sustento técnico clave que permitió que en 2015 se estableciera una Norma Secundaria de Calidad Ambiental para su protección.

Y destaca que en el tiempo se ha detectado la presencia de distintos contaminantes: algunos normados y se miden; otros no, porque son emergentes. “Los contaminantes emergentes están recién apareciendo y no están siendo incluidos ni medidos por ninguna norma”, aclara.

Entre estos menciona elementos de uso cotidiano como medicamentos (antiinflamatorios, analgésicos, anticonceptivos y antibióticos) y productos de cosmética e higiene, y más recientemente drogas como cocaína.

“Estas sustancias llegan a las plantas de tratamiento de aguas residuales y luego a los ríos”, advierte. Sobre ello expone que en el estudio iniciado en 2024 “hemos descubierto que en muchas zonas del río, incluyendo partes altas y poblados importantes, aparece una cantidad importante de compuestos de drogas en el agua superficial”.

De aguas residuales al agua del río

Justamente, el hallazgo de drogas en el río surgió desde estudios en plantas de tratamiento de aguas a nivel regional desde una línea de la doctora Andressa Reis, actualmente académica de la Facultad de Medicina Veterinaria y Agronomía de la Universidad de Las Américas, que evolucionó desde proyectos que partieron en 2021 durante la pandemia de COVID-19.

Entre 2022 y 2024 se monitoreó para detectar señales de drogas en plantas de 30 comunas del Biobío —tres no tenían para analizar—. “Los hallazgos se publicaron: identificamos que el crecimiento de cocaína fue de más de 1000 % desde 2022 a 2024, apareció ketamina, que es una de las sustancias utilizadas para formar tusi, y en cannabis vimos una disminución de 90 % de 2022 a 2024”, detalla.

Como en las plantas no se tratan las drogas ni otros contaminantes emergentes y la mayoría de las locales desagua en el Biobío, pensó que podrían estar llegando al ecosistema y apostó por explorar qué podría pasar con las concentraciones detectadas, realizando análisis computacionales de riesgo. “Y vimos un alto riesgo: las concentraciones que habíamos encontrado eran muy tóxicas para los organismos que en general viven en ríos, desde algas hasta peces”, afirma.

Eso volvió urgente comprobar primero si estaban las sustancias en el río, lo que se logró gracias a la colaboración que en 2024 se estableció con el Centro Eula: “y encontramos drogas”, releva.

El hallazgo, que podría dar luces de lo que sucede en otros cuerpos de agua y ecosistemas, plantea el reto de comprender la profundidad del problema. Para ello, la investigadora postuló proyectos para obtener fondos para investigar sedimentos y organismos, y en el futuro seguir ahondando más en las implicancias.

Desechos en las aguas: valiosa información

“En las aguas residuales hay mucha información de la población, de enfermedades y sustancias que se consumen”, sostiene Andressa Reis.

El potencial se ha evidenciado en experiencias en varios países, y a nivel local se aprovecha desde la pandemia de COVID-19, con proyectos piloto y resultados que permitieron ir explorando cada vez más.

A esta matriz llegan desechos y partículas o señales químicas de patógenos, alimentos y sustancias que usa la población y se van por el desagüe de baños y cocinas, tanto por heces y orina como en agua de ducha, lavado de manos, loza o ropa.

Por ello, afirma que las aguas residuales dan datos que permiten conocer hábitos y salud en un territorio: desde enfermedades hasta productos, fármacos, drogas y contaminantes presentes. Entonces, comprender esta información puede ser crucial tanto para identificar problemas más relevantes como para definir acciones.

En este sentido, advierte que la evaluación de dos años a las plantas de tratamiento de la Región demostró que la cocaína y la ketamina se usan de forma continua y ascendente. Y ello evidencia la realidad local del problema en torno a estas sustancias de efectos psicotrópicos que cada vez más se usan en combinación de forma recreativa, sobre todo por jóvenes, como muestran informes.

También es un ejemplo potente la experiencia pionera en la pandemia de COVID-19. A raíz de lo que se hizo en otras naciones ante una enfermedad emergente que obligó a tomar acciones restrictivas para reducir contagios, y por impulso de la entonces seremi de Ciencia, Paulina Assmann, se vio la oportunidad de monitorear las aguas servidas del Biobío para evaluar la presencia del patógeno causante (SARS-CoV-2). En alianza con la academia, se generó un sistema de alerta temprana sobre circulación y riesgo de brotes que orientara a autoridades y población a saber dónde reforzar las medidas de contención y prevención.

La doctora Reis afirma que los resultados de esa iniciativa impulsaron a seguir un trabajo más amplio, abordando más patógenos y drogas. En este contexto, lideró un piloto en San Pedro de la Paz para probar las capacidades para detectar drogas —requiere equipamiento altamente sensible— y, al validarlas, se avanzó al “Proyecto Centinela”, que obtuvo fondos públicos regionales para implementar un centro en la Universidad Católica de la Santísima Concepción para vigilar patógenos y drogas. Los resultados impulsaron a aliarse con el Centro Eula y estudiar el río Biobío.

¿Qué esperar y hacer?

Las evidencias disponibles local e internacionalmente hacen un llamado crítico a seguir investigando para comprender mejor las implicancias en las especies de la presencia de drogas. Y es que, en algún momento o modo, pueden afectar a los ecosistemas e incluso actividades productivas y a la población que depende del agua del río Biobío.

La doctora Andressa Reis explica que las drogas son sustancias químicas, todas tienen comportamientos diferentes en distintas matrices y podrían concentrarse e impactar de distinta forma en especies y ecosistemas.

Sobre ello, dice que estudios en otros países sobre drogas en organismos, principalmente cocaína, han detectado cambios en conducta, metabolismo y reproducción.

En el río Biobío, el doctor Ricardo Figueroa destaca estudios del Centro Eula, principalmente liderados por el doctor Ricardo Barra, sobre sustancias que llegan a la columna de agua y son disruptores endocrinos y causan efectos negativos a especies.

Mientras la ciencia avanza, el llamado es a considerar la evidencia para avanzar en estrategias para proteger al río Biobío y el bienestar en la Región.

Reis enfatiza que no se trata de generar y difundir datos para mechar o alarmar, sino que se utilicen en decisiones y acciones para evitar o mitigar consecuencias. En este caso, podría ser mejorar mediciones, normas y soluciones en plantas de tratamiento.

Aunque la solución contundente requiere más que a la ciencia, una norma o nuevos tratamientos a aguas residuales, sostiene Figueroa: hay que prevenir que contaminantes lleguen a la naturaleza y, para ello, hay que prevenir o controlar el uso de sustancias y acciones dañinas para la salud y el ambiente.

“La droga no es el único contaminante emergente; hay muchos fármacos que se usan libremente o sustancias de la agricultura. Ahora vemos consecuencias, no el origen, y ahí hay que apuntar. Es un tema complejo de abordar que va más allá de la ciencia, y la clave está en educar y promover un uso racional”, cierra.

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