Política

Posverdad y fake news: desafíos para las comunicaciones en la era de redes sociales

Cinco miradas, desde la filosofía a las comunicaciones y la política internacional, intentan explicar este fenómeno que hoy complica a medios, instituciones y gobernantes, amenazando incluso el orden social.

Por: Francisco Bañados - Ángel Rogel | 10 de Junio 2018
Fotografía: Carolina Echagüe M.

Transcripción: M. Castro, M.Alvarez, X.Valenzuela , A. Rogel y Diana Aros.

En 2016, el diccionario de Oxford entronizó como “palabra del año” el neologismo “posverdad”, un término que venía sonando con fuerza en los últimos años.

Ya fuera un eufemismo para encubrir una mentira, o el necesario vocablo para categorizar la profesionalización del desinformar para fines particulares, parecía necesario darle reconocimiento a un término que ayudara a englobar dos eventos tan sorpresivos como desconcertantes que tuvieron lugar ese año: el triunfo de Trump en Estados Unidos y la derrota del Brexit en Reino Unido, procesos eleccionarios marcados por mentiras instaladas durante las campañas que fueron determinantes en el resultado de los comicios.

En el marco de la celebración de su décimo aniversario, Diario Concepción quiso abordar esta problemática, que aún no ha sido lo suficientemente estudiada, a través de un seminario que se realizó el martes 5 de junio en el Aula Magna Arzobispal, y en el que participaron referentes de distintos ámbitos, como el ex canciller y ex embajador de Chile en Estados Unidos, Juan Gabriel Valdés; el ensayista, escritor, columnista de El País y docente de la Universidad Autónoma de Barcelona, Albert Chillón; la periodista, investigadora y ex decana de la Facultad de Letras y Comunicaciones PUC, Silvia Pellegrini; el doctor en Filosofía Política de la University Colle ge London y académico de la UAI, Cristóbal Bellolio; y el ex director de diario Pulso y Revista Qué Pasa, Jonás Preller. El seminario concluyó con un conversatorio con los expositores, conducido por Francisco Bañados, editor general del medio.

En palabras de Mariano Campos, presidente del Directorio de Diario Concepción, la idea era “reflexionar y discutir sobre este fenómeno aún muy poco estudiado, con el fin de delimitarlo y dialogar sobre el rol que les cabe a los medios y los profesionales de las comunicaciones ante una práctica inmoral, dañina y portadora de peligros insospechados y que, sin embargo, parece haber llegado para quedarse”.

A continuación, extraemos algunas de las ideas centrales de los cinco expositores.

Juan Gabriel Valdés: “Las fake news están destruyendo la institucionalidad”

Ex canciller y ex embajador de Chile en EEUU, doctor en Ciencias Políticas e investigador U. de Princeton.

Carolina Echagüe M.

“Las noticias falsas no son ninguna novedad, son tan antiguas como las verdaderas. En el último tiempo, las redes sociales son el fenómeno que hace que fake news, alcancen una relevancia política mayor.

Los instrumentos que el hombre occidental se ha dado parecen mantener el orden social parecen estar disolviéndose entre los dedos. La democracia liberal está en amenazada de muerte, está viviendo una crisis y cuesta imaginarla en 30 o 40 años. Las instituciones han fallado porque no han podido construir una verdad política, ese concepto, que es concordar con los hechos o sentir que si no me gusta impiden que actúe en la sociedad, es lo que se ha estado perdiendo en el último tiempo.

El primer punto es la capacidad de desestabilizar que tienen las construcciones de realidades de forma deliberada y alternativas.

Mi segundo punto va más allá de la desestabilización del sistema. La cuestión es cómo sobrevive el sistema democrático con la creación de realidades paralelas y antagónicas. Por ejemplo, la muerte de la democracia en la Alemania de Weimar, estuvo marcada por la mentira como práctica y una serie de hechos paralelos que progresivamente le dieron vida a Hitler.

Esto es una especie de desvío definitivo de lo que significaba la verdad. Se construyó un mundo de falsedades que derivó en una realidad alternativa.

En el libro “Mi Lucha”, Hitler demuestra la importancia de la emocionalidad con hechos que no son concordantes con la realidad, pero si generan coincidencias con lo que ocurre. En la grandeza de una mentira siempre hay un cierto elemento de credibilidad. Incluso, existiendo situaciones evidentes que desmienten esas afirmaciones, las masas preferirán esa mentira que es más cerca de su emocionalidad. No hay ninguna novedad en la construcción de mundos alternativos falsos, en el sentido de lo que constituye la verdad política.

Hoy la situación es distinta por el surgimiento de las redes sociales, que han sido alabadas como lo más positivo ya que sirven para debatir y movilizar a los ciudadanos por una causa, lo que se vio, por ejemplo, en las rebeliones de la “primavera árabe”, donde se valieron del Twitter para coordinar protestas y el Facebook como una manera de generar comunidades.

La visión pesimista dice que las nuevas tecnologías subrayan el individualismo y surgen las piezas con eco, que son instancias en donde se comparten opiniones entre ellos. Esto ha derivado en una cierta demonización de las redes sociales, en los medios de Estados Unidos.

La llegada de Trump al gobierno estuvo marcada por este fenómeno. Por ejemplo, la noticia del supuesto apoyo del Papa al empresario; o la acusación contra Hillary Clinton de controlar una red de pornografía desde una pizzería; o la invención de que ella padecía de parkinson.

Después de un violento discurso de Trump, el 42% de los votantes registrados de Estados Unidos creyó que Hillary Clinton era el demonio. La difusión de noticias falsas se transformó en una práctica regular de Trump; jamás en la historia del país un presidente había hecho una trinchera para compartir noticias falsas; él inventó que Obama había nacido en Kenia, o que miles de musulmanes americanos celebraron la caída de las Torres Gemelas mientras lo veían por TV. Se está produciendo una destrucción de la institucionalidad política.

Yo no puedo más que transmitir una sensación de profundo pesimismo, ante un intento orquestado de crear “realidades políticas alternativas”. El escenario de la guerra comienza a ser una probabilidad en un cuadro de incertidumbre y de absoluta irrealidad, como el que se organizado hoy en países no marginales o donde no hay una confusión mayor por la pobreza o su fragilidad social, sino que hablamos de países que encabezan la lista de los más desarrollados y este es un cuadro tan poco real, en donde la verdad se diluye y se nos va entre los dedos”.

Jonás Preller: La responsabilidad de los medios

Ex director de revista Qué Pasa y diario Pulso, magíster en Artes Liberales UAI, académico UDD.

Carolina Echagüe M.

“A fines del 2016 el diccionario de Oxford, que es el diccionario más prestigioso del mundo, incluyó la palabra Posverdad como la palabra del año, atribuyendo y aprovechándose del contexto que se dio por la elección de Trump y por la votación del Brexit, hoy estamos frente a un fenómeno que no era nuevo.

La definición que dio el diccionario de Oxford, la que logra aterrizar el concepto de la Posverdad, es en definitiva cuando los hechos objetivos influyen menos que los llamados a la emoción y a la creencia personal, en la formación de la opinión pública. O sea, tú puedes creer algo y aunque 25 estudios te demuestren lo contrario, vas a seguir creyendo lo que piensas.

En 1998 el doctor Andrew Wakefield publicó un estudio, por así decirlo un repositorio médico, donde decía que la vacuna triplevirica provocaba autismo, trastornos o mal formación digestiva en los niños. Estuvo entre el 1998 y el 2017 publicado y disponible en la web para que todo el mundo lo viera. Gracias al aporte del periodismo, en la revista Time. Se descubrió un acuerdo entre Wakefield y un estudio de abogados para demandar a los laboratorios, lo que resultó ser falso.

Sólo en Chile hay 20 organizaciones anti vacunas. El chileno que murió el Brasil por el virus Zika era parte de uno de estos movimientos. En Chile tenía protección porque el 99,9% de la población está vacunado, pero al ir a otra parte donde no todos están vacunados se enferma y se muere.

Los medios de comunicación tenemos mucha responsabilidad de lo que publicamos. La ética de los periodistas, no de los medios de comunicación, tiene que estar muy sustentada, no basta solamente en que uno crea las cosas hoy la repercusión de la información es mayor que hace 50 años. Hoy hay un concepto que se llama la toxificación que en el fondo la gente recibe tal nivel de información que ya está bastante abrumada.

Claudio Huepe, físico chileno, experto en teoría de sistemas, estudia cómo crecen determinadas informaciones, cómo algo que parte como un dato puntual es capaz de masificarse a un nivel insospechado. Él tiende a decir (en entrevista a Qué Pasa), que en el mismo mes de los incendios forestales , cuando te validan algo que crees, se activa en tu cerebro una sensación de placer, equivalente al consumo de drogas. Entonces, si difundo una noticia falsa y alguien valida o comenta en mi Facebook o WhatsApp eso es un incentivo perverso para que la gente siga mintiendo.

Cadem hizo una encuesta donde se le preguntó a la gente, 400 personas, cuál era su principal fuente de información. La primera respuesta fue WhatsApp con 61%.

¿Cómo combatimos los medios la desinformación? En Estados Unidos se habla muy poco de Posverdad, se habla de desinformación. En su primer discurso Donald Trump dijo: “En este minuto, cuando yo estoy asumiendo hay 94 millones de americanos fuera de la fuerza laboral. Según datos de la reserva federal de Atlanta, de los 94 millones, 44 millones están jubilados, 15,4 millones están en condición de discapacidad, 12,9 millones están cuidando de un familiar y 15, 5 millones están en la universidad o en formación laboral.

¿Cuál es el problema? Es que esta información que se da rápida en un discurso que no podemos chequear es la que queda”.

Silvia Pellegrini: La tormenta perfecta

Periodista, investigadora y académica Pontificia Universidad Católica, ex decana de Fac. de Letras y Comunicaciones UC, ex directora de Canal 13.

Carolina Echagüe M.

“Para efectos del periodismo representa la tormenta perfecta, pues se da en un contexto en que el periodismo está sufriendo un golpe muy fuerte en su modelo de negocios y en su posibilidad de contacto con la audiencia. La posverdad viene a minar uno de los pilares claves del periodismo que es esta creencia de que nosotros tenemos la posibilidad de acceder a la verdad informativa. Ese punto con la posverdad, y las redes sociales, se remece con tal fuerza que probablemente hace que miremos todo el accionar periodístico sobre la base de esa mirada.

Posverdad es una palabra muy plástica. Partió en el año 2004. Se decía que había en la cultura de hoy, una línea muy difusa entre lo que era verdad y mentira. Ese es el origen. De ahí fue cambiando hasta que la falsedad se convirtió en una parte de la verdad. En el periodismo, durante años, pensábamos que la capacidad que tenían los medios de comunicación, unido a las fuerzas políticas, era construir una realidad. Ese era el fogón, el lugar donde convergía la gente, los temas que se hablaban. La posverdad arranca, desaparece de ahí. Ahí se empieza a tratar de adaptar el periodismo a lo que está sucediendo”.

El primer punto afectado es la verdad informativa. Teníamos un método, que nos asimilaba a toda la corriente, que era capaz de dar cuenta de la realidad a través del uso de fuentes confiables. Cuando la confianza empieza a desaparecer y surge el postmodernismo con esa duda tremenda sobre todo lo que es verdad, de alguna manera esa construcción de la nueva realidad nos hace mirar la verdad informativa de manera distinta. ¿A qué se recurre? A la emoción y el conflicto los dos pilares en los que a parece como más fácil relacionarse con las personas a las que nos dirigíamos antes sobre la base de la autoridad.

Probablemente, los supuestos en que se funda la verdad informativa van a tener que ser revisados no sólo a nivel de las escuelas de periodismo, sino a nivel periodismo profesional y a nivel de las personas que dirigen los medios de comunicación porque un segundo pilar que se remece es el relacionado con la selección de noticias y jerarquización, donde el espacio de los medios de comunicación es limitado. Por lo tanto, no toda la realidad podía ser contenida, sino que tenía que haber una selección sobre la base de ciertas prioridades.

Las personas no quieren conflicto cognitivo hoy día. Les interesa aquello que refuerza la propia verdad. No es que desaparezca el editor y la manera con la que mira a la realidad, sino que hay un algoritmo matemático que lo está guiando y ahí aparece una de las primeras características, que se llama el filtro burbuja, que es cuando la persona solamente puede moverse dentro de aquello que refuerza lo que ya, anteriormente, le interesó.

Otro de los problemas que se da en el tema de la posverdad es que la capacidad que se tiene para realmente para determinar lo que es verdad a lo que es falso también existe en el periodismo, tampoco los periodistas son capaces de saberlo tan rápido, menos con las restricciones que hay en las salas de redacción, el menor número de personas, menor número de tiempo, menor espacio que hay en los medios de comunicación. El New York Times optó por la palabra verdad como el pilar que lo sustentaba, si es el periodismo capaz de recuperar esa verdad que es la verdad fáctica, la verdad de los hechos y los procesos, esa verdad como propia, probablemente, su sobrevivencia está del todo asegurada”.

Cristóbal Bellolio: Tres hipótesis en torno a la posverdad

Doctor en Filosofía Política, University College London, académico U. Adolfo Ibañez.

Carolina Echagüe M.

“Lo primero es una premisa. Cuando hablo de posverdad, me refiero a cuando por verdad se entiende una realidad fáctica, una descripción de la realidad tal cual es. Usualmente se utiliza para ello el método científico, es el que tiene más credenciales epistemológicas.

Por tanto, lo de pos, en posverdad, se refiere al derecho de rechazar esa fuente epistemológica que llamamos ciencia y lo rechazas. Propongo tres fuentes distintas, la libertaria, la populista y la evolucionaria.

Hubo una campaña que decía “piensa positivo”. Esto se aplica como un slogan perfecto para la hipótesis evolucionaria: “Tú crees lo que quieres creer”. Cuando se nos presenta cierta evidencia que colisiona con nuestro sistema de creencias, nuestro aparato neuronal está diseñado para preferir el sistema de creencias por el de las evidencias.

Lo que importa desde la perspectiva evolucionaria es la sobrevivencia, no encontrar la verdad. Y para sobrevivir, muchas veces, no es tan importante la realidad fáctica. Nunca nos ha importado tanto la verdad.

Respecto a la hipótesis libertaria, la llamo así, pues muchos de los negacionistas, aquellos que niegan el sustento científico en áreas donde existe sustento científico, son a su vez identificados políticamente como libertarios. El problema para los libertarios es la coerción, cuando el Estado impone una visión como si fuera una camisa de fuerza de la cual es muy difícil librarse.

Entonces, cuando un libertario escucha la palabra consenso científico, le resuena peligrosamente como la posibilidad de una verdad oficial.

Stuart Mill, el más grande pensador liberal del siglo 19, decía que presumir que una opinión es verdadera porque cada vez que esa opinión ha sido desafiada no ha sido refutada o se presume su veracidad con el final de inmunizarla.

En “1984”, la novela, el protagonista fue torturado para decir que dos más dos era cinco. El libertario piensa que cuando hay consenso científico, es como cuando al protagonista de la nove la se le obligaba a decir que dos más dos era cinco.

La hipótesis populista. En la mayoría de las definiciones se advierte una narrativa con dos antagonistas, el pueblo virtuoso y la élite corrupta. Se repite tanto en los populismos de derecha e izquierda, tanto en nuestro continente como en el Viejo Mundo.

En la izquierda, la elite corrupta es el establishment económico; en la derecha, es el establishment político, pero también los intelectuales. Yo sostengo que entre populismo y negacionismo hay una alianza natural, primero, porque los científicos son interpretados como miembros de la elite.

Hay un antagonismo, como narrativa, entre populismo y tecnocracia. Lo último, se trata de que una vez que nuestros técnicos han encontrado un curso de acción objetivo, neutro y científicamente comprobado, ese debiese ser el curso de acción que toma la política. Dicho de otro modo, baipaseándose la participación política o la representación.

Como carece de una teoría de representación, lo que hace el populismo, mira a la tecnocracia y ve un reflejo. Y desde ese punto de vista, la posverdad vendría siendo algo así como el derecho democrático de los pueblos a creen en hechos alternativos y realidad fácticas distintas a aquellas que sugiere el consenso científico.

Albert Chillón: La verdad como un archipiélago

Escritor y ensayista, profesor de Teoría de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona, columnista de diarios EL PAÍS y Vanguardia..

Carolina Echagüe M.

“La posverdad es un neologismo que se ha puesto de moda, es una palabra sin demasiada entidad como concepto. Como periodista y profesor, me ha inquietado siempre esa gradación de tonos intermedios y ambiguos entre la extrema verdad, que es poco menos que un imposible, y la extrema mentira, que es algo por desgracia mucho más probable. Entre esos dos grandes polos están el engaño, el autoengaño, la ilusión, el espejismo, la media verdad y otras palabras que nos permiten introducir matices que son necesarios para arrojar un poco de luz.

El concepto de posverdad es un concepto muy equívoco, de hecho, no es un concepto, sino una idea bastante vaga e imprecisa que se ha apoderado del debate público. Cuando decimos posverdad parece que estamos designando una época en la que la mentira, el engaño y la falacia se han apoderado de la esfera pública y este es el primer error. De hecho, el concepto de posverdad es un concepto “posverdadero” porque no hubo tal época en la que reinaba la verdad en la historia humana. Esta palabra hay que inscribirla en una inquietud posmoderna en lo que podemos llamar el estatuto, la situación de autoridad de la verdad, confrontada a la falsedad y la mentira.

La posmodernidad tiene algunas virtudes. Una de ellas es que ha sido muy sensible a la recepción a la obra de Friedrich Nietzsche, quien al plantear desde la filosofía que Dios ha muerto, estableció de paso que la gran fuente de emisión e institucionalización de la verdad también había desaparecido. Hemos pasado de unos siglos en los que la verdad tenía una fuente indiscutible e irrefutable de emisión, es decir, la verdad era promulgada religiosa y teológicamente en un contexto cristiano, con un único Dios y de alta jerarquización, en el que la posibilidad humana de alcanzar la verdad era siempre sometida a la legalidad del dogma cristiano.

Cuando Nietzsche nos dice “Dios ha muerto”, no hay que entender que ha muerto un anciano barbado, sino, como complementa Dosteyevski en los Hermanos Karamazov, que “todo es posible”. La eclosión de la posmodernidad trae consigo varios fenómenos cuyas consecuencias estamos viviendo y a veces sufriendo intensamente en el mundo contemporáneo. Uno interesante es que el régimen de la verdad indiscutible se agrieta y se hace pedazos. La posmodernidad, para bien y para mal, nos enseña un panorama muy distinto. Antes de Nietzsche, la verdad era un gran continente, como Eurasia, y ahora es un archipiélago como la Polinesia. La sociedad posmoderna se compone ideológicamente, espiritualmente de islas e islotes.

Existe la verdad científica, que pretende arrogarse el monopolio, confundiendo lo que la realidad humana tenga de demostrable y verificable con el ancho campo de cuestiones que no admiten experimentación ni verificación, por tanto, reduciendo el campo de la verdad y realidad a una definición muy empobrecedora.

Hay también en esos islotes, verdades que emanan de colectivos sociales merecedores de un enorme respeto, por ejemplo, el colectivo feminista que ha crecido mucho y que ha planteado formas de comprensión y definición de lo verdadero, muy distintas a lo que es paradigma dominante heteropatriarcal. Hay islotes más o menos grandes que pertenecen a facciones políticas, o a cultores de la actividad artística; hay verdades definidas por cuestión de género, verdades de carácter ecológico. Hay una reivindicación de la verdad del sentido común.

Nietzsche también se pregunta que la verdad no todos la buscamos, sino que todos creemos buscarla, todos queremos y necesitamos buscarla porque nos afianza, nos legitima; nos da autoridad y hasta poder en esa lucha por la existencia. No podemos levantarnos por la mañana sin apelar a ella, necesitamos sentir que no flotamos en el éter.

La posverdad designa esta contienda de que apenas podemos confiar en los discursos públicos que los medios y las redes sociales ponen en circulación, pero también tiene la virtud de llamar la atención ante la importancia de desconfiar; es decir, la importancia de ser críticos en relación a estos diferentes discursos ambiguos. Cuando se admite las premisas del giro lingüístico, se asume la idea que el conocimiento humano está hecho de perspectivas y que no tenemos un acceso inmediato a la realidad.

El concepto que tenemos de verdad es un concepto muy ingenuo, lo tenemos automáticamente, porque caemos en el sentido común: que lo que mi mente atrapa es una adecuación y un reflejo de lo que el mundo es. Hay una segunda manera de verla: la verdad no siempre es adecuación a las cosas, sino que es congruencia a las cosas. Pero la verdad como mera congruencia lógica no resuelve el problema.

Verdadero es no tanto aquello que podemos definir a priori, sino cualquier enunciado que elaboramos y damos a conocer al mundo, que inspira nuestra práctica y cuya verdad o falsedad podemos definir en función de los resultados.

Por ejemplo, que los niños sean sujeto de dignidad y derechos no deriva de ninguna verdad demostrada por la ciencia, sino que es una feliz invención del ser humano. Es muy importante percibir el valor que tiene la invención feliz cuando el ser humano intenta decir cosas que pueden no tener un correlato, pero pueden tener la virtud de desencadenar consecuencias felices.

Buena parte de lo que pensamos no es cierto, no tiene certeza ni un arraigo en la realidad. La verdad no es algo que podamos tener en nuestra mano, disponemos de girones, retazos…. Pero es no es “la verdad” que necesitamos para vivir”.

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