Opinión

La práctica de vida inimitable

Por: Diario Concepción | 09 de Julio 2017

El año 41 aC Marco Antonio  cita a Cleopatra en Tarso, la reina se hace esperar, finalmente acude, pero en sus propios términos, es decir, con una producción tan espectacular que a partir de la narración de Plutarco el encuentro ha sido fuente de inspiración de pintores y artistas varios. “Se vio venir una nave con la popa de oro, con velas púrpura desplegadas al viento y con remos de palas de plata, movidos al son de flautas y  cítaras. Ella iba recostada bajo un dosel bordado de oro, atendida por siervas de gran belleza…”  y otros detallitos menores propios de quien no cree en la magia de la improvisación.

Cleopatra responde a la invitación de Antonio con otra, a cenar en este barco. Para hacer el cuento  breve  y apto para todo público, los banquetes se sucedieron durante cuatro días, cada vez más espléndidos. Debió haber sido una experiencia integral para un soldadote a medio civilizar en términos relativos. Marco Antonio tenía 42 años, en su punto máximo de general victorioso, sin remilgos a la hora de pasarlo bien, vino, mujeres y canto, anticipando panoramas de Strauss.

Se da comienzo así a un año de jolgorio, la reina no lo dejaba sólo en ninguna de las actividades, le acompañaba a cazar, a pescar, jugaba con él a los dados, le ofrecía banquetes entretenidos. Con un grupo de amigos, se conformó una fraternidad a la que denominaron la vida inimitable- “amimétobion”- que perseguía la alegría, la libertad de vivir y pensar, en medio de un estado de ebriedad casi permanente.

Mientras, en Roma, Octavio, todavía no Augusto, estaba al acecho, no faltaba demasiado para que se terminara el recreo. La vida es así, querer estar en pleno amimetobión y tropezarse bruscamente con la realidad.

 

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