Envejecer y vivir más años, pero también vivirlos mejor, es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. En esta búsqueda, las denominadas zonas azules, como Ikaria, en Grecia; Cerdeña, en Italia; Okinawa, en Japón, y Nicoya, en Costa Rica, constituyen referentes valiosos para comprender cómo ciertos hábitos y estilos de vida pueden contribuir a una longevidad saludable.
Envejecer y vivir más años, pero también vivirlos mejor, es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. En esta búsqueda, las denominadas zonas azules, como Ikaria, en Grecia; Cerdeña, en Italia; Okinawa, en Japón, y Nicoya, en Costa Rica, constituyen referentes valiosos para comprender cómo ciertos hábitos y estilos de vida pueden contribuir a una longevidad saludable.
El trabajo del profesor Michel Poulain, demógrafo y profesor emérito de la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, junto con otros investigadores dedicados al estudio de las poblaciones con una elevada concentración de personas centenarias, nos invita a observar estas experiencias y aprender de ellas. Su principal aporte consiste en ayudarnos a reconocer prácticas cotidianas que pueden inspirar una verdadera cultura del autocuidado.
Entre estos hábitos destaca, en primer lugar, mantener un propósito de vida, cultivar una ilusión cada día y encontrar razones para levantarnos cada mañana. A ello se suman una adecuada higiene del sueño, una alimentación saludable basada, entre otros elementos, en productos frescos y de temporada, y la moderación en las cantidades que consumimos. La actividad física regular, adaptada a las capacidades de cada persona, constituye también un componente esencial para preservar la autonomía y favorecer un envejecimiento saludable.
Sin embargo, existe una dimensión que no podemos dejar en segundo plano: los vínculos afectivos significativos y el sentido de pertenencia. La longevidad no depende exclusivamente de lo que comemos, cuánto nos movemos o cómo descansamos. También importa con quién compartimos la vida, quién se preocupa por nosotros y a quién podemos recurrir cuando necesitamos apoyo.
Este desafío adquiere especial relevancia en Chile, donde, según las cifras que se han dado a conocer, alrededor de medio millón de personas mayores viven solas y persiste la preocupante realidad de personas que permanecen abandonadas en hospitales. Estas situaciones nos obligan a preguntarnos qué tipo de sociedad estamos construyendo y cuánto estamos haciendo para que vivir más años no signifique vivir en soledad o exclusión.
La soledad no deseada debe ocupar un lugar prioritario en la agenda sociosanitaria y en las políticas públicas. No basta con promover el autocuidado individual: necesitamos fortalecer las redes comunitarias, las relaciones intergeneracionales y los espacios de participación que permitan construir vínculos genuinos. El cuidado de las personas mayores no puede quedar exclusivamente en manos de sus familias ni depender de la buena voluntad de unos pocos; debe constituir un compromiso compartido entre las personas, las comunidades, las instituciones y el Estado.
Aprender de las zonas azules significa comprender que una longevidad plena se construye a lo largo de toda la vida. Implica cultivar hábitos saludables, mantener un propósito y, sobre todo, reconocer que somos seres sociales que necesitamos de los demás.
El verdadero desafío de la nueva longevidad no consiste únicamente en alcanzar los cien años, sino en lograr que esos años estén acompañados de dignidad, autonomía, afecto y participación.
Avanzar hacia un país sin exclusiones exige que todas y todos tengamos a alguien con quien compartir la vida, alguien que nos acompañe y que contribuya a darle sentido a nuestra existencia. Porque vivir más es una conquista; vivir mejor, junto a otros, es una responsabilidad colectiva.
Dr. Octavio Enríquez Lorca
Director del Pilar Académico de RIES GAUDIUM