En las luchas de poder no hay nada más efectivo para controlar al prójimo que el miedo. Infundirlo como estrategia política suele dar buenos dividendos, ya sea por medio de la construcción de rumores o la difusión mediática.
Se hace necesaria una entidad que coordine las acciones de los municipios y de las seremías, cruzando toda la información disponible; una inteligencia centralizada que evite las grandes congestiones a las que ya nos hemos acostumbrado en el Gran Concepción.
En estas circunstancias, la ciencia no es solo un producto barato, requiere una inversión sustancial y demanda ingentes recursos. El momento de la investigación a base de ingenio y buena voluntad terminó, y nuestro país debe hacer eco de ello.